Casi en silencio, con una lámpara encendida en las manos, vestidos de blanco y el pensamiento, el deseo, el anhelo de una convivencia pacífica, así desfilaron en la capital y en muchas ciudades del país, millones de seres humanos.
Su manifestación pacífica fue, al mismo tiempo, afirmación y esperanza: Afirmación de que el mal existe, lo han sufrido, lo han temido y llorado en sus propias personas, en sus seres queridos, en su familia, en su entorno; esperanza de que las autoridades, sean quienes fueren, sirvan al bien común.
Ha sido una página en la historia del México de 2008 que expresa angustia ante el crimen, ante la violencia, ante las pasiones movidas por la codicia, la soberbia, el afán inmoderado de placeres, de poder, de dinero.
El remedio para llegar a vivir en una convivencia humana está en el nivel humano del respeto de sí mismo y en el respeto a los demás, a sus personas, a su honra, a sus bienes.
Entre los bautizados, se ha de escalar a otra mayor altura, no sólo buscar la justicia, sino practicar el auténtico cristianismo: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste, es, amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Mateo 22,27.
Hay tendencia, en algunos cristianos, a conformarse con el mínimo de exigencias morales de la fe y creen ser cristianos cuando dicen: No he robado, no he matado, no hago mal a nadie.
Esta actitud aislante, inoperante, irresponsable y cómoda no es actitud cristiana. No es cristiano el que no hace, sino el que camina en seguimiento de Cristo que pasa haciendo el bien.
La Iglesia ha de ser una comunidad de amor, desde la responsabilidad personal de cada uno de sus miembros, hasta la responsabilidad jerárquica operante.
El apóstol San Pablo ha dejado la imagen de la Iglesia en la figura de un cuerpo –el cuerpo místico- cuya cabeza es Cristo, y todos los miembros, todos vivos y operantes en el bien del cuerpo.
“Miren cómo se aman”
En los primeros años, en la apenas fresca y tierna Iglesia, aflora en todo la sencillez, la ternura, hasta casi la inocencia de los primeros cristianos que hasta ponían sus bienes al servicio de todos y juntos compartían la palabra y el pan, porque se amaban.
Y no todos eran perfectos porque la Iglesia nació, creció y sigue hecha, amasada, con seres humanos, todos con la marca del pecado.
Y ante esa realidad permanente, el pecado, los pecados propios y los ajenos, el cristiano ha de aprender, inspirado por el amor, a ser humilde ante las propias caídas y a ser caritativo ante los pecados de los demás.
Si el cristiano, de veras, ama a Cristo, ha de amar a sus semejantes, a pesar de que vea en ellos debilidades, deficiencias, flaquezas.
Lo fundamental, ante las actitudes equivocadas o deliberadamente torcidas de otros, debe, ante todo, no juzgar, ya que esto es sólo atribución de Dios.
Si alguna vez la prudencia y la caridad lo exigen, entonces es oportuna la corrección fraterna.
El Señor muestra el estilo de corregir; ante todo, evitar herir la sensibilidad del prójimo. A solas, sin ofenderlo, sin humillarlo. Es un deber llamarle la atención, y esto es amor. Es el deber cotidiano del padre de familia, de la madre, ayudar a sus hijos a conocer el bien, a apartarlos del mal.
La corrección fraterna es un caso concreto de la ley del amor. Nadie que verdaderamente ame puede permanecer indiferente ante el mal de los demás.
En estos días en los que se han manifestado las multitudes en demanda de seguridad ¿habrá algunos, alguien siquiera que haga oración ferviente para que los asesinos y los secuestradores se arrepientan?
La misericordia esté en odiar el pecado, pero amar al pecador. En la corrección fraterna está la esperanza de ver un hombre nuevo. Como el médico pone en juego sus conocimientos y su interés en hacer de un hombre enfermo un hombre sano, así el cristiano tiene que orar hasta por los que lo odian y persiguen.
La falta de un hermano no ha de ser tema de publicidad. Se está haciendo moda, ridícula y perversa, poner de manifiesto en la televisión y la prensa los escándalos y los pecados, incluso amplificándolos.
Y luego viene la queja de la ausencia de valores entre los jóvenes, cuando se nutren de ese mundo de mitotes donde se ha perdido el respeto por las personas.
El cristiano, en vez de romper sus vestiduras, debe mirarse a sí mismo y no se atreverá a tirar la primera piedra; luego, ver, no con ojos de juez, sino con ojos de hermano.
El hermano ha de tener la puerta abierta y la mesa servida y sin reproches, porque, de veras, ha reconocido su culpa y muestra voluntad de sincera enmienda.
“Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, es una de las súplicas de la oración del Señor.
Es patrimonio de la Iglesia y práctica común orar “por la conversión de los pecadores”.
Dios escucha, atiende y envía sus dones.
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