Desde los primeros tiempos del cristianismo, Pedro y Pablo son venerados como las primeras columnas de la Iglesia. Son los fundadores de la Iglesia en Roma, madre y maestra de las demás comunidades cristianas.
Con gran fortaleza predicaron el mensaje de salvación. Dieron el supremo testimonio con su martirio.
Pedro fue escogido para ser cabeza de la Iglesia y allí en Roma fue el primer obispo y se sentó en la sede para regir y enseñar. Obispos de los obispos, padre y pastor, por eso el nombre de Papa.
Pablo, predicador insigne, incansable durante treinta años por todos los pueblos del Mediterráneo.
Pedro
Nunca había pensado aquel pescador del lago de Genezaret que su vida había de cambiar con giro total.
Pasaba Jesús y vio a Andrés y a su hermano Simón, afanados en su rutina de todos los días, la de echar redes, recoger los pescados y luego ir a venderlos al mercado.
Ese día fue distinto. Fue un final. Fue un principio: Vengan y síganme, yo los haré pescadores de hombres.
¿Qué tenía ese nazareno, cuál era la expresión de su rostro, cuál el imperio de su voz que no tuvieron el valor de decirle no? Tuvieron el valor de dejarlo todo, hasta la familia, y emprender una tormentosa y apasionada aventura. Adiós a su pasado. Allí se iniciaba una historia.
Pero el aprendizaje, en breve espacio de tres años en compañía del Maestro, había de transformarlos. Sería una transformación interior. Estaban llenos de imperfecciones, además de ignorantes, rudos. Eran piedras toscas que habrían de pulirse.
Pedro era bueno, mas caía en continuos errores, por impulsivo, porque se dejaba ir en palabras o en hechos y después se veía obligado a enmendar sus errores.
Así los necesitaba Jesús y con predilección escogió a Pedro para encomendarle a su tiempo el gobierno de la Iglesia.
El evangelista San Mateo, uno de los doce, testigo presencial, así narra la escena.
Solos, allá en Cesarea de Filipo, sin otros testigos, sin multitudes implorantes, tal vez sentados a la sombra protectora de un árbol, el Señor les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?
Cuando le dieron diversas respuestas, les preguntó: ¿Y ustedes quién dicen que soy?
Ellos que todo lo habían dejado, ellos que tenían entregada su vida y que se iban llenando de la gracia de su palabra y del privilegio de ser testigos de sus milagros, respondieron.
Antes que todos, Pedro se adelantó: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Sin duda, los demás discípulos escucharon sorprendidos y absortos esta confesión de su compañero.
Cristo contestó: Dichoso tú, Simón, hijo de Juan porque esto no te lo reveló ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos.
Así les daba a entender que Simón había recibido una inspiración de Dios. Luego, añadió: Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
Las llaves del Reino
Las llaves son para abrir y cerrar una puerta o un cofre donde se guardan tesoros. No todos, solamente Pedro puede abrir y cerrar. Nunca se hubiera imaginado el pescador de Galilea que habría de tener los poderes de Dios en sus manos.
Él y los que han sido elegidos Papas en el correr de los siglos han recibido el nombre de vicarios de Cristo. La palabra vicario quiere decir representante, el que hace las veces, el que en nombre de Cristo perdona –o no perdona- y reparte los dones divinos porque tiene poder para repartirlos.
Los demás comprendieron y aceptaron. Al separarse el Señor para volver al Padre, Pedro sería la cabeza.
Pablo
Con una sola corona, en el mismo día, la Iglesia celebra y canta el martirio de sus dos columnas.
A Saulo, el fanático, el ardiente fariseo, el que perseguía a los discípulos y seguidores de Cristo, el Señor le tenía preparada una cita. Esta fue en el camino a Damasco. Iba lleno su corazón de odio, acompañado de un piquete de soldados a perseguir a los cristianos de Damasco, a llevar a las cárceles a esos que no pensaban como él. Una luz lo deslumbró; cayó del caballo y oyó una voz: Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? - ¿Quién eres tú, Señor? – Yo soy Jesús al que tú persigues. -¿Qué quieres que yo haga?
Desde ese momento, dócil a la gracia divina, el perseguidor cambió su mentalidad, cambió su nombre, cambió su vida.
Después de dos años de silencio, soledad y oración en Arabia será el viajero de Jesucristo, navegante en todos los mares, huésped de todas las posadas. Infatigable, impelido por el inmenso amor a Cristo, nadie lo detiene.
Pablo predica que Jesús es el Hijo de Dios, que murió en Jerusalén y resucitó y vive.
Después de su retiro en Arabia, Pablo fue a Jerusalén a ver a Pedro y a dar testimonio de Jesucristo. Fue a Tarso y Bernabé los llevó a Antioquia, puerto del Mediterráneo, y allí los dos durante un año predicaron la Buena Nueva y allí fue donde, por primera vez, los creyentes fueron llamados cristianos.
Estando allí, un día, mientras hacían oración fueron llamados Pablo y Bernabé para ir a llevar el mensaje de salvación a los no judíos, a los paganos, a los gentiles.
Desde entonces fueron sus viajes apostólicos por Asia y Europa. Durante treinta años resonó su voz poderosamente. Tres grandes viajes registra la historia.
Cárceles, naufragios, persecuciones, hambres, nada separará a Pablo del amor de Cristo. Los judíos cinco veces le dieron cuarenta azotes menos uno. Los no judíos tres veces lo apalearon y un día lo apedrearon, lo dieron por muerto.
Ante el gobernador Félix apela al César y es llevado por el centurión Julio en una navegación accidentada que va a dar a la isla de Malta. Allí pasa el invierno. Allí predica.
Preso dos años en Roma, desde el verano del 64, allí padece la gloria del martirio para rubricar con su sangre su amor a Cristo.
El apóstol de los gentiles dijo: He peleado el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Esperaba y recibió la corona merecida.
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