“Cincuenta días después”, eso significa la palabra griega Pentecostés. Es el regalo prometido por el Señor Jesús, antes de subir a su Padre: “Les enviaré un Consolador, cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hacia toda la verdad porque no hablará de sí mismo, sino que dirá cuanto habrá oído y les anunciará lo que habrá de venir”. (Juan 16, 13).
Fieles los discípulos al mandato del Señor no se dispersaron todavía. Estaban juntos, oraban juntos, esperaban juntos y juntos recibieron al visitante prometido.
Es el evangelista San Lucas a quien narra en los Hechos de los Apóstoles, ese momento glorioso:
“Un gran ruido”. Un viento fuerte “unas lenguas de fuego sobre las cabezas de los apóstoles”.
Tres signos sensibles para hacerse presente el Espíritu Santo, quien por ser espíritu no puede ser abarcado por los sentidos:
Un gran ruido; tal vez un cortejo de espíritus celestiales sean el cortejo de honor, de la majestad; luego el viento fuerte para sacudir para vivificar al mundo. Fue el viento que impulso a los obispos en el Concilio Vaticano II (1962-1965) e impulsó a los obispos Iberoamericanos en Aparecida (Mayo de 2007).
“Arde sin quemar y alumbra sin consumirse” lenguas de fuego, fueron apenas un instante, mas para siempre ha quedado ese fuego, -es la virtud cristiana llamada fortaleza-, y es la luz, la inspiración, luz sobre toda luz, para entender, gustar y comunicar con eficacia el mensaje de Dios a todos los hombres.
La presencia del Papa Benedicto XVI en su reciente visita a los Estados Unidos fue la luz del Espíritu Santo en una país ensangrentado por la guerra de Irak y encandilado por las riquezas y por esas enfermedades de estos tiempos como el “materialismo”, “el consumismo” y el “hedonismo”.
Es la locura de las diversiones, de vanidades, de placeres, con un voluntario olvido del sentido de la vida un dejarse arrastrar por el torrente de ese estilo de verlo todo así, sin verlo, mucho menos hacer un alto para dar tiempo a la reflexión y a la toma exacta de dirección en este paso fugaz e irreversible que es la vida en el tiempo.
Sopló suave y fuerte el viento del Espíritu desde los Estados Unidos de América, más la fuerza de ese viento, fue, es, ha de ser, para todos los hombres de este siglo.
Sopló y sigue soplando ese divino soplo y sus efectos, siempre van en el ámbito de la fe.
Su presencia es por sí misma unificadora. El Espíritu Santo es vínculo con el Padre y el Hijo. Es la vida que estrecha los lazos, los miembros todos en un solo cuerpo.
San Pablo, en su primera Carta a los cristianos de Corintio se anticipa en momentos críticos en que daban preocupantes señales de divisiones entre ellos.
Dedica todo un capítulo a llamarlos a la unidad con una figura literaria muy bella y elocuente que ha persistiendo a lo largo de los siglos: Cristo es la cabeza del Reino, de la Iglesia y todos los bautizados forman el cuerpo místico; a cada uno de los miembros les corresponde un lugar y una acción. Sin embargo, “Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor. Hay diversidad de operaciones, pero el mismo Dios que todo lo obra en todos” a cada uno se les ha dado la manifestación de Espíritu para la utilidad de todos. ( 1ra. Corintios 12,4).
En el breve paso de Santa Teresa del Niño Jesús, mejor conocida por el diminutivo Santa Teresita, ella cuenta que días lavaba con la inquietud de su personal carisma. Lo encontró en el siguiente capítulo de la misma carta a los Corintios;
“Aspiren, sin embargo, a los dones mayores” y les señala la cumbre, vivir el amor en todo, para todo y para con todos. La virtud más grata a los ojos de Dios, la caridad. Es un don de Espíritu Santo que ha de ser recibido, cultivado, engrandecido y practicado con la certeza de que se manifestará en adelante inseparable del cristiano, porque la fe y la esperanza son para cuando se va en el tiempo y la caridad va más allá, hasta la eternidad.
Quizá alguien no sepa cómo hacer una oración, sencilla, sincera; tal vez no le vengan las palabras adecuadas para expresar su deseo. Vayan, por tanto, aquí unas breves fórmulas:
Espíritu Santo, enriquece nuestras almas con la abundancia de tus siete dones:
Haz que con el don de la Sabiduría sepamos apreciar en tal grado los regalos divinos que con gozo ante el acoso constante de los bienes materiales sepamos jerarquizar y dar primicia a lo espiritual.
Con el don del Entendimiento sepamos discernir lo que verdaderamente tiene valor en este espacio temporal llamado vida.
Necesitamos el don de Consejo para nosotros mismos y para saber conducir a otros con la verdad y el bien. Con el don de ciencia, Espíritu Santo, aprenderemos a discernir entre el bien y el mal, en este siglo, porque corremos el riesgo de caer en confusión porque abundan palabras y luces que apartan de la verdadera luz. Nunca como ahora, el maestro del engaño y de la mentira había tenido la astucia de presentar el mal con tan atractivas vestiduras.
Danos el don de Piedad, porque nada sabe la vida sin el aliento del amor. Danos ser compresivos, ser misericordiosos. Que ante el pobre, ante el injustamente oprimido, ante aquellos a quienes se les cierran las puertas, sepamos abrir la de nuestro corazón.
Y el último de tus dones, el don del Temor de Dios, para que si el amor no nos mueve a caminar, siempre por el sendero del bien que el temor a la justicia nos aparte de la ceguera de los vicios y las pasiones desordenadas.
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