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Arana Hosteria
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Tercera Época
Sábado, 19 de mayo de 2012
 
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Mensaje
La fe es luz; la luz es la fe
José R. Ramírez

A la vera del camino, en las orillas de Jericó, un ciego, a gritos, pidió el milagro: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. El Señor le preguntó: ¿Qué quieres? Y él le respondió: “Ver”. Al momento el ciego comenzó a ver.
Ahora es otro ciego de nacimiento. La escena es en la ciudad de Jerusalén. También Cristo misericordioso, le da la luz, la vista, la alegría. Más ahora no con el sólo imperio de su voz, sino que este milagro, narrado por San Juan lo presenta con varias circunstancias y consecuencias.
Los discípulos le preguntan a Cristo: “¿Maestro, quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?
-“Ni él pecó ni tampoco sus padres. Nació así para que se manifiesten las obras de Dios”
Luego el Señor hizo un rito, una acción sensible que antes no había hecho: con un poco de saliva y un poco de tierra hizo la untura que puso en sus apagados ojos y le ordenó: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.
Quines han meditado e interpretado la manera como el Señor quiso hacer este milagro dicen, para dejar una enseñanza de que en los siete sacramentos fuente de gracias, habrá siempre el signo sensible.
Así, es el agua que lava en el bautismo; el aceite que unge la frente pero fortalece al confirmado; el signo de la cruz al pecador arrepentido en el sacramento de la reconciliación; el pan y el vino, alimento, fortaleza en la Eucaristía, las palabras y los anillos en el matrimonio; la unción de las manos y el signo de transmitir poder en el sacerdocio y el aceite que cura y mitiga el dolor en la unción de los enfermos. Signos externos más afectos internos.

“ El fue y se lavó y volvió con vista”.

“¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?”

Ya era otro y no lo podrían creer. Pero él decía: “yo soy”, los fariseos, escandalizados porque la curación fue en Sábado, entraron en el asunto y antes ciego, les contó cuanto le había acontecido. Entonces le volvieron a preguntar: ¿Y tú qué piensas del que te abrió lo ojos? El les contestó: “Que es un profeta”.
Los fariseos no podían aceptar los milagros de Cristo y llamaron a los padres del muchacho. Ellos, por miedo, contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. ¿Cómo es que ahora ve y quien le ha dado la vista? No lo sabemos. Pregúntenle a él ya tiene edad suficiente.
Volvieron a la carga contra el que había sido ciego y le dijeron que el que le dio la vista era un pecado, porque profanó el Sábado. Ya cansado del acoso de los fariseos les preguntó: ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos? Ellos, enfurecidos le contestaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, cómo pretendes darnos lecciones? Y lo echaron fuera.
Concluyó la acción con un segundo milagro: No sólo abrió los ojos del cuerpo de aquel hombre, propició un nuevo encuentro con él para abrirle también los ojos del alma. El Señor le preguntó: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?
Con sencillez preguntó: ¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?
Jesús le dijo: “ Ya lo has visto, el que está hablando contigo, ése es”.
El dijo: “Creo, Señor y postrándose lo adoró”.
Yo he venido a este mundo… para que los ciegos vean
Es Cristo el que habla, suya es esta manifestación a los ciegos del Siglo XXI. Los llama y los espera. Son varias, distintas las cegueras de los precipitados, ruidosos hombres. Si se acercan a él se abrirán los ojos cerrados por años y años.
Sólo a la luz de Cristo se puede entender cuánto le acontece al hombre, como individuo y a todos como humanidad. ¿Por qué la vida? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué el sufrimiento de los pequeños, de los inocentes? ¿Por qué tanta injusticia? ¿Por qué si Dios es amor, por qué donde quiera asoma el egoísmo, la indiferencia y lo que es peor, el rencor y el odio?
Dios todo lo hizo bello, todo lo creó con amor y puso al hombre en medio de todo lo creado para su bien. Pero. Puso en la mano del hombre una espada de dos filos: La libertad. Así el hombre, libremente debería buscar, amar y servir a su hacedor y así escalar por la senda de la libertad bien empleada y ser merecedor del premio, de un galardón eterno. Lo dice San Pablo: “En el estadio todos corren y el premio es para el que llega”.
El hombre no siempre ha empleado su libertad para crecer, para elevarse. Ha abusado de ese don y todas las desgracias son consecuencia del mal uso de la libertad.
Las pasiones inclinan al hombre a cerrar los ojos al bien y a dejarse arrastrar por lo cercano, lo fácil. Lo atractivo son las tentaciones y una voluntad débil lo lleva al pecado.
La soberbia, muchas veces con el nombre de progreso y su aliada la técnica, ciega mental y ambientalmente.
Poca ciencia hincha al hombre: mucha ciencia hace al hombre sentirse pequeño, limitado. “Sólo sé que nada sé”, dijo el sabio. Y quien es conciente de su pequeñez, con actitud humilde busca y encuentra a Dios.
La fe es luz; la luz es la fe.

 

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