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Eduardo Nuño Suárez
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Tercera Época
Sábado, 19 de mayo de 2012
 
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Mensaje
Yo soy la resurrección y la vida
José R. Ramírez

Anda lejos, en Perea, el Señor Jesús, en su última gira; ya se prepara para subir a Jerusalén donde sabe que le espera la pasión, la cruz y la resurrección al tercer día.
Le llega un recado urgente: Lázaro, su amigo, está enfermo. Pero Él no se da prisa: Esta enfermedad no acabará en la muere, sino que servirá para la gloria de Dios.
Dar gloria a Dios es la respuesta espontánea del ser humano, dotado de inteligencia y voluntad. Reconoce no sólo con la fe, sino con la razón, que el hombre no se hizo a sí mismo, sino que cuanto es y tiene lo ha recibido. Ha sido creado. ¿Qué movió al Creador para sacar de la nada al hombre? Dios todo lo ha creado por amor y lo ha movido a comunicarse con el hombre y hacerle partícipe de su felicidad, no porque necesite de gloria y alabanza, sino para que el hombre se goce en amar, alabar, en dar gloria a Dios.

Lázaro llevaba cuatro días de muerto

Jesús se hace presente en Betania con retardo planeado. No ha llegado a sanar al amigo, sino a dar a conocer mediante el milagro que él es el origen y la clave de la vida terrena y de la vida eterna. Esta resurrección de Lázaro es la tercera manifestación de que es Dios, pues sólo Dios da la vida y sólo Dios devuelve la vida. Resucitó a la hija de Jairo, al hijo único de la viuda de Naím.
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Con estas palabras de reclamo y de desilusión recibe al Señor la hermana dolida. Jesús dijo: “Tu hermano resucitará.”
Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”.
Jesús expresó: “Yo soy la resurrección y la vida”.
Esta afirmación es la clave de la persona y la obra de Cristo.
No dice: “Yo traigo la vida”; no, afirma: “Yo soy la vida”.
En todas las religiones del mundo, nunca se ha encontrado a alguien que afirme que él es la vida, porque nadie, sólo Dios, puede decirlo. Cristo lo dijo y Cristo probó lo que dijo: 
“El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.
La condición de lo anterior es haber creído.
Jesús preguntó a Marta: ¿Crees tú esto?
Ella contestó sin titubeos: “Sí, Señor, creo firmemente que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir a este mundo”.
El hombre es en extremo sensible ante la muerte. Tiene pavor hasta al mismo tema. Busca defenderse de ese acontecimiento de muchos modos: El olvido deliberado, el desprecio fingido a la muerte, o hasta una aceptación estoica.
La respuesta plena de fe de Marta fue merecedora del regalo de devolverle vivo a su hermano.
-¿Dónde lo han puesto?
-Ven y lo verás:
En ese momento se manifestará Dios al resucitar a Lázaro y se manifiesta hombre: “Se conmovió hasta lo más hondo”. Lloró por su amigo. Luego ordenó: “Quiten la losa”.
Luego el milagro que va a prefigurar el mayor de los milagros: Su propia resurrección.
-Lázaro, sal fuera.
Y salió del sepulcro.
-Desátenlo y déjenlo andar.
Muchos de los judíos que habían ido a la casa de Marta y María vieron lo que había hecho y creyeron en Él.
Ante el milagro, unos creyeron porque vieron la luz y otros buscaron las tinieblas y se propusieron quitarle la vida.
Muchas mentes, desde hace casi cincuenta años, han detenido el paso para reflexionar sobre el profundo sentido de la existencia humana ante esta frase del Concilio Vaticano II: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua”. (Gaudium et Spes 18)
Muerte y vida juntas van siempre en la mente y en la realidad. Vivir es irse acercando a la muerte. Vivir es ir muriendo. Pero, para quien ha puesto su esperanza en Cristo, aunque no se insensibiliza ante las circunstancias de la enfermedad, vive con la fe y en la esperanza de que la muerte no le quita la vida, la transforma, es llegar, llegar a Dios.
José Luis Martín Descalzo, sacerdote español, describió el momento de su propia muerte:

Y, entonces, vio la luz. La luz que entraba por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida y entendió que la muerte ya no estaba.
Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba.
Acabar de llorar y hacer preguntas; ver al Amor sin enigmas ni espejos; descansar de vivir en la ternura; tener la paz, la luz, la casa juntas y hallar, dejando los dolores lejos,la noche-luz tras tanta noche oscura.

 

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