La hora de la muerte del Señor ya había sonado. Era el momento decisivo de su vida. Era el culmen de su misión.
Solemne e íntima, la última cena, él, y con él todos sus discípulos, con mayor claridad y afecto habría de abrir para ellos el misterio de su presencia en el tiempo, en la tierra. El se manifestó, una vez más, como el Hijo unigénito del Padre, enviado a anunciar la ley del amor.
La muerte y resurrección de Jesús son la máxima prueba del amor: No hay amor más grande que el del que da la vida por sus amigos, y ustedes son mis amigos.
El amor del padre se encarna en el hijo: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su hijo único; y tanto amó el hijo al mundo, que se entregó a la muerte y muerte de cruz.
El amor fraterno se hará manifiesto como el amor del Padre y del Hijo y ha de conducir siempre hacia el amor a Dios. Quien ama a Dios ama al prójimo, y quien no ama al prójimo, a quien ve, no ama a Dios, a quien no ve.
La revelación, en esa noche sagrada, allí en torno a la mesa, es la imagen de Dios, todo amor, para que los hombres vivan la ley del amor. Por eso no les recomienda, sino que les ordena: Les doy un mandamiento nuevo. Que se amen los unos a los otros.
El amor fraterno se da cuando una persona quiere el bien verdadero para la otra y busca poner en juego esa intención con sus recursos personales. Si cada uno tiene para otro y para todos esas mismas actitudes, entonces allí se vive el amor fraterno.
La clásica distinción del amor tiene dos vertientes: Amor natural y amor personal.
Eros, o el amor natural es ante todo una fundamental inclinación del ser humano hacia la búsqueda del propio bien.
Nadie mejor que Santo Tomás de Aquino para exponer el tema del amor. Llama al amor con el nombre de "cierto apetito natural sensitivo y racional que busca el propio bien y lo nombra amor de concupiscencia, y si busca el bien de la persona amada le nombra amor de benevolencia.
Este es el amor cuyo sinónimo es caridad, y no sólo es virtud, sino la reina de las virtudes, la más alta y la que le da sentido a todas las demás virtudes. Es como el sol, porque donde hay amor brillan las luces y los colores, todo aparece.
El amor fraterno ha de ser amor de benevolencia -caridad- ; ha de ser procurar el bien verdadero para el prójimo, para el amigo y para el enemigo.
El tener para el otro las mismas actitudes que desearía tener para sí mismo.
La señal
El amor al prójimo es también, como el amor a Dios, virtud teologal, porque quien ama al prójimo es porque ama a Dios.
San Juan escribió: Quien ama a su hermano está en la luz y en él no hay escándalo; el que odia a su hermano está en tinieblas. Nosotros conocemos haber sido trasladados de la muerte a la vida en que amamos a los hermanos. Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque la caridad procede de Dios, y todo aquel que ama es hijo de Dios y conoce a Dios
Quien no tiene amor no conoce a Dios, porque Dios es amor.
Los primeros cristianos eran admirados no por otro signo, sino porque de ellos se decía: Mirad cómo se aman.
En este siglo XXI, de globalización, de masificación, de anonimato y de soledad psicológica andan muchos hombres apresurados, angustiados, sedientos.
Hay muchas fuentes que no apagan la sed. Porque el ser humano lleva por dentro tremendo apetito de amar y ser amado.
La palabra amor, tan breve, apenas de cuatro letras, es una de las que más pronuncian los labios de los hombres y, por lo mismo, con esas cuatro letras, con torpeza y desconocimiento, muchas veces designan algo muy lejano y hasta falso de lo que es el amor, el verdadero, el que viene de Dios y a Dios conduce.
En las pantallas, la grande y la chica, abundan las novelas de amor, que nada tienen de amor, sino de pasión, intrigas, odios, rencores, violencia.
Muchos identifican la palabra amor como sinónimo de sexo y nada más.
No les alcanza la pequeñez de su estructura mental para entender el amor en niveles superiores: La amistad limpia, el limpio amor, el desinteresado amor de los altruistas y el mejor de todos, la caridad, la virtud de los cristianos.
Don Miguel de Cervantes, profundo rastreador de los recónditos misterios del corazón humano hizo con breve cuartilla una sutil distinción:
El amor es infinito
Si se funda en ser honesto;
Y aquel que se acaba presto
No es amor, sino apetito.
El himno del amor
San Pablo, recién convertido, llegó pronto hasta el fondo del cristianismo y sintió y vivió que el cristianismo es Cristo.
Descubrió que el máximo carisma del cristiano es el amor.
Así lo expresó en su carta a los corintios. Es el himno del amor. Mas habla de un amor de muchos quilates:
El amor es generoso, es benigno, no es envidioso, no es jactancioso, no se hincha, no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. |