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Sábado, 19 de mayo de 2012
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Mensaje
El sembrador
José R. Ramírez

El sembrador era el Hijo de Dios. Del seno del Padre descendió al seno de María. Tomó así la naturaleza humana y, hombre entre los hombres, al llegar el momento, comenzó a cumplir la voluntad de su Padre de sembrar la buena nueva entre los hombres.
Por las ciudades, los pueblos, los caseríos de Judea, de Galilea, de Samaria, las multitudes escucharon su mensaje de amor, de verdad, de vida.
En tres años, los de su vida pública, con el testimonio de su presencia y el prodigio de sus manos, muchos fueron testigos de los milagros para confirmar que era el Mesías, porque su corazón estaba lleno de amor, de compasión para los que sufren, para los enfermos, para los atribulados, para los pobres.
Su persona, su palabra, su mensaje, su obra no eran de la misma manera recibidos. Cristo es motivo de contradicción y es amor para unos y es odio para otros; lo mismo en este siglo XXI, está el sí generoso de unos y el no rotundo por ignorancia, por indiferencia, por odio, de otros.
Ante su mensaje hay diversas maneras de recibirlo y los frutos serán de diversa cantidad y calidad, según la disposición de quien los recibe.
En sencilla parábola, Jesús ha descrito las maneras distintas de recibir el mensaje.

“Al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino…”

Al explicar la parábola, el Maestro dice que apenas cae la semilla, la palabra de verdad, el demonio la arrebata, como prontos están los pájaros a comer las semillas a lo largo del camino.
Es la superficialidad, la ligereza, la irreflexión de muchos precipitados caminantes de hoy.
Es una generación seducida por la imagen en la televisión, en el cine, en la Internet y, desde pequeños, en el nintendo.
Ese llamado “homo videns”, muy hábil en el manejo de la técnica, de toda clase de aparatos, mas torpe para entrar por la senda del pensamiento, de la reflexión. Puede acontecer que el hombre embebido en la superabundancia de imágenes, deje pasar la vida. Si cae ahí la semilla, no la acepta, ni siquiera la percibe. Esa semilla no alcanza a nacer.

“Otros granos cayeron en terreno pedregoso”

El Maestro explica a sus discípulos la actitud de quienes reciben la palabra de Dios , con alegría y, a veces, con inconstancia: “El que pone la mano en la mancera y vuelve la mirada atrás, no es digno del reino de los cielos.
También dijo: El reino de los cielos padece violencia y sólo los audaces lo alcanzan.
Los santos se han distinguido por esa audacia, por esa perseverancia, por el sacrificio.
Muchos empiezan; el mérito está en concluir.
Quienes se han lanzado por el camino de la perfección han experimentado crisis de todas.
Muy duras son las crisis de fe. Sólo pasan por esta angustia los creyentes. Los no creyentes nada saben de crisis de fe.
La crisis de fe pasan por una etapa de desolación. Esta es la oscuridad espiritual por las que pasan días y años las almas de alta vida interna. Santa Teresa de Ávila es testigo y confidente de cómo su perseverancia fue varias veces probada con etapas de desolación en las que debía seguir siendo fiel “no por las consolaciones de Dios, sino al Dios de las consolaciones.!.
El buen creyente en sus oraciones ha de poder. cada día, perseverar “hasta el fin”.
“Otras cayeron entre espinos y cuando los espinos crecieron sofocaron las plantas”

Las preocupaciones de la vida y las riquezas sofocan las plantas.
Es la buena semilla la que al crecer, crece entre otros muchas yerbas que la sofocan y no la dejan dar fruto.

Otros granos cayeron en tierra buena

La misión de la Iglesia es la de sembrar la buena nueva. Su mensaje ha sido testigo en veinte siglos de cómo la semilla ha dado abundantes frutos, en unos, el treinta, en otros el sesenta, en toros hasta el cien por ciento. Ellos son las almas fieles; y los de cien por ciento son los santos, que con su vida y con su muerte han dado testimonio elocuente de su fe en Cristo, de su amor a Cristo y al prójimo.

Cristo es la semilla

Cristo mismo es la semilla; así como el pueblo de Israel se alimentó con el maná caído del cielo, en su peregrinar a la tierra prometida, así Cristo es la semilla, el pan que alimenta el alma.
Todos los días cae Cristo en las almas, tierra abierta ávida de recibirlo y pronta a responder con obras de amor, de misericordia, de testimonio.
La Sagrada Eucaristía, núcleo de la vida de la Iglesia, es sustento de los fieles.
En el amplio martirologio de veinte siglos, abundan los testimonios de fe, de fortaleza en las pruebas.
Esa semilla ha dado inefables frutos de santidad. La buena tierra ha hecho brotar virtudes, ha fortalecido e iluminado con la fuerza y con la luz de Dios a todos los creyentes.

 

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