Desde sus primeros años de niño, en la casa paterna, Brígido aprendió a modelar el barro, manejar el pincel y escoger los colores con que iba pintando la suave superficie de los jarros.
Quiso el destino que, andando el tiempo, su creatividad se encaminara hacia campos totalmente diferentes de la alfarería como fue la electrónica. Durante gran parte de su vida productiva, Brilo, como familiarmente lo llamábamos en el barrio, combinó la habilidad manual con los conocimientos que le proporcionó su preparación para hacer de los aparatos electrónicos su nuevo mundo profesional.
Brilo fue el quitapesares de muchos vecinos del barrio cuando el televisor o el radio dejaban de funcionar.
Y así como el destino se lo llevó, el destino lo trajo. Cumplido su ciclo laboral en el ramo de la electrónica, Brilo tuvo que ceder al llamado de la sangre y regresó a los pinceles y a los colores, pero ahora, no para dar vida a los tradicionales objetos alfareros de la casa, sino para transformar telas y papel en originales obras de arte.
Su estilo es natural, espontáneo, libre. Su imaginación es el límite de las imágenes que plasma en el cuadro montado en el caballete.
Escenas campiranas, figuras históricas, imágenes modernistas, composiciones fantásticas, retratos coloridos. Su obra es amplia y ha pasado por galerías metropolitanas y locales, lo mismo que figuran en catálogos internacionales.
Brígido Pérez Ramos, en la que fuera casa paterna de la calle Pedro Moreno, mejor conocida como la calle del Arco, regresa a sus orígenes y combina el gusto por la pintura de caballete con la diaria convivencia familiar con su esposa María y sus hijos Hugo, Sergio, María Elena y Angelita.
Brígido gusta de recordar los tiempos cuando de sus padres Celerino Pérez Plasencia y Ángela Ramos Díaz recibieron él y sus hermanos María Santos, Feliciano, Luis y Felipa la herencia inolvidable de la alfarería que llevan en la sangre. |