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Tonalá, tierra de Artesanos
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Tonalá Jalisco, México.
Tercera Época
Sábado, 19 de mayo de 2012
 
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Relatos del Profe Chema
Relatos del Profe Chema
José María García Galván

En esta ocasión escribiré sobre algo que muchas personas no conocieron y otros comienzan a olvidar.
Empezaré por "la escupidora", y luego de cómo sufrían los pobres con el vicio de fumar y que no tenían dinero para comprar cigarros y terminaré contándoles como sufrió un tonalteca cuando lo orinó un zorrillo.
"Las escupidoras", eran vasijas en forma de cantarito, hechas de latón amarillo brillante, de boca ancha.
Estos recipientes se veían en la las casas catrinas y una o dos en la recámara de los viejos.
La recamarera se encargaba de colocarlas cerca de los fumadores, porque siempre son los que más escupen.
Una vez llegó un ingeniero que venía del Departamento Agrario de Guadalajara para acompañarse de un futuro agrarista y entrevistar al hacendado de Arroyo de En Medio, don Valente Quevedo y tratar el asunto de los terrenos que entregaría al Grupo Ejidal de Tonalá.
El señor Quevedo recibió de forma atenta a la Comisión, les ofreció asiento, refresco o agua y dijo estar a sus órdenes.
Mientras esto sucedía, el futuro ejidatario sacó de su morral una bolsita de manta con tabaco y las hojas de maíz ya recortadas y se puso a torcer (hacer) un cigarro, tal vez por los nervios que lo embargaban, empezó a fumar.
Tan pronto como la recamarera vio que el señor fumaba, le acercó "la escupidora", pero el visitante procuraba no escupirla, pero la señorita seguía acercándola. Cuando el fumador se enfadó, le dijo: "Señorita, quite su carajada o se la escupo".
A continuación les contaré lo que sufre un fumador pobre.
Por los años 1924-1925, el grupo de niños que siempre fuimos: "La Chirigüilla", "La Ninfa", "La Bonchis", "La Morusa", "El Botellón", y "El Radio", nunca tuvimos dinero para comprar cigarros.
Cuando alguna persona tiraba la colilla del cigarro que había fumado, el niño que estaba más listo, corría a recogerla, la fumaba y la pasaba a su compa "La viejita, la chorita o la bachicha ".
En la Escuela Normal de Jalisco, Nayarit, donde yo estudié y que era internado para hijos de campesinos u obreros, pero todos pobres, en esa edad casi todos tenían el vicio de fumar.
Cuando alguien compraba una cajetilla de cigarros que podían ser: Excelsior, Faros, Tigres, Elegantes, Rialtos, Dominó, Alas Extras, Bohemios o Montecarlo, los escondía e iba sacando de uno en uno después de comer.
Nosotros sabíamos que tenía cigarros pero no le daba a nadie.
Entonces le pedíamos las "tres", si ya las habían dado, íbamos a pedirle "las seis", si ya las había dado, íbamos a pedir "las doce", sólo que al que le tocaban las doce ya tenía que coger las doce con un pasador para no quemarse.
Para terminar este escrito, voy a contarles lo que le sucedió a un señor de Tonalá que en su casa tenía gallinas, puercos, chivas, y un burro flaco matado (con llagas en el lomo).
Su casa, como todas las del pueblo, tenía un cuartito, un corredorcito y una cocinita donde la esposa preparaba los alimentos (frijoles de la olla, un molcajete de chile, una olla de atole blanco y tortillas recién hechas, saliditas del comal).
Dos puercos que tenía pasaban el día amarrados cerca del burro que también estaba amarrado de una mano y las gallinas andaban sueltas y los pollos dormían al alcance del coyote, el zorrillo o el tlacuache.
Tanalá era tan sencillo que a una cuadra de la plaza, todo era terreno baldío, podíamos pasar por los corrales de un lado a otro del pueblo.
Un Sábado por la noche, el señor de que se trata este artículo, se recogió con su familia a dormir.
Estaba cansado, ya que había quemado loza que tenía que entregar el Domingo,
Como a las cuatro de la mañana, oyó a sus gallinas cacarear asustadas, ya que se había metido un zorrillo al gallinero y le había matado ocho pollos,
Entonces el hombre disgustado, aluzándose con una velita de parafina, descubrió al animal y con un palo largo lo mató a piquetes contra las piedras, pero el animal lo alcanzó a orinar y sus ropas se impregnaron con el olor de los orines.
Después de matar al animal, el señor entró a su casa queriendo dormir otro ratito y la esposa lo corrió por apestoso.
Una hora más tarde, llamaron a misa y como es costumbre, el señor apestoso a zorrillo y su familia se fueron a misa.
Llegaron a la Iglesia y se acomodaron donde pudieron.
El señor de los pollos ya no sentía el olor a zorrillo, pero la gente sí, de tal suerte que toda la gente se retiró como cinco metros a la redonda.

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