Jesús visita a sus amigos de Cafarnaúm. “Corrió la voz de que estaba en casa y muy pronto se aglomeró tanta gente que ya no había sitio frente a la puerta.”
Entre cuatro iban cargando a un paralítico y, como no podían acercarse, quitaron parte del techo encima de donde estaba Jesús y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.
Alrededor, muchos parientes del enfermo y muchos más fariseos y curiosos vivamente interesados miran y esperan.
Allí están los desocupados, los ociosos del pueblo, los amigos de novedades y también los que ya han tenido noticia de la predicación de este nuevo profeta que sabe darle vigor a sus mensajes con sus milagros.
Todos esperan el milagro. El Maestro, por fin, abre sus labios: “Hijo, tus pecados te son perdonados”.
Qué decepción, qué desconcierto, qué desilusión.
Muchos entonces y después y ahora piden a Dios regalos materiales o una gracia corporal y se decepcionan y hasta pierden la fe si no consiguen su intento. La sabiduría infinita de Dios da mucha más importancia a los bienes invisibles. Es mejor vivir en paz y amor, sin riquezas materiales, que estar rodeado de cuanto alcance la codicia y vivir entre angustias y temores.
¿Podrán vivir tranquilos quienes logran lo que quieren con crímenes, robos y atropellos?
El paralítico, con aquellas palabras llenas de ternura porque le llamó hijo y porque le aseguró que estaba perdonado, tal vez sintió como un fresco rocío, un baño que lo purificó.
¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia.
Así se expresaron los fariseos escandalizados, furiosos. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?
Aquellos fariseos, con fundamento en la antigua ley, dada a Moisés en el monte Sinaí, tenían muy claro el concepto de pecado.
Pecado era y es y será algo muy grave, terrible, fatal. Pecado es la transgresión del hombre a una ley divina.
El hombre es un ser racional y por lo mismo debe de pensar, querer y actuar conforme a la recta razón. Mas le arrastran las pasiones: la ira, la gula, la lujuria, la envidia, la pereza, la codicia, la soberbia. Es santo el que sujeta las pasiones a la razón y la razón a Dios.
Es santo el que lucha por no caer en pecado, aunque se siente débil y pide ayuda: “No nos dejes caer en la tentación”.
Los fariseos ignoraban o no querían aceptar que Jesús era el Hijo de Dios, Dios igual al Padre y al Espíritu Santo.
“Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados…” Yo te lo mando: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”
¿Qué es más fácil, perdonar los pecados o curar un paralítico?
El perdón de los pecados es más difícil porque el pecado es ofensa a Dios. Pero el amor de Dios busca no sólo a los buenos, sino también a los pecadores, a los pródigos, a los descarriados, a los perdidos en los engaños del mundo, del demonio y de la carne.
Los busca no para castigarlos, sino para perdonarlos.
Feliz se levantó el antes paralítico, tal vez brincando de alegría. Ya en la intimidad, en el silencio, en la soledad, fue cuando sintió que fue mayor el primer regalo que lo dejó con una paz y una alegría que jamás había sentido en su vida.
Con pecadores fundó su Reino y en su Reino, la Iglesia, ha habido siempre pecadores.
La asamblea de los creyentes reunida en torno a la mesa del altar siempre da principio a la misa con el reconocimiento individual y colectivo de que cada uno y todos son pecadores y juntos piden perdón.
Hay todavía en el siglo XXI escribas y fariseos que se creen limpios y se asustan de que Cristo esté rodeado de pecadores. “No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos”. Siguen válidas estas palabras del Señor.
“Ten compasión de este pobre que va extraviado, más que por su malicia, por su flaqueza”.
Tristeza y angustia dejan las noticias de tantos crímenes. No se ha de volver insensible el alma ante la ya común historia de secuestros, ajustes de cuentas, ajusticiados, vidas segadas por manos criminales, tráfico de sustancias que dañan y destruyen la salud física y espiritual, odios, rencores, codicias, atropellos y el comercio inicuo de las personas.
San Pablo, en su carta a los romanos, declaró: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago”.
Cristo deja que el pecador se le acerque. El es misericordioso. El conoce mejor que nadie las miserias de todos. El sabe los pecados de todos. El murió por los pecados de todos. Permanece entre todos para salvarlos a todos. Su presencia es silenciosa, no hace ruido, no contradice, no grita, no reprende, no incomoda.
Sólo falta tener fe y humildad. Será perdonado el pecador que reconoce sus propios pecados y pide ser liberado. Cerca de Cristo, el hombre se siente seguro ante el asedio de los enemigos espirituales. El hombre primero ha de aceptar que es pecador.
Se va perdiendo la conciencia de pecado. Todo lo quieren justificar con actitudes ilusorias, falsas, nocivas.
Porque la misma conciencia, esa voz interior que aprueba cuando se ha hecho el bien y roba la paz cuando se hace el mal, es vigía permanente.
Querer sofocar la voz de la conciencia es imposible.
La psicología moderna, mal orientada, los malos ejemplos, los incontables programas de cine y televisión donde se muestran justificados ahora hechos de los que se había de avergonzar el hombre es práctica generalizada.
Primero hay que sentirse enfermo para ser curado, pecador, para ser perdonado.
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