Jesús, maestro por excelencia, ha dejado en su doctrina el mensaje de la salvación en sencillas parábolas.
El evangelista San Mateo presenta dos parábolas, ambas tienen un final feliz.
Un comprador de perlas al encontrar una extraordinaria vende cuanto tiene y compra esa perla.
Los dos protagonistas ponen en juego los tres momentos de toda actividad humana: pensar, querer y actuar.
Así, aun en las actividades cotidianas, aun en las triviales y hasta en las pecaminosas, primero va el pensamiento al que sigue el deseo y si es posible la acción.
Igual es el proceso para quienes buscan no sólo las cosas perecederas que van en el tiempo, sino las permanentes, las que tienen relación con el máximo bien, que es la salvación eterna.
El verdadero tesoro
Quien encuentra a Cristo ha encontrado todo.
Cristo es la luz, es el camino, es la verdad, es la vida, es el amor.
La historia del reciente siglo de cristianismo es muy rica en historias particulares de hombres y mujeres que han encontrado a Cristo, su máxima alegría y su total satisfacción.
Todas las lámparas de la tierra nada son frente al sol que derrama sus luces incontables. Justos o pecadores, hombres y mujeres al encontrar ese tesoro, han encontrado la felicidad verdadera.
Una pecadora encontró
ese tesoro
El día 22 del mes de Julio, la Iglesia universal recordó con veneración a Santa María Magdalena, la que, desafiando las miradas furiosas, cayó de rodillas a los pies de Cristo y derramó sus lágrimas y un costoso perfume sobre el Maestro. Los que se decían limpios comentaron: “ Si este fuera profeta sabría que ésta es una pecadora”. Pecadora fue hasta ese día. “Vete en paz, tus pecados te son perdonados”. El perdón la limpió de los demonios, de la envidia, la ira, la gula, la pereza, la codicia, la lujuria, la envidia y la soberbia.
Tan limpia quedó que tuvo el privilegio de ver a Cristo resucitado, en la misma mañana, allí, junto a la piedra redonda y el sepulcro vacío.
Dios busca primero
Siempre la iniciativa en este misterio viene de Dios. El es el primero en buscar par ser buscado; El es quien pone en el corazón del hombre ese desasosiego, ese vacío existencial y luego se hace presente.
Cuando Cristo entró en un poblado, un hombre tramposo y rico se subió a un árbol para ver a Jesús que pasaba rodeado de una multitud. Encontró a Cristo porque la gracia divina ya le había llegado. Aunque era hombre importante, no le dio vergüenza subirse a un árbol y el premio fue cuando el Señor le dijo: “Zaqueo –lo llamó por su nombre- baja pronto porque quiero que me recibas en tu casa”.
Tanta fue su alegría que dio la mitad de sus bienes a los pobres.
Dios busca primero: El misterio de la encarnación consiste en que el Verbo, el unigénito del Padre se hizo Hombre.
¿Qué quieres que yo haga?
Al encontrar a Cristo los lobos se vuelven corderos.
Un fariseo, fanático, era un lobo feroz. Iba a Damasco con soldados y caballos para llenar las cárceles con cristianos a los que odiaba. Su dureza de repente se ablandó. Su odio se tornó obediencia, amor. El amor a Cristo lo llevó a una aventura de aventuras en las que sólo hablaba de Cristo.
Mas esa dicha de encontrar a Cristo es de todos los tiempos, es de ahora y aquí.
“Yo solo espero la muerte”
Así decía un hombre entrado en años, aunque no viejo aún.
Así se lamentaba porque había perdido a su hijo en un accidente automovilístico. Era el muchacho su ilusión, su esperanza. Dotado de gracia, de ingenio, de talento, el padre contemplaba a su hijo y era para él lo que le daba sentido a su trabajo, a su vida. Mas lo perdió. Yo ya no deseo vivir. Era su única frase.
Un día un amigo lo invitó a cenar. Después de varias ocasiones en que lo dejó plantado, por fin aceptó.
La cena empezó con la misma frase triste, mas ya Dios estaba entre ellos. De Dios le habó el amigo. Le fue abriendo los ojos a la luz. Le recordó que en Dios estamos, nos movemos y somos. Aun en los que llamamos males se puede entrever la bondad de Dios.
El Padre no podía aceptar que le hubiera sido arrebatado su hijo, cuando el muchacho estaba en plenitud. El amigo fue llevando el tema hasta despertar en su amigo el deseo de buscar a Jesús en medio de su tristeza. Como regalo, en esa casa puso en manos de aquel afligido padre el libro del consuelo: “Los Santos Evangelios” y lo inició en la lectura, en la meditación.
Aceptó la voluntad de Dios, que como todo lo que a Dios se refiere es misterio, como misterio fue la vida y misterio fue la muerte de su hijo y encontró a Cristo, de quien siempre había vivido alejado.
Su tristeza se desvaneció en una paz interior que nunca antes había experimentado. Ya no deseaba morir, ahora ya amaba la vida a una nueva luz.
El tesoro escondido
La perla preciosa de estas dos parábolas se encuentra cuando el ser humano, como primer paso, se pone a reflexionar sobre el sentido de la vida y actúa, pone los medios adecuados para encontrar el tesoro verdadero que es Cristo.
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