Dios quiere que todos los hombres se salven y a todos les concede los medios para que alcancen su último fin para el que fueron creados. Pero el hombre, dotado de inteligencia y de voluntad, así como lleva su vida por donde él quiere en los intereses del tiempo y de las cosas materiales, también es libre en lo invisible y eterno.
Cristo presentó este tema trascendente, el principal de la vida de todos, en una parábola, en el escenario del templo de Jerusalén.
Jesús emplea un lenguaje alegórico para ponderar la voluntad de Dios “que amorosamente invita a todos a la salvación”. Que todos vayan a la boda de su hijo.
Jesús muestra que la pertenencia del Reino de los cielos depende no sólo de la invitación de Dios, sino también de la respuesta de los invitados.
El rey es Dios y llama a los pecadores, a los publicanos, a los paganos; quiere verlos a todos sentados a su mesa. Es una actitud constante que va en todo tiempo, aunque las circunstancias sean distintas.
En este Julio de 2008, cuando todos los ojos estaban puestos en China, en los atletas, qué oportuno hubiera sido un comercial en la televisión con esta pregunta: ¿Quieres salvarte? Porque pronto, cosa de meses o años, pero ciertamente, habrás de morir. Si quieres salvarte, ven a un banquete, ven a la boda de mi hijo. Busca a Cristo; el es el camino de la salvación; él es la única verdad en este mundo agitado, precipitado y colmado de mentiras; el es el único que te puede dar la vida eterna, después de esta vida terrena con sus limitaciones y sus carencias.
Aceptar la invitación
La respuesta del hombre tiene suma importancia, mas entra un factor grave en la historia de la humanidad entera y en la historia particular de cada hombre: La libertad.
Los ateos entienden la libertad como un hecho psicológico: Hago lo que quiero, porque quiero hacerlo.
Los cristianos saben que la libertad es un maravilloso regalo de Dios para que el hombre libremente busque a Dios, libremente le ame y libremente le sirva.
No existe el amor a la fuerza. La vida del cristiano es para llenarla de amor a Dios y al prójimo y, si la libertad no está allí, allí no está el amor.
Dios, al crear al hombre, corrió el riesgo de crearlo libre para darle oportunidad de merecer. Sólo es digno de premio quien hace méritos para ser galardonado y el premio es la recompensa de un esfuerzo libre y amoroso.
Ser libre no es hacer lo que se le antoje a cada quien.
La diferencia entre libertad y libertinaje está en el fin con que se hace cualquier acción.
Un santo así entiende la libertad: Soy libre cuando mi única ley es el amor. Soy libre cuando en todo y con todo hago aquello que agrada a Dios. Libre se sentía San Pablo encadenado y reducido a una celda donde en Roma lo encerraron los enemigos del Evangelio. Por dentro llevaba la libertad.
Muchos que se tienen a sí mismos por libres porque van y vuelven a su antojo; en verdad no son tan libres porque los encadenan la lujuria o la codicia; cuando la soberbia de tal manera los ciega que sólo piensan y actúan a través de la imagen desfigurada que les da su pasión; a veces hay esclavos de la moda, de la sociedad y a esos caprichos sirven.
El hombre es verdaderamente libre cuando vive el espíritu de Cristo, en apertura, en generosidad, en entrega al verdadero amor y no al egoísmo de buscarse en todo a sí mismo.
Los que no quisieron ir
El rey tuvo malas noticias. Sus invitados no quisieron gustar de la mesa y de la alegría del banquete del rey, insensibles o carentes de delicadeza.
Hay también los que se jactan de una incredulidad presuntuosa, se autollaman espíritus libres o librepensadores y no quieren saber, no les interesa de lo que está más allá de su nariz o sus intereses personales.
Otros, con un menosprecio de los deberes religiosos prefieren un olvido práctico o amoral de todo lo que sea un deber.
San Pablo en su carta a los fieles de Tesalónica los amonesta a vivir “como conviene a los santos y que como elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia y paciencia”. Col. 3,12.
El llamamiento al banquete es un llamamiento universal a la santidad. Qué alegría cuando elevan a los altares a hombres o a mujeres que no fueron ni sacerdotes, ni monjas y nunca vistieron esos ropajes distintivos de frailes o monjes.
San José Moscati fue un médico napolitano. Vivió con fervor y alegría su fe en el ejercicio de su profesión, en la clínica, en la cátedra, pues era reconocido como sabio en la atención cuidadosa, en la visita a sus enfermos. Así, mientras atendía a uno de sus pacientes llegó para él el final de su vida terrena.
Urge que se borre esa falsa idea de que la santidad se cultiva solamente en el silencioso ambiente de los claustros.
Entre el bullicio de la vida moderna, el hombre de la calle es un candidato a la santidad, es uno de los llamados.
La campana del templo,
voz de Dios
En otros tiempos, los bronces del campanario regían la vida de las ciudades y de los pueblos. Ahora, ya no son escuchadas las campanas porque dominan otros sonidos por todas partes.
A la campana le daban este oficio:
Alabo al Dios verdadero,
Conozco al pueblo,
Congrego al clero
Lloro por los difuntos
Ahuyento las tempestades
Alegro las fiestas.
Según el tono, sabían las gentes qué anunciaban las campanas, la pequeña, la solitaria, “la del correo” con cuyo canto daba alegría porque habían llegado los mensajes.
Pero la misión primordial de la campana es la de invitar. La primera, la segunda, la tercera llamadas son la insistente invitación de Dios a su banquete, la Eucaristía, la misa.
Dichosos los que aceptan.
Y como en la boda del rey de la parábola, siempre unos atienden a la invitación y otros desoyen la voz o atraídos por otros intereses descuidan y dejan pasar las gracias que Dios tiene para sus invitados.
Ojalá escuches hoy su voz, no endurezcas tu corazón, como canta el Salmo. |