Hace falta un artista para que plasme en una tela esta escena de la vida de Cristo que narra el apóstol y evangelista San Mateo.
El que narra esta comida es un pecador, un publicano en proceso de conversión; el lugar es su propia casa; los convidados son, como el anfitrión, ovejas descarriadas.
La intención profunda de este acontecimiento es clara y doble: Que para Cristo no hay excepción de personas, que a nadie rechaza, para nadie es indiferente porque ha venido a salvar a todos, si quieren ser salvados. Y, segundo, que busca y trata y ama a los pecadores porque es misericordioso.
Algo tiene este capítulo de San Mateo de autobiográfico. Se atreve a contar su primer encuentro con el Mesías, una historia con los siguientes peldaños: Convertido, discípulo, apóstol, evangelista y mártir.
Así fue el principio: Jesús vio a un hombre llamado Mateo sentado a su mesa de recaudador de impuestos y le dijo: Sígueme.
Una mirada, una sola palabra. Sin duda, la mirada penetró hasta lo más íntimo del alma. Mirada de Dios, mirada de amor, fuego capaz de derretir las cumbres nevadas del más alto monte. Ni podría decir no, ni siquiera poner condición alguna, ni negociar la fecha o la hora para seguirlo.
Él se levantó y lo siguió. Con esta frase breve lo dice todo: Se levantó. Y, luego, lo siguió. Se puso en marcha en seguimiento de quien imperiosamente lo llamó.
Dejó todo por seguirlo. El poeta Amado Nervo escribió un poema algo así como el reflejo de su pasado juvenil:
Si tú me dices ¡ven!, lo dejo todo…
No volveré siquiera la mirada
Para mirar a la mujer amada…
Pero dímelo fuerte, de tal modo
Que tu voz, como toque de llamada,
Vibre hasta el más íntimo recodo
Del ser, levante el alma de su lodo
Y hiera el corazón como una espada.
La respuesta supone y exige una fe profunda, una apertura consciente a Dios y a sus signos, una disponibilidad personal, una obediencia humilde, una capacidad de renuncia ante la voluntad de Dios.
La palabra vocación viene del verbo latino “vocare”, llamar. La vocación es, por tanto, un llamamiento. Y a la luz de la fe, todo es llamamiento divino, desde la vida misma, porque es Dios el que llama al hombre de la nada a la existencia. El llamamiento es una gracia, también una invitación. La misma conversión es una invitación amorosa con la característica de que se puede responder o no responder.
La vida pública de Cristo tiene, entre otros objetivos, atraer seguidores para formar con ellos la Iglesia, la congregación de creyentes, de seguidores. Por eso, el Maestro va llamando pescadores, campesinos, un cobrador de impuestos. Son los más cercanos, como más cercanos son en la vida de la Iglesia los sacerdotes, los religiosos.
Sobre el tema, el Papa Paulo VI dijo:
“Una vocación religiosa significa hoy renuncia, significa impopularidad, significa sacrificio, significa comprender la dura y estupenda misión de la Iglesia, hoy empeñada más que nunca en enseñar al hombre su verdadera naturaleza, su fin, su destino, y en revelar a los hombres las inmensas e inefables riquezas de la caridad de Cristo. Significa ser jóvenes, tener una visión abierta y un corazón grande. Significa aceptar la imitación de Cristo, su heroísmo, su santidad, sumisión de bien y de salvación como el programa de la vida. No hay camino que ofrezca un más verdadero, más generoso, más humano, más santo ideal que la vocación al servicio de Cristo”.
Al banquete que Mateo ofreció a Jesús asistieron los amigos del anfitrión, gente como él, no aceptada y hasta despreciada por ese oficio de cobradores de impuestos.
Los fariseos, los doctores de la ley, los que se decían a sí mismos justos, les preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con los publicanos y los pecadores?”
El mismo Jesús dio la respuesta, la misma que ha dado en los veinte siglos de caminar del cristianismo.
En estos años del siglo XXI se ha multiplicado por el cine, por la prensa, por los libros y por los medios de comunicación los sonados escándalos de miembros de la Iglesia.
Es, sin duda, quien tal mueve una organización con espíritu farisaico y se puede sostener que quienes tanto se gozan en difamar y en propalar estos hechos, no andaban del todo limpios. No podrían tirar la primera piedra.
La Iglesia fue fundada para los pecadores y con y para los pecadores ha seguido siempre.
La más alta asamblea de los cristianos es la celebración de la eucaristía y en ella, todos los asistentes, desde el Papa, en voz en cuello, confiesan públicamente y golpeándose el pecho dicen: “He pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
En estos tiempos, los fariseos tienen la morbosa intención de gozarse en el árbol caído y no advierten que en el bosque, sin ruido, otros millares de árboles sacuden, frescos y bellos, sus copas, al compás del viento para entonar el himno de la vida.
Para los árboles enfermos, para los pecadores, ha venido el Hijo de Dios al bosque humano. Él es la vida. Él es la resurrección. Él es la misericordia. Muchos por El han vuelto a la vida. Claro, muy claro les responde ahora a los fariseos modelo 2008: Misericordia quiero y no sacrificios.
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