En este tercer domingo de pascua, el evangelista Juan ha dejado escrita con riqueza de detalles una escena de la vida de Cristo resucitado con signo, como siempre, de amor, de comprensión del Maestro a sus discípulos y también una reafirmación del primado de Pedro en el Reino, en la Iglesia, con la delicadeza de, primero, purificarlo, quitarle la vergüenza y el remordimiento por la cobardía de haberlo negado.
Les atrajo su anterior oficio; Pedro invitó y seis con él se pasaron una noche de tirar y tirar la red aquí y allá y todo fue inútil. Al amanecer se les apareció el Señor a la orilla del lago y les preguntó: ¿Muchachos, han pescado algo?
La respuesta tal vez con enfado, pues aún no conocían a quien les hablaba fue un simple y rotundo: No. Entonces, Jesús les dijo: Echen la red a la derecha de la barca…
Luego, expertos en el oficio, sintieron, con alegría, que habían acertado y luego " ya no podían arrastrar la red por tantos pescados"…
No era un hecho ordinario, allí acontecía algo más que ordinario, era un milagro.
A Juan, el discípulo, primero que los demás, se le abrieron los ojos, reconoció a quien les preguntó y entusiasmado gritó: Es el Señor.
Este grito es alegría y es confesión de fe, pues reconoce al Señor.
Es el lenguaje bíblico, la expresión verbal del pueblo de Israel, ellos llaman Señor a Dios.
Siempre con esa palabra llaman Yahvé, y es el Señor.
En los salmos, los ciento cincuenta, el pueblo de Israel entona Himnos y cánticos para hacer memoria de las obras grandes del Señor, alabar su bondad y su misericordia; dar gracias por los dones recibidos; para implorar misericordia; para encender los corazones en el amor; para dejar de manifiesto la amorosa, paternal providencia del Señor para con su pueblo.
Es muy antigua la forma de enseñar a los niños a vivir su fe, sus costumbres, sus glorias y sus tradiciones, por medio de cantares de los grandes sucesos.
Así guardan y trasmiten sus glorias y la amorosa presencia del Señor.
San Ambrosio, el gran obispo de Milán, escribió: Cuanto se enseña en la ley, cuanto leemos en la historia sagrada, cuanto anuncian los profetas, y cuantas instrucciones, avisos y correcciones se hallan en la moral, otro tanto se encuentra en los salmos.
La Iglesia ha tomado los salmos como oración elocuente e inspirada y con ellos ha enriquecido el culto, la liturgia.
Orar con los salmos es de todos los días en el oficio divino, llamado también Libro de las Horas, porque se acomoda la oración a las diversas horas del día y de la noche.
También en el acto principal, todos los días, se entona un salmo con la idea princip0al de ese día.
Mas en todos los salmos, al decir Señor es decir Dios.
Así el rey David canta: El señor es mi pastor, nada me falta. (Salmo 22) Una cosa pido al Señor, eso buscaré: Habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. (Salmo 26)
La voz el Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz de Señor es magnífica, la voz del Señor supera los cedros de Líbano. La voz del Señor lanza llamas de fuego. (Salmo 28)
El almuerzo
En la ribera, ya con unas brasas y un pez asado, los espera el Señor; él es Dios, así lo ha confesado Juan al reconocerlo.
Almorzaron primero, luego, cuando ya el ambiente era propicio, el Señor llamó a Pedro y6 frente a los demás, como testigos calificados, le preguntó: Simón, hijo de Juan ¿me amas más que estos?
Le llama con el nombre de origen y le recuerda su humilde condición, pescador, hijo de otro hombre bajo. Luego, la pregunta directa y comprometedora. "El le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero".
Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.
El amor a Cristo había de ser, es y será, el signo para poder ser discípulo y más aún si ha sido llamado a ser pescador de hombres, a ser pastor de las ovejas del pueblo de Dios, de la Iglesia. No hay amor a Cristo, si no hay verdadero amor a los fieles.
Por segunda y tercera vez, le hizo Jesús la pregunta a Pedro. Ya no pudo más el interrogado.
"Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez y lo quería y contestó: Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero.
Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.
Así, con una triple confesión de amor, quiso el Señor curar para siempre al reo de triple negación.
Es la admirable misericordia del Señor, que lo sabe todo, y ante la flaqueza de los hombres, en los distintos torcidos senderos de la vida caen, niegan al Señor, son infieles, por miedo, por ceguera, por la atracción de los placeres. Después de caídos, si quieren levantarse lo conseguirán con una confesión de amor a quien un día negaron.
La presencia de Cristo
Aquellos siete hombres, testigos de la presencia de Cristo resucitado y beneficiados con el milagro de la pesca fueron ya Iglesia -pueblo qu cree en Cristo y va tras él-. Dichosos ellso porque vieron, pero más dignos de recopensa los que sin ver han creíao, la Iglesia en el peregrinar ya de veinte siglos, porque los discípulos de después, de ahora, para seguir a Cristo es preciso vivir la fe.
En este siglo XXI la debilidad de la fe, las indecisiones, la falta de convicción, son, según algunos, "signos de los tiempos".
Muchos, indecisos, se cuestionan acerca del valor de la fe para resolver los problemas del hombre de hoy.
Otros abandonan al Señor por las corrientes nuevas y extrañas que sacuden las seguridades antiguas.
No quieren acordarse de que las bienaventuranzas, desde hace dos mil años, han transformado el egoísmo en amor y que el misterio de la presencia de Cristo oculto y operante está en la Iglesia.
Sin Cristo no hay Iglesia, pero sin Iglesia no está Cristo.
"Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento o sea signo e instrumento de la unión íntima con dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal"… Así se expresaron los padres conciliares en el Vaticano II.
El hombre de ahora no tendrá la dicha de ver al Señor en las riberas del lago, sino que ha de encontrarlo en la Iglesia y en ella, en los sacramentos y en el dinamismo del ejercicio de la caridad para ver el rostro de Cristo en el prójimo, en el triste, en el incomprendido, en el enfermo, en el pobre, con cualquiera de las formas de pobreza. |