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Mensaje
Los cristianos de selección
José R. Ramírez

Signo de los tiempos presentes es la cultura de la violencia o, más bien, la incultura de la violencia.
Los medios de comunicación trasmiten noticias internacionales de guerras. A nadie le ha sido grato el escenario de Irak, donde cada día son tronchadas vidas humanas y muchas veces de inocentes, de ancianos, mujeres, niños.
Esos países poderosos son falsos porque con la bandera de la paz emprenden matanzas.
Noticias nacionales como lo acontecido durante meses en el estado de Oaxaca, donde el odio rompió el ritmo de los pueblos y en su afán, con apariencia de justicia se cometieron incontables injusticias.
Allí estaba ausente el concepto amor y la práctica del verdadero amor.
En Michoacán, en Guerrero, salta, lamentablemente, la noticia de otro u otros "ajusticiados" -eso no es justicia, es torva venganza de quienes ciegos por la codicia o la soberbia limpian el camino segando vidas.
Es el resultado de una constante mala cátedra que imparte violencia y sexo desde las pantallas de la televisión. Parece que si no aparecen estos ingredientes se perderá el interés.
Y hasta por motivos en sí carentes de verdadero valor, como son las contiendas deportivas, se han cultivado odios y violencia sencillamente por los colores de asalariados que por paga desempeñan acciones en los estadios.
Alguien ha llamado a este fenómeno la espiral de la violencia en la que se envuelven ciegamente.
Todo esto que, tristemente, está aconteciendo es obra del mundo con sus intereses que son los ídolos de siempre: El dinero, el poder, la vanagloria, los placeres. Y como son muchos los que van por los mismos intereses, por fuerza, se encuentran y chocan.
Una de las grandes plumas del Siglo de Oro de España, Fray Luis de León, escribió:
El que endereza sus pasos conforme a Cristo, no se encuentra con nadie, a todos da ventaja, no se opone a sus pretensiones, no les contramina sus designios; sufre sus iras, sus injurias, sus violencias; y si le maltratan y despojan los otros, no se tiene por despojado, sino por desembarazado y más suelto para seguir su viaje.
Al revés, los que otro camino llevan, a cada paso hallan innumerables estorbos; porque pretenden otros lo que ellos pretenden, y caminan todos a un fin, y los unos y los otros se estorban: Y así, se ofenden cada momento y estropiezan entre sí mismos, y caen, y pasan, y vuelven atrás, desesperados de llegar adonde van.
La paradoja entre el mundo y el mensaje evangélico es absoluta. El que quiera seguir a Cristo ha de apartarse del espíritu del mundo y ha de estar dispuesto a luchar contra toda injusticia, contra toda inhumana actitud hacia los demás. El odio, la venganza, la discordia, las rencillas, las críticas, las maledicencias, las guerras desaparecerían en el momento en que el amor, como el sol, disipara todas las nieblas.
Los verdaderos discípulos de Cristo han de ser portadores del mensaje del amor divino; han de ser pregoneros con la palabra y testigos del amor con su propia vida.
Bien predica quien bien vive.
El verdadero amor se manifiesta en obras y el amor del cristiano ha de tener estos signos característicos: Una disposición interior desinteresada y generosa y universal.
Cuando se espera recompensa en el tiempo, ya no se le puede llamar amor de benevolencia, es decir, verdadera caridad: También los pecadores prestan con intención de recobrarlo al igual. También los pecadores aman a los que los aman.(Lucas 6,34)
Jesús vino a ampliar los límites del amor: No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Difícil ser cristiano

Alguien, quizás empapado del estilo de pensar y de hablar del hombre actual, calificaba a los cristianos en distintas categorías, como las de los futbolistas: Los seleccionados, los de primera división, los de segunda y tercera, los llaneros, los que de cuando en cuando se ponen los zapatos para pegarle al balón; los que solamente les gusta el fútbol y los que son futbolistas de nombre.
Son cristianos de selección los que, de veras, aman a sus enemigos; los que hacen el bien a los que los aborrecen; los que bendicen a los que los maldicen; los que ruegan por los que los maltratan; los que ponen la mejilla izquierda después que han recibido un golpe en la derecha.
De esos hay pocos; los hay y los ha habido. Son los verdaderamente sabios. Ellos han entendido el verdadero sentido de la existencia: Amar y servir a Dios en esta vida y verlo y gozarlo en la otra.
Jesús reveló a la humanidad una imagen de Dios para muchos desconocida u olvidada: Que Dios ama, olvida y perdona.
Desde lo alto de la cruz dejó la gran enseñanza: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.



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