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Tercera Época
Sábado, 19 de mayo de 2012
 
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Mensaje
Los bienaventurados eternas estrellas brillantes
José R. Ramírez

Desde la altura de una colina, con una vista espléndida del Lago Tiberíades, abrió Jesús su boca para dejar el código de la Nueva Alianza a la multitud de entonces y a todas las multitudes de todos los tiempos y a cada hombre en particular.
El Maestro, con toda la sabiduría divina, enseña el camino de la perfección interior.
La palabra bienaventurado en original griego “macarioi “ y en latín “beati”, la han traducido así: “Dichosos, felices, bienaventurados o sea que los que han pasado bien por la aventura. Se podría pensar en los que se hicieron a la mar y llegaron con vida y salud al puerto.

La felicidad, sentimiento
universal del hombre

Todos los hombres, sin distinción de razas, de cultura, de condición social o económica, todos ansían, se angustian y buscan la felicidad y trabajan en busca de la felicidad. La salud, el dinero, la sabiduría, aún en las propias acciones, son bienes útiles que facilitan el fin del hombre en la tierra, pero duran poco, se acaban.
Antes de Cristo, buscaban la felicidad sólo en los bienes perecederos.
Epicuro, filosofo griego, llamó bienaventuranza al conjunto de todos los bienes temporales o del alma, dando preeminencia a la concupiscencia del cuerpo.
Aristóteles enseñó que la bienaventuranza del hombre estaba en el conjunto de todos los bienes; en el primer puesto, la sabiduría y en último, las riquezas.
Los paganos tenían la ilusión de encontrar la felicidad en este mundo; empeño inútil porque el hombre es materia y espíritu, el hombre sólo se sacia con los bienes del espíritu.
El deseo infinito exige un objeto infinito.

Amado Nervo escribió:

“Inútil la fiebre que aviva tu paso;
No hay fuente que pueda saciar tu ansiedad,
Por mucho que bebas….el alma es un vaso
Que sólo se llena con eternidad”.

El cristiano ha de tener un criterio de eternidad, -sentirse en la tierra sólo peregrino- en contradicción permanente con quienes sostengan tener morada para siempre en la tierra.
La felicidad es seguir el pensamiento de Cristo, es en suma una alianza de amor.
Quienes busquen la felicidad, según el plan de Cristo han de vivir con la pobreza, el consuelo, la posesión de la tierra, la hartura, la misericordia, la visión de Dios.
Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos s el reino de los cielos. Es pobre de espíritu el que aunque tenga, se despoja de toda certidumbre fuera de Dios. “No os angustiéis por vuestra existencia pensando qué comeréis o que beberéis… mirad la aves del cielo”. (Mateo 6,25).
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.
No son los débiles, ni tampoco los que empuñan el arma para derriban al otro. Son los que imitan la mansedumbre de Cristo.
Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados.
Lloran y sus lágrimas corren por un rostro alegre de esperanza. No se trata de las lágrimas del mundo, de las penas que saltan por los fracasos de las pasiones frustradas. Cristo sufre en los inocentes, en los oprimidos, en los flagelados. Dios está con ellos.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. Son justos y tienen hambre de mayor justicia. El Siglo XXI es un nada grato escenario de injusticias. “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. (Mateo 5,20).
Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia. El pecado hace al hombre egoísta. Todas las miserias de los hombres deben pasar por el corazón del cristiano, mas no para juzgarlos, sino para compadecerlos y cada quien en su medida, tenderles la mano. “Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento… consolar al triste, dar un consejo al que es menester…” Hay mil maneras de ser misericordiosos.
Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. El corazón puede estar sucio y puede estar limpio. Puede estar limpio y ensuciarse y puede estar sucio y purificarse. Cristo dejó en claro que no mancha lo que entra por la boca. Del corazón impuro salen pensamientos, palabras, obras sucias, cuando son de soberbia, de avaricia, de lujuria, de envidia. Si el corazón se purifica, entonces verá a Dios.
Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados Hijos de Dios. No son los mansos, aquí son los valientes, los perseguidos, los que sufren, los que luchan para que a este mundo colmado de hombres imperfectos llegue la paz.
Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. No toda persecución merece premio de Dios. En estos tiempos persiguen a los que el mundo odia, porque los hijos de las tinieblas aborrecen a los que son luz. Pero ellos brillarán como estrellas por toda la eternidad.

 

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