En este segundo domingo de cuaresma, el evangelio hace un viaje desde el austero desierto hasta la cumbre de un alto monte.
Era ya la hora de que el Maestro se manifestara a sus discípulos más cercanos con su imanten divina.
Así los preparaba para los graves acontecimientos que pronto vivirían de los que serían no sólo testigos, sino fuertemente partícipes.
Así les abría los ojos del alma para comprender dos verdades profundas: Muerte y resurrección.
Pedro, la piedra fundamental del Reino y el príncipe, el principal del colegio apostólico; Santiago, llamado para derramar su sangre, el primero de los doce en testimonio de amor y fe; Juan, alma limpia y abierta para llevar al mundo el profundo mensaje de vida, de amor, del misterio del Verbo de Dios hecho hombre.
En un elevado monte
Mientras se está inclinado mirando la tierra y gozándose de las cosas de la tierra no se puede contemplar el rostro de Dios.
Es preciso subir. La ascensión a una montaña, a una cumbre, es ardua, es para los audaces. Es el premio al esfuerzo.
En la vida espiritual se llama purificación. San Juan de la Cruz la nombra “vía purgativa” porque para subir es preciso ante todo hacer ligero el bagaje, liberarse del peso de las pasiones, dejar las cadenas de los goces.
Alta y escarpada es la cumbre; áspero el camino de la santidad.
Santo Tomás de Aquino, una de las grandes lumbreras de la humanidad e íntimamente experimentado en el arte de la vida interior, dejó escrito: “Jesús nos enseña con esto que a todos cuantos desean contemplar a Dios les es necesario no dejarse llevar de los bajos placeres, sino elevarse sin cesar por medio del amor hacia los bienes celestiales”.
A ellos solos
Una montaña rodeada de silencio. Soledad y silencio. El mundo siempre produce ruido. Viven los hombres agitados y confundidos.
Muchas vidas desperdiciadas en ruidos ensordecedores, en músicas atronadoras, en muchedumbres aceleradas, en palabras inútiles.
Los que aman el ruido siempre andan inquietos. Siempre impacientes. Siempre insatisfechos. Para ellos el silencio es un vacío y hacen resistencia al silencio porque ignoran su valor.
Silencio exterior, lejos del “mundanal ruido”, silencio de la lengua, silencio del corazón. Silencio interior, libre de deseos desordenados y de apetitos; libre de la imaginación, “la loca de la casa” que desordena y enturbia.
Con el silencio interior llega al alma la paz. El silencio rompe la barrera entre el hombre y el infinito, entre el infinito y el misterio, entre el misterio y Dios.
Del misterio nace la palabra porque el silencio llega a las profundidades del alma y del silencio brotan las virtudes cuya raíz es Dios.
A la soledad y el silencio llevan a Dios. A la cumbre del monte en soledad y silencio llevó Jesús a los tres discípulos.
Allí se manifestó: “Sus ropas se volvieron resplandecientes” y se le aparecieron Elías y Moisés.
Jesús dejó ver su divinidad: Revelación del misterio de Cristo. Jesús se dejó ver como una persona en quien habita la divinidad oculta.
Nunca hubieran imaginado aquellos sencillos pescadores del lago de Tiberíades que serían transportados a esa visión celestial. Simón Pedro, admirado, asustado, suelta esa exclamación y luego le propone al Señor ya no bajar, sino construir allí tres chozas.
Una para el Maestro, otra para Elías y otra para Moisés, aunque ellos tres se quedaran al descubierto.
San Marcos dice: “En realidad no sabía lo que decía”. Es el misterio del hombre que lleva dentro de sí la eternidad. El ser humano jamás tiene satisfacción plena con las cosas materiales, con lo que trae el tiempo y el tiempo se lleva. Es un proyecto eterno y en su peregrinar terreno aunque le está velado su verdadero destino como inmortal y eterno, anhela y espera.
Este siglo es un siglo de imágenes y de palabras y tantas hasta el cansancio. Molesta escuchar todo el día palabras que nada dicen o dicen tonterías; palabras que halagan, palabras que asustan, palabras que seducen y engañan.
Para confiar hay siempre una palabra, la del Hijo de Dios.
Es una, es eterna, es verdad, es camino, es vida.
Por ignorancia, el mundo sigue siendo lento para escuchar la voz de Dios. Muchos nunca han gustado de la dulzura del mensaje de Cristo, siempre amor, siempre comprensión y misericordia.
“Con razón nuestros corazones ardían”, contaban los dos discípulos de Emaús, porque la palabras de Cristo iluminó sus mentes y les elevó el ánimo.
Multitudes embelezadas pasaban horas y días escuchando al Divino Maestro.
En este siglo XXI, Jesús habla y quiere ser escuchado. El es la sabiduría infinita, la verdadera respuesta a todas las interrogantes del hombre de hoy; es el consuelo en las penas y tristezas; él es la fortaleza, su palabra anima, conforta, ilumina, salva. |