Nació hace 2008 años, en una insignificante aldea de una provincia, Judea.
Su nacimiento ha partido la historia en dos mitades: Antes de Cristo, después de Cristo.
Su nombre, su persona, su identidad, su mensaje, su vida, su muerte, su resurrección y su Reino, todo ha sido “blanco de contradicción”, como lo anunció el anciano Simeón, el día de la presentación de Jesús niño en el templo.
En este año de los Juegos Olímpicos en China de los que miles de millones de seres humanos están pendientes, si Cristo se dejara ver a las multitudes reunidas en los estadios e hiciera la pregunta: ¿Quién soy yo? Posiblemente, dos de cada tres dirían: “No te conozco”.
Todavía hay quienes afirman que fue un gran orador; otros que fue el más grande revolucionario de la historia; otros lo declaran un gran profeta; y, muchos más expresan meras opiniones superficiales, porque no han tenido la gracia divina de abrir los ojos, los ojos de la fe, para verlo tal como es.
Cesarea de Filipo es una ciudad al pie del Monte Hermón. Allí, Herodes el Grande mandó construir un templo de mármol en honor del emperador romano César Augusto.
Jesús les preguntó: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Esta pregunta la hizo, no por ignorancia, pues sabía todo y cuanto de él opinaban y decían tanto los que lo aceptaban como los que lo rechazaban y odiaban.
Tampoco era la pregunta para recibir elogios, porque ni los necesitaba ni le atraían. Simplemente era para disponerlos a la pregunta siguiente.
Las respuestas fueron saliendo: “que era Juan el Bautista; que era el profeta Elías; que era Jeremías, o alguno de los profetas”.
¿Y ustedes quién dicen que soy yo?
Ustedes doce que traen polvo de muchos caminos, que conmigo han comido y bebido, que han escuchado de mis labios mi predicación en sinagogas, en la orilla del lago, en la montaña, en la llanura, en ciudades y aldeas.
¿Quién soy yo para ustedes? ¿Por qué andan conmigo? ¿Qué esperan? ¿Qué les ha movido a este nuevo estilo de vivir?
Los que llegaron
Esta semana, acaban de ingresar a primero de preparatoria del Seminario ciento cuarenta adolescentes y para ellos viene también la misma pregunta: “¿Por qué dejaron su casa y su familia? ¿Para qué van a iniciar sus estudios aquí, donde la vida es exigente y se han de apartar del estilo más fácil y llevadero en el seno de su familia?
La respuesta: Escuchamos el llamado de Cristo y para seguirlo, para estar cerca de él.
¿Y qué esperan? Un día ser elegidos, ser ungidos y ser enviados. Ser sacerdotes en 2020.
Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios vivo
Allí, en Cesarea de Filipo, fue Simón quien respondió con aplomo, con seguridad, con voz clara y fuerte. Los otros once ya estaban acostumbrados a esos impetuosos arranques de su compañero. Pero vino la sorpresa. Jesús le dijo entonces: “Bienaventurado Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo reveló ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos”.
Pedro y los demás apóstoles forman un solo colegio. Por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los apóstoles.
Desde ese momento la Iglesia es jerárquica, con fundamento en uno, la piedra angular. Con el Papa, la colegialidad de los apóstoles y después de ellos sus sucesores. No perfectos, sino perfectibles fueron los primeros y, así, en ininterrumpida sucesión hasta la Iglesia de nuestros días.
Se escuchan, a veces, las voces discordantes de los que dicen aceptar a Cristo, mas no a la Iglesia y al decir Iglesia, quieren decir jerarquía.
La jerarquía es el conjunto de personas a quienes dentro de esta sociedad visible que es la Iglesia, se les ha dado el oficio de enseñar, conducir, curar, cuidar, corregir. Por eso se les da el hombre simbólico de pastores.
La Iglesia es donde Cristo habita. El es el centro, Él es la vida. Él es la imagen del Dios invisible. Él vino y se ha quedado para reconciliar por El y para El todas las cosas, haciendo la purificación de los pecados.
La gente del siglo XXI, ¿quién dice que soy yo?
Hay que contestar: Jesús de Nazaret, nacido de una hija de Israel, en Belén, en tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo de Dios hecho hombre.
El testimonio del apóstol Juan es contundente: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos y nosotros lo hemos visto y damos testimonio, lo anunciamos a ustedes, para que también ustedes estén en comunión con nosotros”.
Del deseo ardiente de conocer a Cristo nació luego el amor y el seguimiento alegre y generoso de los apóstoles, hasta la sublime entrega en el martirio.
En este siglo, con tan crueles manifestaciones de odios, codicias y desenfreno de pasiones, quienes lleguen un día a conocer a Cristo, habrán encontrado la verdadera felicidad. |