En un escrito que se publicó en el periódico Tonalá de Hoy dije que el futbol es el deporte en el que participé por los años 1925 y 1926, tiempo cuando los balones eran de vaqueta, gruesos, duros, pesados, con blader o bolsa de aire de hule para inflarlos.
Los balones eran caros, para su tiempo, valían 14 pesos y sólo los podía uno conseguir en Guadalaajara con El Indio, que tenía su taller por la calle Maestranza, por cierto, muy cerca de la terminal del tranvía.
Empecé a jugar futbol con pelotitas de tenis o pelotas hechas con hilo metidas en pedazos de media que pedíamos a nuestras hermanas o de plano que nos encontrábamos en los basureros de las orillas del pueblo.
Cuando tenía como once años de edad, vino de Estados Unidos el señor Tiburcio Arana García, hijo de don Trinidad Arana y doña Catalina García. Fue notable su llegada a tonalá, su tierra natal, porque traía como esposa a una gringuita güera, alta, narigona que no hablaba ni jota de español.
Llegó Tiburcio a Tonalá y no supe cómo se le ocurrió formar un equipo de futbol de niños. Aportábamos una pequeña cuota cada domingo y logramos comprar un balón de cuero de gallina, chiquito que pronto se desfiguró tomando la forma de huevo porque el cuero era muy frágil.
Como no teníamos más, con ese balón jugábamos en cualquier campito que improvisábamos. Dos piedras eran las porterías. En el pueblo había dos campos de futbol, el Oriente y el Tonalá, pero de todas partes nos corrían, no nos dejaban jugar porque con el juego la tierra se endurecía y cuando llegaban los tiempos de aguas, los dueños no podían arar para sembrar maíz.
Nuestro equipito de niños se puso el nombre de El Relámpago porque Tiburcio dijo que sus jugadores eran tan veloces como el rayo.
Algunos jugadores eran La Chirigüilla, El Radio, Los Bonchis, La Ninfa, El Charro, El Quevedo, La Güeva, El Canelas, El Botellón, entre otros.
Seguimos jugando futbol en el equipo Relámpago y nos hicieron dependientes o como sucursal de Los Placeros, que era el Tonalá. Poco tiempo después fueron pasando jugadores del Relámpago al Tonalá equipo en el que jugué hasta 1937 cuando me fui a estudiar.
Hasta aquí la historia que viví como futbolista.
Ahora contaré el relato de los tonaltecas como aficionados al futbol. La mayoría de los muchachos era muy futbolera. Todos, o casi todos, le iban al Guadalajara que por aquel tiempo no se apodaba Chivas, sino más bien los rayados, los rojiblancos. Ahora ya les dicen a las Chivas y el Rebaño Sagrado.
En Tonalá como en muchos pueblos de Jalisco se practicaba el deporte del futbol, pero a muchos padres de familia no les gustaba que sus hijos jugaran "al balón" como popularmente se decía, porque el que se aficionaba a jugar al balón se hacía flojo y vago.
Pero sucedía que jugar futbol era la única diversión de los varones los domingos y en realidad era diversión no muy sana, en eso sí tenían razón los padres de familia, porque muchos jugadores aprovechaban para emborracharse; si perdían, porque perdían, y si ganaban, porque ganaban.
Muchas veces los juegos terminaban en pleitos a trompadas, lo que tampoco gustaba a muchas personas.
Dije que los padres de familia no estaban muy de acuerdo en que sus hijos se dedicaran a los deportes porque tenían que trabajar.
Siempre ha habido excepciones. Conocí viejos que jugaban al futbol como Blas Coldívar, Abraham Dìaz, Cipriano García, Cayetano Portillo, José Galán, Ramón Palomino y otros que por no haber sido de mi barrio no recuerdo sus nombres ni sus apodos.
Otros viejos a los que les gustó el futbol fueron Marcelo y Felipe García que, cuando jugaba el Guadalajara, se iban a pie desde Tonalá hasta el barrio de Oblatos donde estaba el estadio Oro, entre las calles 30 y 32 del Sector Libertad.
Los juegos del Guadalajara en ese tiempo eran contra León, Necaxa, Marte, Asturias, Atlante, Oro, Celaya, Salamanca,Veracruz y otros que no me acuerdo.
En ese tiempo, las porras y en general el público que asistían al Parque Oro se divertían aventando entre la gente animales muertos, medias de mujer llenas de anilina, vejigas con orines, cohetones y cuantos objetos encontraban a mano.
Una vez ví a un grupo de vagos sacar una culebra de un costal y arrojarla viva entre la gente. Al rato seguía dando vueltas entre las gradas, pero ya las puras tiritas de lo que quedaba de la culebra.
Otra vez, Marcelo García iba estrenando un sombrero de ala ancha muy fino de los que hacían en Sahuayo en la fábrica de don Blas Espino. Estaba sentado en la parte sur y en un momento dado, alguien de la porra lo empujó y el sombrero se le cayó y los aficionados siguieron aventando el sombrero hasta que llegó al otro lado del campo y jamás regresó.
Ese día con todo el dolor de su corazón, Marcelo volvió a Tonalá sin sombrero, algo muy raro, porque los hombres que no usaban sombrero eran criticados de lo lindo.
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