Cristo ha terminado su ministerio público. Ya no son multitudes atentas a sus palabras, ni enfermos, ni afligidos en espera de la mano generosa. Antes, su mensaje era para iluminar a todos. Ahora, es a puerta cerrada. Él y los doce, para ellos es la invitación y con ellos la cena.
Tiene un inicio desconcertante cuando, Él, el Señor, ha decidido tomar el oficio de esclavo y a todos, empezando por Simón Pedro, les lava los pies. Es la grande lección: Los discípulos deben servir, ser siervos de los siervos del Señor; debe imitar al Maestro hasta el extremo de dar la vida por sus hermanos, si es preciso.
El ambiente está pesado. Una ola de tristeza llena la sala. Es la cena de despedida. Hoy es Jueves, mañana Viernes, de los trece, morirá el que es Hijo de Dios y el que trae el demonio por dentro.
“No se turbe su corazón”. Confíen en Dios, confíen en mí.
La confianza, virtud cristiana, es un acto de voluntad por el que el creyente espera conseguir de Dios la salvación eterna y los medios necesarios para alcanzarla. También un abandono filial en las manos de Dios, porque Dios es padre que cuida de todos.
El salmista canta: “Los que ponen su confianza en el Señor estarán firmes como el Monte Sión”. (Salmo 143)
Sabe el Maestro todas las tormentas que vendrán sobre estos débiles pescadores de hombres. Quiere que cuenten con Él. “Cualquier cosa que pidan al padre en mi nombre les será dada”. (Juan 16,27)
Frágiles y mudables los hombres, cuando de veras confíen no en sus propias fuerzas ni en el poder y la sabiduría de los humanos, sino en Dios, siempre llegará el auxilio divino.
En los veinte siglos del caminar de la Iglesia, los grandes santos han sido los que han puesto toda su confianza sólo en Dios y no en los poderes de la tierra.
Estas palabras de Cristo, en esa hora grave de despedida, son una prueba de amor y una invitación, última y solemne, a no temer, a tenerle confianza, a ir a Él siempre y con ansias cuando agobia el peso de la propia cruz.
Es cena de despedida. Porque se va, les ofrece casa: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Voy a prepararles un lugar”.
Los judíos, orgullosos, se gloriaban de que el templo era la casa de Dios. Pero el Señor les anuncia que la casa del Padre, el reino definitivo, es la comunión perfecta con Dios, no es el final, sino la llegada, la culminación de la aventura humana. Quien vive de fe vive de esperanza y la esperanza cristiana tiene una frase plena: El cristiano que da su último latido llega. Morir es llegar, llegar a la casa del Padre y allá hay muchas habitaciones.
Cristo, primogénito y cabeza de la humanidad redimida, ha de subir. Así lo está diciendo: “A prepararles un lugar, para que donde yo esté también estén ustedes”.
El Hijo de Dios, glorioso, resucitado, volverá al Padre y hacia allá quiere que con Él suban los suyos.
La clave del cristianismo es Cristo resucitado para que todos los que con Él mueran, con Él resuciten y suban a la vida eterna.
En esa pequeña sociedad no podía faltar el despistado. Era Tomás. Entendió que el Señor se estaba despidiendo, que se iba, pero ¿a dónde? Señor, no sabemos a dónde vas, ¿podemos saber el camino?
La respuesta de Cristo es el más breve, conciso y fecundo plan para llegar a la más alta cumbre: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
El Hijo de Dios, al hacerse hombre, se sumergió en el tiempo y el tiempo en la sucesión de días, años, siglos.
Una de las más antiguas metáforas para simbolizar la vida es llamarle camino. “Andamos mientras vivimos”. Breve camino es la vida del hombre.
Camino también es dirección, rumbo, certeza. Cristo es el signo, signo de la presencia divina. Signo para ir tras Él y con la seguridad de llegar.
Muchos se han autollamado guías de la humanidad. Han triunfado. Han tenido seguidores. Mas todos pasan porque su mensaje y su persona han tenido los límites de todo lo que ha estado en el tiempo y las limitaciones de lo humano. Muchos hombres, muchas corrientes espirituales, políticas, filosóficas, han llegado, han alcanzado alturas y han llegado al descenso y al final.
Cristo es Alfa y Omega, principio y fin en el tiempo, con aliento divino, imperecedero.
Cristo es la verdad. Para los cristianos, la verdad es un regalo, es la fe en Cristo, para cuidarlo con esmero, para enriquecerlo.
Los hombres del siglo 21, hartos de palabrería, buscan testimonios. Cristo, verdad suma, la proclamó no sólo con la palabra, sino con el sacrificio voluntario, hostia viva en el ara de la cruz.
La verdad es conocer a Cristo. Así se alcanza la vida. Sólo Cristo pudo afirmar ante Marta y ante la tumba de su amigo Lázaro: “Yo soy la vida y el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que cree en mí no morirá para siempre”.
Nadie en la historia de la humanidad, en los largos siglos, en ningún lugar del planeta, podrá decir de sí mismo: “Yo soy la vida”. Sólo Cristo.
Así, los discípulos, temerosos, afligidos, levantaron sus ánimos hacia la esperanza de ir a la casa del Padre. Entendieron que la vida del hombre no se circunscribe al tramo entre la cuna y el féretro y que el hombre puesto en el tiempo ha sido creado para trascender.
Para sus discípulos tenía reservada, en esa noche de despedida, una luz para sus inteligencias y una fortaleza para sus voluntades.
Ese mismo regalo lo reciben quienes se acercan a Cristo.
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