Si echando hacia atrás la rueda del tiempo, veinte vueltas, veinte siglos, pudiera el apresurado habitante de un país del primer mundo contemplar a Cristo, rodeado de una multitud, tal vez se sentaría a raíz del suelo, sin prisa, sin temores, sin angustia; abriría su mente, su alma para que en ella cayera la verdadera sabiduría.
¿Qué hace y qué dice? ¿Quiénes son los que lo rodean? Tal vez, muchos han llegado allí después de largo y penoso camino. Los enfermos esperan, quizá llevan días de esperar la mano bondadosa sobre su cabeza y la dulce palabra: Ve en paz.
Allí están los tristes, por la desgracia, los fracasos, los temores, la pérdida de seres queridos. Esperan las palabras cargadas de afecto, de luz, y ellos, como muchos, retornarán a sus casas con el bálsamo del consuelo.
Han venido a oírlo sacudidos por vientos de angustia; las peores tormentas son cuando en la navegación han perdido la brújula y no saben cómo encontrar el puerto. Han oído la fama de este Nazareno. Han tenido noticia de su no común sabiduría, de su mensaje, antes nunca escuchado.
Todos traen una dolencia en el cuerpo o en el alma. Allí, el hombre del siglo XXI puede contemplar una multitud de lastimados por la vida y en Jesús esperan el remedio. Y no se han equivocado porque Él promete y cumple: Vengan a mí, sí, yo os aliviaré.
Jesús está aquí, entre los hombres del siglo XXI. No es preciso hacer girar la rueda del tiempo. Él es intemporal. Él es eterno. Él es omnipotente. No hay que olvidar que, al hacerse hombre, fue para permanecer en medio de la humanidad, donde hay sufrimientos: Hambre, enfermedades, injusticias, ignorancia, flaquezas. Alguien le ha dado el nombre de “valle de lágrimas” a este redondo planeta. Mas es preciso tener en la mente que Cristo no se ha ido; se fue y se quedó; algo que sólo Dios puede hacer. Se fue para no estar visible y audible y tangible en su raudo paso por la historia.
Es bueno sentirlo cercano, cuando el hombre de este siglo seducido por el encanto de la imagen y por lo mismo menos dispuesto a vivir cuando, por la fe, que es ciega, se va por otros derroteros.
Al aceptar con la fe la presencia de Cristo, se acorta la distancia para dar entrada al amor. El amor llega con el conocimiento. Y con el amor el deseo de seguir a Cristo.
Vengan a mí
Para muchos, Cristo ha sido el imán. Hace una semana, la Iglesia celebró a lo apóstoles Pedro y Pablo. Ambos siguieron al Señor, atraídos por ese magnetismo: Pedro dejó su barca. Pablo emprendió una tremenda aventura.
Fueron tras Él, fueron para Él, fueron de Él. Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Así escribió Pablo. Pedro el dijo a Jesús: Tú sabes todas las cosas, tú sabes que te quiero.
Fueron a Él y con Él se quedaron.
La sencillez
Jerusalén recibió a su rey con palmas y ramas de árboles…Y tendió sus mantos a sus pies. Y los humildes, los sencillos, los que lo aclamaban: Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor.
Montado en un asnillo, recibieron a su rey.
Ser manso, ser sencillo es una virtud, no un aspecto psicológico, ni mucho menos una tara. No es lo mismo ser manso que ser tímido o apocado. La mansedumbre es una virtud que consiste en reprimir voluntariamente los impulsos de la ira, la impaciencia, la altanería, para hacer el bien a quien convive con el que es manso. El Señor la proclamó como una de las ocho bienaventuranzas: Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra.
Significa que conquistarán los corazones de los hombres, porque los verdaderos mansos están llenos de bondad y saben ganarse la voluntad de los demás.
Hay un testimonio, un ejemplo bello en la vida de San Francisco de Sales, obispo de Ginebra, en el siglo XVII: Era la ciudad un hervidero de corrientes religiosas y políticas en donde habían sido sembradas semillas de los protestantes. El obispo era todo para todos, manso, sonriente y según sus biógrafos, era de un temperamento recio. La virtud supera la naturaleza, más bien, la educa y la sublima. Cristo es el modelo perfecto. Con su vida ha dado el más bello ejemplo de mansedumbre.
La humildad
Otra virtud, no sólo poco conocida, sino temida es la humildad. Hay quienes confunden ser humilde con ser humillado, aunque ambos conceptos proceden etimológicamente del mismo vocablo latino: humus-tierra.
Para los paganos, que no la conocían, la humildad significaba algo vil, abyecto, servil e innoble.
Para el cristiano, la humildad es el reconocimiento de la propia pequeñez delante de Dios.
La humildad no está en ocultar los propios talentos, ni las cualidades; ser humilde no es considerarse peor que los demás, ni más bajo, ni más ordinario; ser humilde es reconocer lo que se tiene, pero también lo mucho que le falta.
Dicen los sabios que entre más saben, más saben que menos saben. San Basilio Magno dice que la humildad es el arca que guarda todas las virtudes.
Dios rechaza a los soberbios y ama a los humildes. No hay un santo, uno solo, para reconocerlo, si no ha vivido en humildad y caridad. Cristo nace humilde en el portal de Belén y muere humilde, en la cruz, desnudo y entre dos ladrones. Su mensaje es siempre la verdad y la verdad es espejo de humildad.
Los humildes, los sencillos, los enfermos, los atribulados, son siempre los que buscan, los que escuchan. Los poderosos, los que se creen sabios en su falsa seguridad, el dinero, el poder y la fama, se hacen la ilusión de no necesitar a su Salvador.
Cristo, al verse rodeado de la multitud, elevó al Padre esta oración: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.
Jesús compara dos actitudes, la de los rabinos, los doctores de la ley, los fariseos, inflados por la soberbia y los valientes, que son rayos de acero y de luz, prontos a hacer el bien y para sufrir los males.
En los humildes está la paz, el sosiego. Al hombre apresurado de este siglo le hace falta sentarse a ver, a escuchar al Maestro; abrir su mente, abrir su alma con sencillez al mensaje que Cristo tiene para los pequeños, para los humildes. |