A Jaime de Anesagasti el arte no le fue ajeno, pues siendo el primero en conocer el esfuerzo hecho por la Cihualpilli por mantener unido a su reino, le encargó a Remigio Grande, la estatua que representa a la Tzapozintli abrazando la fe y rechazando la idolatría.
Sin duda, una de las aportaciones más importantes de Anesagasti fue el registro meticuloso de los frailes y párrocos que estuvieron al frente de la iglesia tonalteca desde 1530 hasta el año de 1900, que aparecen en sus 6 libros de gobierno eclesiástico, los cuales estuvieron mucho tiempo en resguardo de la iglesia y que fueron dados a conocer, medio siglo después (1945) por Juan García Parga, otro clérigo emprendedor en que se conocieran más datos de la historia de Tonalá.
Cabe decir que Jaime de Anesagasti y Llamas no se conformó con describir el Tonalá del siglo XIX, tiempo en que estuvo aquí, sino que estudiando a otros religiosos que se habían interesado por nuestro municipio como Tello, Frejes y otros, nos informó como era nuestro municipio durante el siglo XVI y posteriores.
Resulta curioso sin embargo que no obstante lo meticuloso de las investigaciones realizadas por don Jaime, haya omitido informar que la capital tapatía estuvo asentada en Tonalá entre 1533 y 1535, antecedente del que solo queda una placa a un costado de la Parroquia que a él le correspondió vigilar.
Sin embargo las aportaciones que nos legó como el Santuario del Sagrado Corazón, el camino al Cerro de la Reina, la estatua de la Cihualpilli, el jardín en el atrio de la Parroquia, el Museo Tonaltense (desaparecido), la capilla de la Cruz Blanca, la escuela de niños y el catecismo y sobre todo el libro “Tonalá de ayer y hoy” donde se hace referencia a eventos tan importantes como el primer muerto, la referencia a las familias de alfareros, el censo de población, los monumentos naturales (piedra bullidora y piedra de la campana) y otras informaciones más que hoy convierten al propio Jaime de Anesagasti y Llamas y sus obras, como clásicos de la historia de Tonalá. |