Después del milagro de la multiplicación de los peces, el tema de reflexión del domingo pasado, el Señor Jesús se apartó al monte, él solo, a hacer oración y les dijo a sus discípulos que subieran a la barca y cruzaran el lago.
Ellos, obedientes, así lo hicieron, mas, hacia la madrugada, los vientos fueron contrarios, se desató una tempestad, las olas se encresparon y ellos, angustiados, creían que iban a perecer, cuando, caminando sobre las aguas les llegó el auxilio, apareció el Señor.
Este milagro de Cristo, de aquietar los vientos y las olas, con el imperio de su voz, allí fue en el ámbito meteorológico, pero después y muchas veces y ahora, la presencia de Cristo ha calmado peores tempestades en el vasto mundo interior de muchos hombres, angustiados, desesperados, sacudidos por esas tempestades llamadas crisis; a veces, crisis existencial, o crisis de fe, o de identidad, o, también, ocasionada por las mismas flaquezas de los hombres que los han derrumbado en crímenes, en maldades, en pecados.
Hay crisis personales, y pocos podrán decir que no las han padecido; hay crisis familiares muy dolorosas y de lamentables consecuencias y hay también crisis colectivas.
En esas horas, o tal vez días y días, la luz no asoma, se pierde el rumbo de la vida –no hay brújula- se pierde la alegría, el amor a sí mismo, el amor a la vida.
Esas tempestades no respetan ni edad, ni cultura, ni condición social, pero siempre son más crueles con los jóvenes porque los sorprenden inexpertos.
Las tempestades del tiempo
No las que azotan los litorales en este cálido verano con su cuota anual de víctimas, inundaciones, destrucción, sino otras, peores aún, en las almas de individuos, de grupos, de pueblos.
Se siente ahora dolorosa una época de convulsiones que conmociona en muchos aspectos la vida de los individuos, de la familia, de la sociedad.
Muchos ya van convenciéndose, ante los fracasos, de que la sola fuerza de la razón humana no es capaz de poner en orden la sociedad y los intereses casi siempre encontrados de los hombres.
Los pacifismos engendran guerras; de las teorías de felicidad colectiva han surgido gobiernos totalitarios en los que, como es común, los débiles son sometidos y explotados por los más fuertes; las hábiles compañías publicitarias vendedoras de dichas pasajeras, con el conocido engaño de crear primero la necesidad y luego el satisfactor, algo así como primero la sed, luego el agua, o más claro, primero la enfermedad y luego el remedio; por más que busquen y rebusquen ardides no lograrán hacer felices a las multitudes, pues “pan y circo” no dan sino pasatiempo, mas no felicidad.
El hombre, aunque se le vea como una nada entre dos eternidades, en su exigua medida de alguien que pasa como “las naves, como las nubes, como las sombras”, lleva dentro una chispa de eternidad; dentro del vaso de arcilla que es la envoltura corporal lleva en sí la imagen de Dios, porque ha sido creado a imagen y semejanza de su Creador y el destino de cada ser humano, después de su breve paso por el tiempo, es para encontrarse con quien es su principio y su fin, -Dios, alfa y omega-.
Las tempestades de este tiempo son porque el hombre y los hombres andan lejos de Dios.
Los apóstoles desesperados, llenos de espanto, a punto de ser devorados por las olas, con la presencia de Cristo, que llegó a ellos, caminando sobre las aguas, volvieron a sonreír, secaron sus lágrimas y se echaron, agradecidos, a los pies de su salvador.
No se puede ni vivir, ni sufrir, ni gozar plenamente, ni morir, si no se está cerca de Dios.
Así, a la luz de la fe y conjuntamente con la razón, se ha de buscar y encontrar la calma en las tempestades.
Tempestad en la Iglesia
Es la barca de Pedro, sacudida por las olas, imagen viva de la Iglesia, divina y humana, sacudida y muy sacudida en estos primeros años de este tormentoso siglo.
El divino fundador, rodeado de pecadores, publicanos, mujeres públicas y algo así como los flacos, los débiles de la sociedad, a esos mismos congregó y con ellos nació su Reino, su Iglesia.
Yo, tú, él, nosotros, ustedes, ellos, es el pueblo que quiere salvarse en el seguimiento de Cristo. Mas todos con el estigma del pecado.
Por eso, también dentro de la barca de Pedro hay tempestades: serias crisis internas; desbandada de creyentes, dolorosa entre los jóvenes, escondidos, dudas rechazos, evasiones de los hombres, ante las exigencias de la fe.
Hay también los que tienen miedo de encontrar a Dios y viven en un ateísmo práctico. Secularización, materialismo.
Un gran pensador, Hans Un Bon Baltasar, definió a la Iglesia como “Casta Meretriz”. Santa por su fundador, por su doctrina, por sus nobles ideales, mas pecadora pública, en sus miembros.
Es necedad apartarse de la Iglesia ante el testimonio negativo, es decir, el antitestimonio de quienes han sido ocasión de escándalo; quienes se asustan con los que sólo ven el árbol podrido, que con estrépito se ha derrumbado y no tienen ojos para contemplar la multitud de árboles llenos de vida, en la alegre frescura del bosque.
A estos les ha de decir el Señor, como a Pedro: Hombres de poca fe, ¿por qué dudaron?
No teman soy yo
La suma de toda esperanza humana está en Jesús, porque en el fondo todos los hombres aspiran a permanecer definitivamente en la vida y él es la vida.
Ya los apóstoles, al tener cerca al Maestro, desecharon sus temores.
Así también la virtud teologal llamada esperanza, puesta en Cristo, y sólo él, ayuda al hombre a no instalarse en los atractivos pasajeros como si fueran definitivos.
La presencia de Cristo en la vida del cristiano es transformación irreversible del universo.
Al cristiano le toca buscar siempre a Cristo, singularmente en los momentos difíciles; en esas crisis personales, familiares o colectivas. La luz le será dada al hombre cuando este reconozca su propia oscuridad.
Sólo así se logrará la renovación del orden temporal, cuando Cristo esté presente, como en la barca.
El cristianismo herido cargado siempre con el pecado y sus secuelas tiene un único camino, estar lo más cerca posible del Señor y así “con Él, en Él y por Él” tener salud espiritual, tener vida.
“Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”
Este pasaje del evangelio, narrado por San Mateo, testigo y parte de todo lo acontecido, tiene los tres momentos claves: exposición, nudo y desenlace.
Primero, los discípulos, obedientes se acomodaron en la barca para cruzar el lago; luego el nudo: la tempestad, la angustia y, un desenlace feliz.
Inspira también esta narración a un pensamiento profundo sobre el destino final del hombre.
Viene al caso una anécdota. Visita el poeta Fr’Asinello, autor del El Romancero de la Vía Dolorosa a los alumnos del Seminario Menor. En amena charla les contó su vocación por las letras. Y entre las muchas preguntas que le hicieron, ésta fue una: ¿Y ahora qué hace? La respuesta sabia fue: Me preparo para mi gran día. –Y ¿cuál es ese gran día? –El día en que me encuentre con Cristo, mi salvador.
Todo hombre es peregrino en un caminar sin alto ni retroceso y el término es ese encuentro: Verse frente a frente ante quien dio su vida para la salvación de todos y quien en ese momento es juez.
Un gran final de la vida, un desenlace, después de las tempestades en la alegría de caer a los pies de Cristo y ya no con la luz de la fe, sino con la visión de los bienaventurados, exclamar como los apóstoles: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. |