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Tercera Época
Martes, 07 de septiembre de 2010
 
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Mensaje
El polvo se queda, el alma sube a Dios
José R. Ramírez

En este siglo de prisas, hasta el lenguaje coloquial se ha visto precisado a eliminar palabras para decir lo más con el menor número de sílabas.
Nadie por la mañana dirá: “Buenos días le dé Dios, ¿cómo amaneció usted? El saludo siempre es un buen deseo, no sólo cortesía, sino aprecio. “Buenos días”, hoy, mañana y siempre.
Gozar de los buenos días y sobrellevar los malos es la vida de todos. Siempre luces y sombras, a veces risas, a veces llantos.
A Pedro, Santiago y Juan, humildes pescadores, el Maestro los sacó de su anonimato, desde el momento en que los vio con predilección y con amor los llamó cerca de él para hacerlos testigos de su vida, de sus obras. Los educó, los pulió, los preparó para hacer de ellos sus testigos y los mejores operarios de su reino.
Pero los tres siempre habían visto al hombre, la divinidad se ocultaba. Llegó el momento de mostrarles a los tres que era el Hijo de Dios, igual al Padre y al Espíritu Santo.
Para esto los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Poco antes les había anunciado a los doce que iba a subir a Jerusalén a ser entregado en manos de sus enemigos. Lo juzgarían y condenarían injustamente. Luego, su pasión, su muerte y su resurrección. Un anuncio desconcertante. Se asustaron, se escandalizaron, se desilusionaron.
A los tres, los principales del colegio apostólico, les quiso borrar el escándalo de la cruz al manifestar su divinidad. Los llevó aparte, lejos del bullicio de la gente. Los condujo a la soledad de un monte coronado de peñascos. Allí, en sosiego, cerradas sus bocas y muy abiertos sus ojos, sus oídos y más su alma. Allí, libres de preocupaciones y ambiciones serán capaces de contemplar esa visión, cuando se transfiguró en su presencia.
Su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve.
La misión de la majestad de Cristo los abruma. Por primera vez se preguntarán: “¿Quiénes somos, Señor, para gozar de este privilegio? ¿Por qué nos has invitado a contemplar tu grandeza?”
El cristiano es un peregrino; va hacia la casa del Padre. El cristiano entona con fervor el salmo: “Una cosa pido al Señor, eso buscaré, habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”.
El hombre vive de aspiraciones pequeñas y fugaces. Su locura en la búsqueda de los placeres es signo de limitación, de miopía, de una miserable escala de valores. Vive al día o de lo que va saliendo. Muchas veces encuentra la inspiración en los programas de televisión y en el capricho y superficialidad del mundo de las modas. Nutre su mente, no su espíritu, con algo que no tiene valor, como se dice de ciertas comidas chatarra, que agradan, pero no nutren.
El tiempo de cuaresma es propicio para recordar al hombre que “es polvo y en polvo se convertirá”. Pero ese polvo se queda y el alma ha de subir a contemplar el rostro de Dios.
Allí, en la cumbre del monte, a su derecha apareció Moisés, quien bajó del monte Sinaí con los diez mandamientos, la alianza antigua de Dios con su pueblo. Y a su izquierda, Elías, el profeta de las tres virtudes: Fidelidad, aun en medio de persecuciones y peligros; valentía para enfrentarse a los falsos dioses y profetas; y obediencia en su cumplimiento de su deber.
Pedro, el apresurado siempre, con esa su instantánea visión, ya no quiere bajar, pero no sabe lo que pide. Esa visión beatífica lo transportó. Pero deberían bajar y primero merecer. Deberían ser heraldos de la Buena Nueva; deberían ser testigos de la pasión, la cruz y la muerte del Señor y, luego, testigos, por todo el mundo, de su gloriosa resurrección.
No era el momento de establecer allí su mansión y disfrutar de los dulces consuelos, porque la vida es para trabajar y así merecer. A ellos en particular les esperaba abrazar su propia cruz, por la gracia de haber sido llamados a esa cercanía con el Maestro.
Y para ellos y para todos, la paga del buen operario ha de llegar después de la jornada.

Una nube los cubrió

Luego, una voz, no humana, la voz del Padre: “Este es mi hijo amado en quien tengo mis complacencias”.
Los discípulos cayeron en tierra llenos de gran terror. Quien alguna vez ha tenido una experiencia de los misterios de Dios, queda para siempre marcado con un desapego a todo lo que lo rodea.
San Pablo es uno de ellos y lo dijo: “Desde que encontré a Cristo, todo lo demás para mí es basura”.
Los apóstoles con esa pregustación de los dones de Dios ya quedaron fortalecidos para los días siguientes. Flaquearían como Pedro, pero, con lágrimas por las mejillas, como él, volverán a mostrarse firmes, hasta el testimonio final rubricado con su cruz, su martirio.

 

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