tu alma se perdiera, ¿qué ganarías?
El alma de México son sus instituciones que a lo largo de 70 años el Partido el Revolucionario Institucional ha construido y, que hoy están a punto de perderse y, con ello también nuestra historia.
En los foros y debates políticos que con oportunidad se han efectuado para analizar el problema por el cual nuestro partido dejó de estar entre las preferencias de la ciudadanía, concluyen que son dos las razones principales:
1. Que se ha alejado de las necesidades y problemas más urgentes de las comunidades necesitadas.
2. Que los dirigentes de sus Sectores y Organizaciones se encuentran divididos.
La división al final marca la diferencia y los procesos electorales se pierden.
El PRI tiene la capacidad proponer soluciones a largo plazo para los problemas que en su conjunto padece el País. Queda claro, entonces, que si logramos la unidad, la confianza retornará en el ánimo de todos los que conformamos la sociedad de carne y hueso.
Sólo por un momento, ímaginese usted que México estuviese gobernado por el PRD, la anarquía sería nuestro destino; o que tan sólo fuera el PAN: la esclavitud.
La historia, no es un collar de perlas como lo han querido presentar los del gobierno del cambio que sus “logros” los exponen con bomba y platillos, a costa y a costo de los impuestos.
Por más que muestren sus perlas, no convencen. La historia, es más bien, un carrete de hilo, que si se pierde su continuidad pierde su fuerza, es por ello que es de vital importancia que el príismo nacional permanezca unido, de otro modo no habrá equilibrio de fuerzas.
No nos engañemos, la amenaza de querer borrar nuestra historia es real.
Quien vive de los errores del pasado, es hombre muerto.
Y, si los priístas hemos de suicidarnos, antes de que la historia anule por competo nuestros derechos acumulados como pueblo trabajador, antes de que nuestras jóvenes fuerzas partidarias se consuman.
Permítanme decirles que prefiero morir en un rechazo libre de las urnas con el candidato de unidad que he elegido. La fuerza sólo es decididamente fuerte, si la regla suprema es la justicia social y la democracia.
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