En este año 2008, muy pronto llegará el 6 de Marzo, el Miércoles de Ceniza, inicio de ese caminar llamado cuaresma para escalar a la cumbre de la vida del cristiano con el grito de júbilo, el aleluya, porque Cristo ha vencido a la muerte.
El evangelista San Juan es el testigo y narrador. Presenta una escena en el río Jordán. Ante una multitud se da el encuentro de otro Juan, el Bautista y Cristo. Vio Juan el Bautista a Jesús que venía hacia él y exclamó: Este es el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.
Y ¿ por qué le llama cordero? Entre los israelitas el cordero tiene un profundo simbolismo: El profetra Jeremías, perseguido por los malvados, se siente “el cordero que llevan al matadero”. (Jeremías 11,19)
Los israelitas, por mandato de Moisés, comieron el cordero pascual, la noche antes de salir de Egipto, con las normas prescritas de que “el cordero deberá ser macho, de un año, sin mancha ni defecto. Deberá ser sacrificado sin romperle un solo hueso”. (Éxodo 12)
Se ha considerado siempre que ese cordero pascual del pueblo hebreo es figura de Jesucristo, sacrificado en la cruz.
En la celebración eucarística, al presentar ante la asamblea la Hostia Santa, quien preside la celebración dice: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”.
El hombre, por flaqueza o por malicia y con el mal uso de su libertad, se atreve a oponerse a los planes de Dios y a quebrantar sus preceptos, sus leyes, y así comete pecado.
Pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo.
A un muchacho, David, pastor de ovejas de su padre, Dios lo colmó de dones: Fue ungido por el profeta Samuel, lo ungió con el óleo santo y así quedó consagrado rey. Un día, cegado por el poder y la lujuria, se apoderó de la mujer de Urías, uno de sus soldados, y a éste lo envió a lo difícil del combate para que pereciera. El profeta, en nombre de Dios, le echó en cara al rey sus dos horribles pecados.
Postrado en el suelo y cubierto de ceniza, el rey imploró perdón: “Misericordia, Dios mío; por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa…Lava del todo mi delito, limpia mi pecado”.
El pecador es un esclavo de los poderes del mal; sus debilidades, sus vicios, lo tienen encadenado.
Necesita un liberador, un redentor, y este es el atributo de la persona de Cristo.
La historia de la salvación se resume en el plan de Dios para liberar a los hombres del pecado y de la muerte eterna.
El Evangelio es la revelación de que el Hijo de Dios se hizo hombre para redimir a los pecadores. Redimir significa pagar el rescate para que los pecadores vuelvan a ser libres.
Cristo elevado en la cruz pagó con su sangre, su pasión y su muerte el rescate por todos los pecadores.
A los discípulos de Emaús, que tristes y confundidos volvían a su aldea, cuando el Señor de incógnito caminó con ellos, les abrió su mente y les interrogó: ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? (Lucas 24,26)
El pecado no es sólo una realidad, es la causa de todos los males. La humanidad quiera o no, ha pagado siempre las consecuencias de los pecados individuales y colectivos.
En este siglo enfermo de materialismo, de hedonismo y sólo atento a las pantallas de cine o de televisión, donde el hombre cree encontrar directrices para su vida, muchas veces ha pretendido hacerse insensible, amordazar la conciencia y acabar en la falsa conclusión de que no existe el pecado.
Mas los grandes pensadores, aun los no cristianos, como Jean Paul Sartre, Kafka, Faulkner, en sus escritos, ofrecen a la sociedad personajes que se mueven en un bajo sentimiento de culpabilidad. Culpables y angustiados buscan cómo liberarse.
Además, las estadísticas arrojan porcentajes exorbitados de neuróticos, de hombres con taras morales y vacíos sicológicos cuyo origen han sido sus propias culpas.
El mundo ha vivido sumergido en guerras consecuencia del pecado de la codicia, de la soberbia, del odio. La humanidad peca y la humanidad paga terribles consecuencias. Hasta parece que el pecado es el que rige al mundo.
Peligroso y grave es cuando hasta los jóvenes pierden la conciencia del pecado, cuando borran la línea divisoria entre el bien y el mal y cuando pretenden engañarse al seguir un código personal. Así pretenden justificar sus propios pecados, pero descubren tarde o temprano que ellos hicieron trampa y en ella cayeron ellos mismos.
Hoy urge orientar en la verdad. Esa verdad es la palabra revelada por Dios y esa palabra es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
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