En este tercer domingo de pascua, el evangelista San Lucas presenta una escena con un inicio triste y un alegre final. Dos discípulos del Señor vuelven a su aldea, a Emaús. La tarde del domingo, caminan después de un viernes trágico y un sábado de doloroso silencio.
Vuelven a su casa porque, Jerusalén, para ellos ha sido uno y otro y muchos momentos de sufrimiento y quieren sacudirse de la mente ese viento pesado de tragedia. Van muy tristes, desilusionados, derrotados.
El Señor, que no sólo ve las caras, sino también los corazones, sabe que esos dos muchachos son nobles, son sinceros, y se propone iluminar sus mentes con la luz del misterio de redención y luego levantar sus ánimos caídos.
A los dos caminantes se agrega, de incógnito, el Señor e inicia un diálogo: ¿De qué vienen hablando tan llenos de tristeza?
“Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único que no sabe lo que ha sucedido en estos días en Jerusalén?”
Allí el Señor ha dejado una lección para quienes desean hacer obras de misericordia: Saber escuchar a los agobiados, a los tristes, a los oprimidos y cargados con cruces pesadas. Comunicar sus tristezas ya es un principio de alivio. Escuchar, tal vez sólo escuchar, ya es caridad. Hay muchos seres humanos con hambre de comprensión. Muchos acuden a psiquiatras, psicólogos, terapeutas. Otros al amigo, al pariente. La Iglesia ha tenido en el sacramento de la reconciliación la puerta siempre abierta para todos: “Venid a mí los que estáis agobiados y yo os aliviaré”, ha dicho el Señor. Y muchos en ese sacramento han encontrado la luz, el perdón, el ánimo para seguir adelante.
En el caso de Emaús, el Señor escuchó la desilusión de aquellos dos: “Jesús era un profeta poderoso en obras y palabra ante Dios y ante el pueblo”.
Le contaron cómo “los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo crucificaron”.
Y concluyen con una expresión que es el triste final: “Nosotros esperábamos”. Ya nada más puede haber. Allí terminó una historia.
Como el evangelio no sólo es recuerdo, sino siempre respuesta, ahora, en muchos peregrinos del siglo XXI hay dudas, hay crisis, hay desilusión, porque dejaron de esperar.
Dios no es evidente. Si Dios fuera objeto de la ciencia, no sería Dios. La fe no es una ciencia exacta. Dios es misterio.
Quien afirme que ser creyente es fácil no está en plena verdad. Creer es estar a la intemperie. La fe no protege, sino que reta.
El tema religioso a nadie deja indiferente. Siempre trae algo de búsqueda del corazón y de la inteligencia.
Jesús disipó las dudas de aquellos dos. “Y comenzando con Moisés y siguiendo con todos los profetas les explicó todos los pasajes que se referían a Él”.
Les abrió los ojos. Les dejó muy claro que “era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en la gloria”.
Las preguntas del hombre actual son muchas.
¿De dónde vengo, a dónde voy?
¿Por qué tengo el anhelo de vivir siempre? La inmortalidad.
¿Por qué en este planeta sólo el hombre es libre?
¿Por qué esa búsqueda continua de felicidad?
¿Por qué naturalmente distingo el bien del mal?
Todas las respuestas científicas a estas preguntas son ineficaces, inútiles. En esa trampa caen los racionalistas. Dios pertenece a la búsqueda de la verdad última sobre el ser y la nada, el bien y el mal, la libertad y la fatalidad, el sentido y el absurdo.
El hombre, caminante sin destino terreno, ha de esperar de los labios de Cristo, en la Iglesia, las respuestas a los angustiosos requerimientos del mundo de hoy.
“Quédate con nosotros”, le dijeron. Todavía era un desconocido, pero sus palabras iluminaron sus mentes, encendieron el fuego del amor en sus voluntades. Quieren retenerlo.
Ahora, en este acelerado estilo de ir por la vida, es una grande necesidad de romper el ritmo, de olvidarse de las preocupaciones, invitar a Jesús. Invitarlo para tenerlo cerca y sentir los raudales de su sabiduría infinita.
En una de las más populosas avenidas de Chicago, son sólo trasponer dos puertas de cristal, sorprende una escena: En el altar la custodia y Cristo presente en el pan eucarístico y, de rodillas, en respetuoso silencio, en adoración, decenas de hombres, mujeres y jóvenes.
El final de este relato evangélico es el Señor sentado a la mesa: “Tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió…”
Al que habían visto sin conocer, ahora lo conocen y sin ver, porque desapareció de su presencia. Echaron a correr a Jerusalén.
Al hombre de ahora, muchas veces se le acerca Cristo de incógnito, en el pobre, en el atribulado, en quien de alguna forma puede conducir a lo imprevisible, al misterio del amor de Dios. Jesús siempre está cerca y, a veces, se manifiesta viviente, resucitado.
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