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Tercera Época
Miércoles, 10 de marzo de 2010
 
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Mensaje
A quien mucho se le dio, mucho se le pedirá
José R. Ramírez

Con las tres parábolas de la misericordia, el señor Jesús manifestó el amor sin límites de Dios y su inalterable disposición al perdón.
Este domingo el tema en forma de parábola es una advertencia a tiempo para que el hombre no se exponga a una sorpresa desagradable al final de la jornada de la vida.
Componen la narración dos personajes: “Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: ¿Es cierto lo que me han dicho de ti?”

Ríndeme cuentas
De la consideración de la infinita misericordia de Dios sigue también poner el pensamiento en su justicia. El espectáculo de hoy, de ayer, de siempre, es el de un campo donde crecen el trigo y la cizaña, el bien y el mal en el mundo.
Son capaces y responsables sólo los seres dotados de inteligencia, voluntad, libertad; sólo los hombres son buenos o malos, según sus obras.
Sólo los hombres rendirán cuentas porque han recibido cinco, dos o un talento y de su administración durante el espacio temporal llamado vida deberán rendir cuentas. A quien mucho se le dio de mucho se le pedirá.
Cuando el alma se adentra en la consideración de que todo lo tiene sólo por un tiempo y en administración, más fácilmente se desprenderá de eso que no le acompañará más allá del tiempo.
Es un misterio la justicia divina. A cada quien se le dará según haya administrado el tiempo, la salud, las cualidades, las oportunidades. Habrá premio para los buenos obreros. Se quedarán fuera del banquete lo que no quisieron merecer el premio.
El mundo es escenario de buenos y malos administradores. Sólo los ojos de Dios penetran hasta el fondo de los corazones y sólo Él sabe y distingue las ovejas de los cabritos.
La parábola presenta un mal administrador, y, además, astuto. Sabe que ya va a perder el trabajo y dice: “No tengo fuerzas para trabajar la tierra y pedir limosna me da vergüenza”.
Y se ganó amigos cometiendo fraudes a su patrón, antes de dejar el puesto. El patrón reconoció que su mal administrador había procedido sagazmente.
Jesús dejó para la humanidad una enseñanza: “Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo”.
Siempre, los adultos, si son sabios, saben que tienen mucho que aprender de los niños, abiertos siempre a toda sorpresa y con una visión limpia, no contaminada. Si piden dinero y les preguntan para qué, invariablemente contestan: "Para gastarlo, para comprar". No ha de tener otra función.
Con el dinero también se pueden "comprar" bienes espirituales. ¿Qué uso se puede hacer del dinero más agradable a Dios y más amable que el de hacer el bien con ese dinero tan lleno de injusticias?
El precepto de amar al prójimo se cumple no con suspiros, no con lamentaciones, ni siquiera con sólo palabras, sino dando pan y vestido.
El que ama al prójimo no se contenta con una simple benevolencia, sino que busca cómo hacer el bien en la medida de sus posibilidades. “Hijitos míos, no amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y de veras”. (Juan, primera, 3,18) Así escribía en el siglo primero el evangelista, seguramente porque veía a algunos prontos para opinar y lentos para hacer.
Tobías, el viejo, le aconsejaba a su hijo: “Haz limosna de aquello que tengas, y no vuelvas tus espaldas a ningún pobre; así conseguirás que tampoco el Señor aparte de ti su rostro”.
San Agustín decía: "Todos nosotros somos mendigos de Dios, pero para que Dios conozca a sus mendigos, es menester que primero reconozcamos a los nuestros".

No se puede servir a Dios
y al dinero
La sociedad actual está inmersa en problemas económicos. El tema dinero asoma de mil maneras: La bolsa que sube y baja en la balanza de alegrías para unos y tristezas para otros; los negocios internacionales y nacionales; las empresas que inician y mueren; los salarios, los despidos laborales, los conflictos colectivos.
Muchos sabios se queman las pestañas buscando soluciones a problemas de dinero, en una sociedad de consumo.
Para el cristiano, la sabiduría está en servirse del dinero, mas no servir al dinero.
El dinero, como todo lo que Dios ha puesto en torno al hombre, por su misma naturaleza no es malo. Si alguien ya nació rico será necio decir que eso es un castigo, como afirmar que si nació pobre también es castigo.
El rico y el pobre habrán de sentir que corre el sudor de su frente en uno para administrar y en otro para conseguir el necesario dinero. Mas uno y otro habrán de entender que es un medio necesario pero no algo en que centre todo su pensamiento y toda su acción hasta hacer del dinero el becerro de oro a quien adora.


 

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