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Tercera Época
Sábado, 19 de mayo de 2012
 
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Tejedor de Letras
El paraíso perdido: La Libertad
Anselmo Sandoval García
¿Las arañas tejen su red, porque pretenden atrapar su alimento (las moscas) o, lo hacen por que siempre lo han hecho?
Si respondemos que las arañas construyen su red para atrapar a la mosca, estamos admitiendo que existe una finalidad en los actos de la vida.
Si admitimos que lo hacen por que siempre lo han hecho, descubrimos en ello un espacio de libertad.
Los hombres a lo largo de su historia han deseado permanecer atados a un destino final. Así lo manifiestan las religiones que profesan que al final de nuestras vidas seremos juzgados por nuestros actos; los gobiernos socialistas y/o totalitarios sostienen que al final de nuestra historia el capitalismo se hundirá, pronósticos que se presan para una duda razonable.
El hombre nace “arrancado” de la unión original con la naturaleza y fundamentalmente se encuentra solo; pero libre. Esta verdad le trae como consecuencia dos caminos:
1. Que se someta a una autoridad, sea de una persona, un gobierno, una institución o una divinidad.
2. Que intente una solución opuesta, es decir, tratar de dominar a los demás.
Ambos caminos, sin embargo forman un circulo vicioso, el primero; masoquismo (intento de sumisión). El segundo; sadismo (intento de dominio).
A través de los siglos, los reyes, los sacerdotes, los señores feudales, los magnates industrias y nuestros padres han proclamado que la obediencia es una virtud y la desobediencia un vicio.
Hagamos memoria y reflexionemos sobre lo siguiente: Adán y Eva estando en el paraíso terrenal por un acto de desobediencia fueron condenamos, arrojados al mundo, al igual que el feto sale del útero de su madre, convirtiéndose en individuos; abandonados a sus propias fuerzas. En otras palabras: Que el pecado original los hizo libres.
La desobediencia por lo tanto, mediante sus acciones, permite la evolución, sentando las bases del desarrollo de la humanidad. Los actos de desobediencia, resultan ser procesos revolucionarios.
Decir “NO” es un acto de libertad. La libertad y la capacidad de desobedecer son inseparables. Son en efecto la base del nacimiento y del crecimiento de los hombres de carne y hueso.
Bajo las circunstancias actuales, no hay que dejar de lado su capacidad de dudar, de criticar, y de decir un NO rotundo al destino que nos depara un futuro incierto.
Es muy probable que el valor de la desobediencia sea el único camino que se interponga entre el futuro que como personas construyamos, y el final de la “civilización”.

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