“Cuando Jesús desembarcó vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos”.
Se compadeció, es decir, padeció con ellos, hizo propias las penas ajenas y, con su divino poder, curó a los enfermos.
La multitud allí seguía y ya empezaba a oscurecer. Los discípulos le dijeron al Señor: Despide a esta gente para que vaya a los caseríos y compre algo de comer.
Los discípulos eran rudos, insensibles y su solución era de ya dejarlos ir y quedar libres.
Así como muchos de los cristianos del pasado y del presente, esos que hacen de su cristianismo un estilo de primero yo, luego yo y después yo, ignorantes de que no se debe ni se puede ir solo en el camino de la salvación porque la Iglesia es una gran familia.
Hay que ver con el que ríe –esto es sumamente fácil- y hay que llorar con el que llora, todos en una causa común y unidos.
El Señor les respondió: Denles ustedes de comer.
En buen aprieto pone a los discípulos que querían sacudirse el problema de una muchedumbre con hambre.
Estas palabras de Cristo son para los hombres de todos los tiempos. Son un llamado para saber ver, para sentir, para hacer propias las necesidades de otros y no sólo compadecerlos de palabra.
Muy bien entendió la lección el apóstol Santiago, quien tiempo después escribió: Si un hermano o una hermana están desnudos y les escasea la comida para ese mismo día, y uno de ustedes les dice: Ve en paz, caliéntate y come; mas no le da de las cosas que el cuerpo reclama. ¿De qué le sirve?
En otra página del evangelio, Jesús anuncia que volverá y al recibir a los que a él, como juez de vivos y muertos, es decir, de justos y pecadores, dirá a los primeros: Vengan, benditos de mi padre, a heredar el Reino de los Cielos que les está preparado desde la fundación del mundo, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estaba desnudo y me vistieron, enfermé y me visitaron, estuve en prisión y me fueron a ver. Cuanto hicieron por uno solo de esos hermanos míos, más pequeños, a mi me lo hicieron.
Vivir la justicia y la caridad
Nadie puede llamarse verdaderamente cristiano, si no vive la virtud de la justicia.
Es un deber, es respetar los derechos de los demás, no un gusto, no una afición, no una mera actitud por carácter o temperamento de bondad, sino una virtud. Virtud humana de darle a cada quien lo que le es debido y virtud cristiana, con más alto nivel, si se practica en consecuencia de tener fe y con ésta, la luz para ver en cada prójimo la imagen de Cristo.
San Pablo –y este es el año paulino- escribió: Den a sus esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también ustedes tienen un amo en el cielo.
“Dar a cada uno lo que se le debe: A quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor”, como escribió San Pablo en su carta a los romanos.
“Dios guarda y gobierna con su providencia todo lo que creó, alcanzando con fuerza, de un extremo a otro del mundo y disponiéndolo todo con su dulzura”, dice el libro de la Sabiduría.
Por eso, Jesús, en su mensaje, insiste en un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las necesidades de sus hijos: No anden, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a beber? ¿Con qué vamos a vestirnos? Ya sabe su Padre celestial que ustedes tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura. Mateo 6. 31,33.
Mi alma tiene sed de Dios
El hombre es un ser espiritual y además de las necesidades materiales de cada día tiene necesidad de alimentar su espíritu con otro pan, para saciar su alma.
El milagro de la multiplicación de los panes, además de dar el alimento para el cuerpo, fue un acto para prefigurar otro alimento, el espiritual.
El ateísmo
Gran parte del ateísmo teórico y más el ateísmo práctico de este tiempo tienen su origen en la ignorancia religiosa. Poco, casi nada, o nada saben de que el Hijo de Dios, espíritu puro, eterno, inmortal, infinito, omnipotente, “amó, se anonadó, se entregó”, hasta ser hombre mortal, sin dejar de ser Dios para salvar a todos los hombres.
Si conmueve ver los efectos del hambre en niños y hombres esqueléticos, debe también ser motivo de compasión otro espectáculo, el de las almas carentes de la luz de Dios, de la gracia. Porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Mateo 4,4.
El materialismo de este tiempo, el hedonismo y el inmediatismo llevan a pensar en sólo lo presente sin proyección hacia el futuro, mucho menos en una vida después de esta vida terrena.
Dicen que Robert Kennedy escribió: Somos ricos, pero no somos felices.
Muchos otros no lo escribirán, pero en su interior, en sus momentos de serenidad, podrán decir lo mismo, porque las cosas materiales ayudan, pero no dejan satisfecho al hombre.
Cristo da a los cristianos del siglo XXI el mismo mandato que les dio aquel día sus discípulos: Denles ustedes de comer.
Así lo entendieron los discípulos, ya convertidos en apóstoles y fueron por todo el mundo, en obediencia al Señor, a darles de comer a cuantos encontraron por sus caminos. |