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Sábado, 19 de mayo de 2012
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Mensaje
La pesada carga de la libertad
José R. Ramírez

El hombre está puesto en el tiempo, durante seis o siete décadas o, tal vez, un poco más y, luego, quiera o no quiera, es mortal, y ha de tocar el dintel de la eternidad.
Mientras está en el tiempo y es viandante, va resolviendo todos los días los problemas pequeños, medianos y grandes que le van saliendo al encuentro. Nadie podrá afirmar que todo lo hacen los demás. Allí entra su libertad, su capacidad de elegir y de resolver, según su voluntad.
Maravillosa es esa capacidad, prerrogativa única del ser humano. Todos los animales, según su especie, se guían, invariablemente, sólo por sus propios instintos.
En cambio, el hombre sí es libre. La libertad lo eleva sobre el mundo entero, para eso es el rey del universo, y su capacidad creadora lo ha llevado a transformar cuanto le rodea, para su bien y aun a riesgo de destruir.
El hombre es libre tanto para elegir en los asuntos triviales de poca monta, como para pedir su platillo preferido a la hora de comer o para escoger la corbata que usará ese día.
Hasta el máximo asunto del hombre: La propia salvación, está condicionado a la libertad individual. Llegar a la existencia, llegar a la vida, no es el resultado de un deseo expresado, sino total y absolutamente regalo de Dios. Ese es el principio de una aventura llamada vida.
Hoy pongo delante de ustedes la bendición o la maldición, dijo Moisés al pueblo peregrino. Son palabras de la primera lectura de este Domingo.
Son las dos cartas para que el hombre libre elija. Allí ha estado siempre el grave problema de la justificación, de la salvación. Para la salvación de todos, Dios tomó la pequeñez de la naturaleza humana y en la cruz se entregó por todos.
Alguien hacía esta interrogación: ¿Cuál es el milagro más difícil de obtener? Y contestaba: Que alguien tenga fe.
El hombre es justificado por la fe, complementada con obras de caridad.
La palabra de Dios sitúa al hombre entre una decisión libre de vivir una fe activa y comprometida.
En la medida en que el hombre acepte su responsabilidad de creyente, de seguidor de Cristo, se irá verificando en él el designio amoroso de Dios y se irán manifestando ya en su vida terrena los frutos de la redención.
No basta la fe como mero asentimiento intelectual. No una aceptación personal, a gusto de cada uno, sino el mensaje de salvación integral con todas sus consecuencias.
Por eso no ayuda una fe plenamente sentimental, como una debilidad del corazón.
No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre.
Cristo es el Maestro y de cada palabra suya brota la luz y previene y alerta porque entonces y siempre hay las otras luces, mentira y engaño.
Aquí, con estas palabras, previene para los que dicen y nunca hacen. Ni la mucha ciencia, ni el mucho hablar, ni siquiera el mucho rezar aprovecha, si faltan las obras del amor.
Las llamadas crisis de fe, a veces muy frecuentes, suelen aparecer en los que ponen su religiosidad sólo en el sentimiento. Se nutren nada más de devociones, a veces las novedosas, y pasan de un entusiasmo a otro y de un santo a uno nuevo.
Otras crisis vienen por decepción, porque su religiosidad estaba fincada en un concepto demasiado humano y natural, mas el cristianismo es religión eminentemente sobrenatural; el cristianismo es la persona de Cristo y su Reino, la Iglesia, con aspecto humano. La Iglesia está formada por hombres pecadores y esto no afecta en nada en lo tocante a la santidad de su razón, de su ser, que es conducir a los hombres a la salvación por la senda de la verdad, de la virtud y del bien.
Los dogmas de la Iglesia, su moral, su culto, sus sacramentos, su predicación, siempre llevan la clara dirección de luchar para llegar a Dios.

Ni fe sin obras ni obras sin fe

La fe y las obras dan la respuesta de la verdadera religiosidad; es una unidad compacta y firme ante la crisis en este siglo XXI, muy frecuente y con distintos aspectos.
El Maestro recurre al ejemplo y así dice: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece aun hombre prudente que edificó su casa sobre roca”.
La roca es Cristo y prudente fue quien edificó su vida sobre el deseo llevado a la práctica de cumplir la voluntad de Dios en lo pequeño de cada día, en los asuntos importantes y en los problemas graves.
El Pablo, en su segunda carta a los corintios, describió su vida de apóstol: “¿Son hebreos? También yo. ¿Son israelitas? También yo. ¿Son descendientes de Abraham? También yo. ¿Sin ministros de Cristo? También yo y voy a decir un disparate: Mucho más yo. Mucho más en fatigas, mucho más en cárceles y muchísimo más en golpes. Muchas veces estuve en peligro de muerte. En cinco ocasiones, recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fue apaleado. Una vez, apedreado. Tres veces padecí naufragio y pasé una noche y un día en el mar. Frecuentemente estuve en viajes, en peligros de ríos, en peligros de salteadores, en peligros de los de la misma raza, en peligros de los enemigos, en peligros de los enemigos, en peligros dentro de las ciudades, en peligros en despoblado, en peligros en el mar, en peligros con los falsos hermanos, con fatigas y cansancio, muchas veces sin dormir, con hambre, con sed, con muchos ayunos, con frío, con desnudez”.
Segunda corintios 11,22-28)
Pablo era fuerte y lo fue hasta el martirio, porque había edificado su vida en Cristo.
Quien se apoya en el Señor, del Señor recibe la fortaleza ante todas las dificultades: Todo lo puedo en Aquel que me conforta, afirmó San Pablo.
Primero, escuchar la palabra de Cristo y, luego, ponerla en práctica, allí está la roca firme.

 

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