Jesús “fue llevado por el Espíritu Sano al desierto”, así asegura San Lucas, y allí permaneció cuarenta días y cuarenta noches en oración, en ayuno, en penitencia.
Allí los pies no conducen a ninguna parte; las manos allí nada pueden fabricar; la voz no es oída ni siquiera repetida por el eco. En el desierto inmenso y uniforme, ardoroso y silencioso, el hombre siente su tremenda pequeñez. En la soledad como clima favorable, se siente la presencia de Dios. Allí, Jesús percibe y vive su total dependencia de Dios.
Porque asumió la naturaleza humana, Jesús, anonadado, empequeñecido, igual a todos los hombres en ese voluntario apartamiento es modelo, es ejemplo para todos los hombres de oración, de ayuno, de penitencia.
Todo en la vida de Jesús es mensaje. Permitió que el maligno le presentara las tentaciones mesiánicas. Se sometió a la humillación y las tres veces, el humillado fue el tentador.
Tres tentaciones mesiánicas: Convertir las piedras en pan; la posesión de un reino hasta donde sus ojos humanos alcanzaran; y la aceptación popular consistente en que lo vieran descender milagrosamente al atrio desde el pináculo del templo.
Triple victoria de Cristo y triple enseñanza para todos ante las ofertas de los muchos tentadores.
El mal es un hecho histórico siempre infaltable entre los hombres, es oponerse a los planes del Creador. Es consecuencia de ese atributo exclusivo del hombre: La libertad.
La vida es continua lucha, afirmó el paciente Job. Lucha contra el demonio y sus propuestas, contra el mundo y sus engaños, contra la propia carne, siempre buscando placeres.
El mundo avanza en la ciencia, en la técnica, pero crecen también los conflictos: Guerras, injusticias, explotación, soberbia, odios, miserias, sufrimientos psíquicos y morales, muerte.
En este tiempo ya no es uno el tentador, sino muchos. Parece que hay una solidaridad entre los hijos de las tinieblas y por eso cada día se libran batallas.
Unos hombres resisten y luchan, son fieles al verdadero amor; otros caen vencidos, dominados plenamente por el mal.
En cada momento está en juego la libertad humana, es allí donde aparece la tentación, estímulo que impulsa a hacer una cosa mala. Es una prueba que Dios permite para que, venciéndola, el hombre se haga acreedor a una recompensa, de una corona.
Cuando alguien es tentado, que no diga que Dios es quien lo ha tentado. Dios no conduce al mal, sino que todo hombre es tentado por su propia concupiscencia que seduce y le inclina al mal.
Por eso, nuestro Señor Jesucristo en la oración dominical dejó así la súplica: No nos dejes caer en tentación.
En el huerto de los olivos, a los discípulos adormilados, les dijo: “Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación”.
En esta cuaresma, es tiempo de ver la vida como una peregrinación en el desierto. Es bueno, es conveniente, ayunar de muchas cosas que habitualmente solicitan los sentidos.
Es tiempo de más oración, de más profunda reflexión sobre el sentido de la vida, sobre la condición de sentirse pecador, tomar conciencia de las propias deficiencias y pecados.
Es tiempo de actualizar su fe en Cristo, muerto y resucitado, y comprometerse en la tarea de una superación personal y una disposición al servicio a los demás en el amor, en la oración, y, así, vencer el mal en su propia persona y en la sociedad.
Fidelidad cristiana no sólo consiste en el rechazo a las tentaciones, sino en la búsqueda continua de Cristo. No ser cristiano a ratos; no tener simple simpatía por Cristo y su mensaje; no ser cristiano por el bautismo y nada más.
La fidelidad consiste en llevar la vida diaria conforme a la voluntad de Dios; cuando se responde con generosidad, hay más fortaleza a la hora de las pruebas, de las tentaciones, y se logra un perfecto desarrollo de la propia personalidad y de sus facultades.
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