En este domingo trigésimo ordinario del año, el evangelio conduce al creyente hasta la más alta cumbre, al sentido profundo, a pensar, sentir y gustar qué es, qué significa verdaderamente ser cristiano.
Muchos ven en la religión cristiana sólo y principalmente un catálogo de formas represivas. Otros lamentan las estructuras humanas, la organización y los ministros que conducen esa sociedad visible que es la Iglesia y ahí se quedan, pero no han comprendido que lo importante no es lo que los ojos, los oídos perciben y la mente comprende, sino que la Iglesia es ante todo y sobre todo una familia que cree, que espera y que ama.
Los que se han quedado con la sola certeza fría de la ley, ese catálogo de prohibiciones odiosas, no han comprendido el sentido profundo de la “buena nueva”, la ley del amor que el Hijo de Dios vino a traer a los hombres.
En la escena que narra San Mateo, pone frente a frente un pasado caducante y un nuevo estilo. Frente a frente están Jesús y un doctor de la ley.
Maestro, le pregunta el doctor de la ley ¿cuál es el mayor mandamiento de todos?
San Mateo asegura que esta pregunta era con mala intención “para ponerlo a prueba”. Hay otra versión, en el sentido de que el doctor de la ley estaba confundido porque su ley, la Torá, tenía nada menos que 613 leyes, 248 preceptos y 365 prohibiciones.
Sea por mala intención, sea por incapacidad para abarcar siquiera con su mente ese amplio catálogo de leyes, el doctor de la ley llama “maestro” a Jesús y esto ya es mucho. Le hace la interrogación directa que exige también respuesta directa y ésta llega: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Con tan breve frase, el Señor responde y sintetiza la legislación y las enseñanzas de los profetas.
Resume en el precepto del amor toda la ley.
El amor es la aspiración más profunda del hombre, la fuerza que le permite elevar su vida y libremente ascender. El amor es la cumbre más elevada en el breve espacio de tiempo que es la vida del hombre.
En el cristianismo, todo deseo de perfección, todo anhelo de santidad tiene su realización obligada e inmediata en la práctica del amor.
La doctrina cristiana no vale tanto como doctrina cuanto por la efectividad en las obras que inspira el amor.
San Agustín, el gran convertido, escribió:
“El amor es lo único que distingue a los hijos de Dios de los hijos del demonio. Pueden todos hacer la señal de la cruz, responder amén, cantar el aleluya, hacerse bautizar, entrar en la iglesia, edificar templos; pero los hijos de Dios sólo se distinguen de los hijos del demonio por el amor. Los que aman han nacido de Dios; los que no aman no han nacido de Dios. Criterio capital. Puedes tener todo lo que quieras; si te falta el amor de nada te vale todo lo demás. Pero si lo demás te falta y tienes el amor, has cumplido toda la ley”.
Y el segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
El amor al prójimo es la señal auténtica del amor a Dios. Donde no hay verdadero amor al hermano, no hay amor a Dios.
San Pablo, en su primera carta a los de Corinto, los ya convertidos y los que deseaban convertirse, les habla de los distintos dones que se dan entre ellos: “Aunque tuviera el don de profecía; aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles; aunque tuviera una fe como para trasladar montañas; aunque repartiera todos mis bienes a los pobres; aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve”.
El amor es paciente, no tiene envidia, no presume, no se engríe, no es indecoroso, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Don Miguel de Cervantes Saavedra dice mucho en el breve espacio de una redondilla.
El amor es infinito
Si se funda en ser honesto
Y aquel que se acaba presto
No es amor, sino apetito.
El amor no es un sentimiento estéril, sino la práctica.
En Granada, una de las más bellas y célebres ciudades de España, un samaritano, un extranjero, Juan de Dios, llevaba cargados, por amor a Jesucristo en figura de enfermo, a muchas víctimas de la peste. El soldado rudo, llegado de lejos, dedicó su vida a buscar a cuanto desvalido necesitaba de su amor traducido en servicio.
La Iglesia venera a San Juan de Dios porque entendió bien el camino del amor y lo vivió y lo practicó en obras de misericordia.
Muchos han vivido de diversas maneras el amor, en los veinte siglos de cristianismo.
El día primero de Noviembre, se celebra a la Iglesia triunfante, a todos los santos conocidos o desconocidos, todos los que han triunfado porque han vivido el amor.
El cristianismo es el camino del amor. |