Los ciudadanos de la Roma pagana del primer siglo tenían un gran espectáculo: Acudían al circo romano y gozaban cuando un tigre hambriento se lanzaba contra una indefensa doncella cristiana y se bañaba con su sangre.
Frenéticos ofendían cuando veían morir a niños, a hombres maduros y hasta ancianos ante las fauces de las fieras.
El entretenimiento de Roma padeció de muy crueles persecuciones y llenó el calendario cristiano con muchos mártires, papas, obispos y también soldados, vírgenes como Inés y Cecilia.
Así creció fecundizada la Iglesia; la Iglesia por su sabiduría dejó esta frase, ahora célebre: Mátanos, la sangre de los mártires es semilla de cristianos”: y ha habido historiadores o filósofos de la historia que al comparar las etapas de la Iglesia dijeron: Más creció la Iglesia en la terrible persecución del Emperador que en la dulce paz de Constantino.
Así les tocó dar el testimonio; “la palabra mártir significa ser testigo”.
Testigos en veinte siglos
El correr de la Iglesia hasta este siglo XVI el pueblo de Dios, la Iglesia ha dado el testimonio de Cristo en mil maneras.
Se da testimonio con el acto valiente en el momento en que se es víctima de una fiera o al recibir el calibre de las balas o pendiendo de una cuerda desde las ramas de un árbol.
Más hay otros héroes, con el testimonio de una vida entera de fidelidad en el amor a Dios y al prójimo,
Es grato a los ojos de Dios el testimonio de quienes por amor aceptan su estado, sus condiciones.
En unas vacaciones de verano, unos seminaristas visitaron un rancho lejano, a una señora que llevaba largos veinticinco años sin salir de su cuarto con una artritis muy dolorosa.
Los seminaristas entraron en conversación con ella y la agobiaron con preguntas curiosas e ingenuas como ¿que si le dolían sus manos, sus rodillas, que si sufría mucho, qué si se queja mucho? y ella les respondió: “Al principio no me hacía el ánimo, me desesperaba y renegaba mucho. Un día Dios me iluminó, me señaló que con mi sufrimientos tenía que dar testimonio de mi fé, que era i cruz y que era una manera de oración para pedir por otros, también por ustedes, para que sean sacerdotes santos”.
Y los seminaristas comentaron: hemos encontrado una santa. Muchos, más de los que la muerte puede abarcar, dan testimonio con su vida oculta a los ojos de los hombres, a la mirada de Dios.
Cuando a Cristo le preguntó el fariseo, que cuál era el mayor de los mandamientos, le respondió que el amor era el mayor de las derivaciones; vertical, hacia arriba, hacía Dios y horizontal, quienes viven ese mandato en cualquiera de sus condiciones, sacerdote, laico, soltero, casado están dando testimonio.
Testimonio con la vida
En el Siglo XXI, con sus particularidades es muy difícil es creer, que difícil es ser cristiano. Nunca ha sido fácil porque es tomar una actitud valiente ante la propia existencia, el propio destino, el sentido profundo de responder ante las grandes interrogantes: ¿Quién soy, de dónde vengo, a dónde voy? Hay que aceptar que Dios a hablado al hombre, que lo ilumina, que le abre los ojos del alma para entender su breve paso por el tiempo y su destino eterno. Allí entra la fe. Es la fe en Cristo, esa es la única respuesta.
En Cristo, todo
tiene sentido
El que ha aceptado el mensaje cristiano y se esfuerza a vivir cada día ha encontrado la paz interior: “El que me sigue, no camina en tinieblas”. Ha dicho el Señor.
Un hombre que muchos años vagó por las sendas fáciles de los vicios y tiene un día la gracia de encontrar a Cristo, así se expresó: “Desde ese día mi alma se dilata, mi fe me confirma en la bondad de los hombres; se afianza para mí el sentido de la existencia; mi fe me ayuda a trascender lo inmediato; me ayuda a superar la expectación; supera la recompensa de todo esfuerzo y siento que en cuanto hago es mayor lo que se me entrega; mi fe me alivia de toda tentación; humaniza mis palabras, mis relaciones, mis actividades; mi fe me hace gustar de la libertad profunda de cada persona; así entiendo que cada criatura tiene su lugar en el mundo y por último, desde que creo he entrado en armonía con la creación”.
¿Qué le falta? Agradecido por haber encontrado a Cristo ser testigo ante los demás de ese tesoro que él recibió”.
“No temen a los hombres”
Con estas palabras inicia el Señor su enseñanza de este día. Es un llamado a la confianza.
“La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”. Dice San Agustín.
Y los Obispos del Concilio Vaticano II (1961-1965) dijeron: “Está fortalecido con la virtud del Señor resucitado para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas y revelar al mundo fácilmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo su esplendor al final de los tiempos”.
La obra de Cristo trasciende el tiempo y el espacio
Nuestro Señor Jesucristo solamente predicó en tres años, espacio ciertamente muy corto en la historia de la humanidad; solamente se dejó ver y oír en tres regiones muy pobres y pequeñas de Asia Menor, Judea, Galilea, Samaria y a pesar de su divina grandeza. Todo reducido a tiempo y espacio muy limitado.
Más su obra a través de sus testigos se ha prolongado y seguirá por todo el mundo y en todos los tiempos.
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