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Eduardo Nuño Suárez
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Tercera Época
Martes, 07 de septiembre de 2010
 
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Mensaje
Se elevó a la vista de todos
José R. Ramírez

Después de cuarenta días de alegría para los apóstoles y las mujeres piadosas, a quienes les dio el privilegio de ver a su Maestro, glorioso, resucitado, ya no lo volverían a ver.
A todo le llega su tiempo. El tiempo lo arrastra todo porque el tiempo es viento y el viento siempre corre. En estos días, es usual que muchos digan: “Qué pronto se fue Abril”. Así se pasaron aquellos días y se llegó la hora de la despedida.
San Lucas, en su libro sobre los Hechos de los Apóstoles, narra ese final y ese principio. Final de la historia de Cristo en la tierra, a donde llegó a cumplir fielmente la voluntad de su Padre, a abrir los ojos a los ciegos, a hacer caminar a los cojos, a curar toda clase de enfermedad de cuerpo y del alma, a dar libertad a los prisioneros de sus pasiones y sus culpas, a evangelizar a los pobres, a entregarse a la muerte para borrar con su sangre los pecados de todos los hombres. Principio de la Iglesia por El fundada.
Cumplida su misión, quiso tener testigos privilegiados para que lo vieran dejar la tierra para volver hacia allá, de donde vino.
“Salió del Padre y vino al mundo; ahora deja el mundo y vuelve al Padre”. (Juan 16,28)
Era el momento de su ida. Últimos momentos junto a ellos y deja a ellos la responsabilidad de continuar la obra iniciada, la Iglesia fundada para dejar caer en todos los corazones la siembra más bella, la semilla del amor.
En adelante serán los once; a ellos deja el oficio amplio en el tiempo y en el espacio: “Vayan, pues, enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a observar cuanto les he mandado”. (Mateo 28, 19-20)
No es recomendación, es mandado, en el dintel entre un pasado declinante y un futuro adveniente.
Ir, no esperar. Todos han de ser discípulos y misioneros. Si Cristo afirmó ante la multitud: “Esta doctrina no es mía, sino de quien me envió”, con mucha razón, todos los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos y cuantos prediquen el Evangelio, deberán de poner de manifiesto que ellos son discípulos. El discípulo no deberá modificar a su antojo, a su conveniencia intelectual o sociológica, el contenido de las enseñanzas del Evangelio, siempre actual y siempre universal para aplicarse a todos los hombres en cualquier circunstancia de la vida.
Segundo, ser misioneros. Debe pasar esa actitud pasiva de estirarle el lazo a la campana y, sentados, cruzados de brazos, esperar a ver quienes acuden. La vida de este siglo XXI corre y urge que los agentes del Evangelio entren en ritmo. Ser misionero es ir acorde con ese ritmo.
Un párroco de Guadalajara, ya en edad madura, con treinta años de sacerdote, ha llevado con increíble constancia, el número de los que ha hecho renacer como hijos de Dios ene. Bautismo. Con humildad y sencillez, comenta: “Soy solamente instrumento”.
Cristo mandó: “Y enséñenles a observar todo cuanto les he mandado”. El primero de ellos, a Pedro, le curó las tres abiertas llagas de sus tres horribles negaciones con tres profesiones de amor y, ya curado, tres veces le dejó con el oficio de ser pastor de las ovejas de su rebaño.
Enseñar es grave oficio. Decir cómo se ha de vivir y estar atento a no dejarse llevar por otras luces, ahora abundantes, en este mundo empequeñecido por el dinamismo y la amplitud de los medios de comunicación. El prodigio de la técnica se puede definir como un arma de dos filos y filos muy filosos.
“Miren que estaré con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos”. Tal vez vio lágrimas en los ojos de los discípulos y les dio el mayor aliento. Deja de estar visible para seguir invisible en su Reino, en su Iglesia.
Con su ascensión, los apóstoles comprenden, ya sin titubeos, que a quien ellos siguieron es verdaderamente el Señor. Entendieron que su Reino no es de este mundo, que se debe construir aquí abajo, al impulso del Espíritu Santo, y que ellos y quienes les han de seguir con su palabra y con su testimonio lo llevarán siempre adelante.
También se inaugura allí la nueva visión: Vivirán desde entonces con la luz de la fe y con la alegría de la esperanza: “ Voy a prepararles un lugar, porque quiero que a donde yo vaya vayan también ustedes”. “Cuanto pidan a mi Padre en mi nombre se les concederá”.
“Los discípulos volvieron a Jerusalén con gran alegría”. Volvieron con una alegría espiritual; con el alma llena de gozo; tal vez comentaban entre ellos la dicha de haberlo conocido, de haber escuchado su llamado, de seguirlo en los días de la predicación de la buena nueva.
Muy de cerca fueron testigos de muchos hechos milagros; fueron los más afortunados al sentir más de cerca que nadie el inmenso amor que lo llevó hasta la cruz.
Cerca lo tuvieron en esos días en que resucitado los buscó y, luego, fueron testigos de la ascensión, de su glorificación.

 

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