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Sábado, 19 de mayo de 2012
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Mensaje
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
José R. Ramírez

Desde hace veinte siglos, los cristianos, peregrinos en el tiempo, han llevado a término sus pensamientos, palabras y acciones en el nombre de Dios, que es un solo Dios, en tres personas distintas.
El campesino clava la reja del arado para rayar el primer surco de la sementera y, al mismo tiempo, invoca el auxilio de Dios, “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
El cirujano, ya en el quirófano, percibe lo limitado de la acción humana y pone cuanto está de su parte en esas horas de tensión, mas antes eleva su mano a la frente, al pecho y a los hombros, mientras, en voz baja, llena de fe, musita: “ En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Muchos creyentes, al abrir las puertas de la casa, a las primeras luces de la mañana, y en muchas circunstancias de la vida, inician cuanto emprenden invocando la ayuda de Dios uno en tres personas.
Por eso, bien pensado, hoy, mañana y todos los días, son días del que es dueño de todos los días.
No es, por tanto, sólo hoy, la fiesta de la Santísima Trinidad, sino todos los días.
Este día en particular se le puede considerar como el broche con el que se cierran los tiempos de Cuaresma, Pascua y Pentecostés, en los que se celebra al Padre que es amor, al Hijo que es misericordia y al Espíritu Santo que es sabiduría divina.

Misterio de fe

Este planeta llamado tierra es la habitación del hombre, ser superior dotado de inteligencia, facultad con la que domina todo.
La inteligencia lleva a la ciencia y la ciencia cuando es auténtica lleva a la humildad.
La poca ciencia vuelve fatuo y soberbio al hombre.
Conforme va escalando el sabio los peldaños del saber, cada día va convenciéndose de que entre más sabe más le falta por saber.
Es cuando lamenta lo corto que es la vida y lo inabarcable que son la sabiduría y el arte.
Si un sabio y otro y mil, en incansable sed de saber, sienten la magnitud de sus aspiraciones, la limitación de su capacidad, comprende que él pasará y que su aportación fue sólo una burbuja.
¿Cuándo el hombre con su inteligencia va a entender el misterio de un solo Dios, en tres personas distintas? Nunca. La fe llega en ese oportuno momento, es un misterio revelado.

Alabar, adorar, dar gracias

La criatura se postra ante el Creador en el reconocimiento desde lo íntimo de su ser rinde supremo homenaje. Sólo a Dios se le da culto de adoración. Cuanto tiene alguna relación con el Supremo Hacedor, se le da un culto relativo llamado veneración. Así se venera a los santos, a las imágenes, a los lugares dedicados al culto.
La oración de la Iglesia, llamada oración litúrgica, de noble antigüedad, cada día se ha ido perfeccionando y enriqueciendo.
La Iglesia hizo suyos, en sus plegarias, los ciento cincuenta salmos de la Biblia, con los que el pueblo de Israel ha cantado al Señor, singularmente en el Oficio de las Horas, así llamado ese noble oficio divino de orar distribuido en las distintas horas del día: Oficio de lectura o maitines –los monjes a la media noche-; Laudes al salir el sol, al canto del gallo; las cuatro horas menores: Prima, Tercia, Sexta y Nona, una cada tres horas en el correr del día; Vísperas, cuando el sol se oculta tras los montes; y completas, como lo dice su nombre, ya para completar y al pide de la cama, tal vez mezclando rezos y bostezos.

Himnos sagrados

La devoción y la inspiración poética unidas han enriquecido a la oración litúrgica con bellos himnos que cantados o recitados, han levantado el fervor.
Fue san Hilario de Poitiers (+366) el primero en escribir himnos sagrados.
Después fue san Ambrosio, obispo de Milán, quien enriqueció con muchos himnos la oración de la Iglesia.
Enseñó a los fieles el canto de los salmos y de los himnos a las multitudes de su obispado. Todos cantaban con gran fervor.
A san Ambrosio atribuyen algunos estudiosos este himno:

Te Deum (A ti, Dios)

Señor, Dios eterno,
alegres te cantamos,
A ti nuestra alabanza,
A ti, Padre del cielo,
te aclama la creación.

Postrados ante ti,
los ángeles te adoran
Y cantan sin cesar:
Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
Llenos están el cielo
y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
La multitud de los profetas
te enaltece,
Y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
Por todos los confines extendida,
Con júbilo te adora y
canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres
el Rey de la gloria,
Tú el Hijo y Palabra del Padre,
Tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
Tomaste la condición de esclavo
En el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
Y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
Inmortal y glorioso,
en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
Como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
De los hombres que salvaste.
Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
Con tus santos y elegidos.

Salva a tu pueblo, Señor,
Y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
Y guíalos por siempre.

Día tras día, te bendeciremos
Y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
Guardarnos del pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
Ten piedad de nosotros...

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
Como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,
No quede yo nunca defraudado.

 

 

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