El hombre de este siglo va, corre, vuela, se preocupa, planea, actúa con resultados positivos, es decir, números negros y a veces con los preocupantes números rojos, triunfo o derrota.
Pero la más grande derrota del hombre es dejar caer los brazos porque ha perdido el trabajo o porque no ha encontrado trabajo. Y lo que aún es peor es cuando ya ha perdido la ilusión, la alegría de hacer, de trabajar.
El hombre es “homo sapiens” porque está dotado de inteligencia capaz de analizar, de hacer una síntesis de expresar su pensamiento y de manifestarlo mediante su voluntad.
También es “homo faber” y se descubre capaz de realizar por sí mismo el contenido de su pensamiento mediante la acción. Si no hace, se siente frustrado. Su vida es un sueño vacío.
Si no actúa por pereza se vuelve verdugo de sí mismo.
Quien ha sabido trabajar, ha experimentado la alegría del deber cumplido y las muchas satisfacciones fruto de su entrega, así como la sabiduría que brota de la misma fuente, del trabajo que perfecciona al hombre y lo hace sabio.
Dios es el creador y conservador de cuanto existe, todo lo demás es obra del ingenio y del trabajo del hombre. Ya no se ha de decir que el trabajo es una maldición, sino una bendición. Un rostro bañado en sudor y unas manos encallecidas son signo de esa bendición.
Sudor que brote ardiente
Inunde nuestra frente
Que si el cielo nos presta su favor
La obra será renombre del autor
Así cantó Schiller, gran poeta germano. La plenitud de los tiempos, la salvación de los hombres, se ha manifestado en Cristo y perdura en la Iglesia hasta que él vuelva.
El designio divino de la salvación de cada uno, primero, es una amorosa iniciativa de Dios. Él llama, pero incluye la respuesta del hombre manifestada en acción.
San Mateo presenta una parábola del Señor con profundas enseñanzas.
Sale el dueño de la viña una y dos y tres veces a buscar y a llamar trabajadores.
El Dios que llama a todos. Para él no hay distinción de personas, de razas, de pueblos, de culturas, para todos es el llamado.
Ser llamado al servicio es una gracia y la oportunidad de trabajar en la viña del Señor es motivo de alegría y ha de despertar agradecimiento.
Hace poco más de un año, un sacerdote, Esteban Sánchez, celebró sus setenta años de sacerdocio ministerial. Recibió el sacramento del orden el 26 de Mayo de 1934. Dios fue para el y para sus compañeros el amo, el patrono y en la viña de ese Señor trabajó.
En la viña no importa el puesto, si es importante o es el más humilde, lo que vale es la diaria entrega, la actitud de servicio. “Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”.
Ser cristiano es ser operario, ser constructor de un mundo mejor. Y los operarios son desde el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos.
El rejuvenecimiento que espera la Iglesia, ante la injusticia social, ante el desorden económico y político, ante la institucionalización amoral de los medios masivos de comunicación recae en los operarios laicos.
Se espera la presencia, la acción, el testimonio de los cristianos maduros y comprometidos, con la convicción de que a ellos, a los laicos, corresponde luchar.
Muchos, por pereza, por miedo, prefieren dejar las cosas como están. Posturas así son un freno.
Urge una fe consciente y responsable de los laicos encauzada por el mismo pensamiento pastoral de la Iglesia en un sentido más amplio.
El dueño de la mies no sólo ha llamado a los clérigos y a los religiosos. El llamamiento a trabajar en la viña es universal y en este siglo, en el siglo de los laicos, ellos son los especialmente llamados a ocupar el puesto que les corresponde en la viña.
Los trabajadores de la viña, según la parábola, fueron llegando a distintas horas: Los primeros, desde el amanecer; otros llegaron a la media mañana; otros más a medio día y en la tarde. Por último, llamó a otros hasta el caer de la tarde y a todos les pagó un denario.
Es la consoladora enseñanza: Dios siempre espera. Su calendario no es como el de los hombres. Ni usa reloj, ni corta una hoja cada día que pasa. Su amor es eterno y para su actitud de esperar es para todos los hombres, no importa en qué etapa de la vida se encuentren.
Unos le han servido desde la mañana, desde su niñez, mientras que otros desde el medio día. San Agustín llegó a la viña a los 33 años. Por eso se lamentaba: “Tarde te conocí, Verdad amada”. Pero compensó su retardo con la esplendorosa tarde de su entrega.
Martín Lutero y sus seguidores dijeron que con la fe sola se alcanzaba la justificación. El Concilio de Trento (1545-1565), con fundamento en la palabra de Cristo, enseñó entonces y es la misma doctrina de ahora, que la fe sin caridad de nada sirve.
El operario de la viña no va solamente de testigo, a ver trabajar a los demás, aunque sea muy notable su fe. Va a tomar su parte en la labor de conjunto, pues es parte, es una pequeña partícula tal vez del cuerpo místico que es la Iglesia, pero nadie ha de estar inoperante, que es lo mismo que muerto.
Cada uno, en este breve espacio llamado vida, tiene que obrar según su única e inconfundible personalidad, sus condiciones, su carisma. Pero obrar para llegar al final de la jornada y ser así merecedor de recompensa. |