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Sábado, 19 de mayo de 2012
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Mensaje
Nicodemo
José R. Ramírez

En este cuarto domingo de cuaresma, en el evangelio de San Juan manifiesta el Señor Jesús, una vez más, el misterio sublime de la redención.
Todo acontece en intimidad. No hay multitudes ansiosas de escuchar esa sabiduría. No hay enfermos suplicantes. Ni siquiera están los doce más cercanos.
Sólo el Maestro y Nicodemo. Es de noche. De noche ha llegado Nicodemo, porque le tiene miedo a los judíos. Puntual a la entrevista pedida y concedida.
Una inquietud, más que mera curiosidad, lo ha llevado a ese encuentro.
Frente a frente los dos, sentados, una pequeña mesa, una diminuta lámpara de aceite.
El visitante inicia el diálogo:
“Rabí, sabemos que has venido como maestro de parte de Dios, pues nadie puede hacer los milagros que tú haces, si Dios no está con él”.
Nicodemo ya es un creyente. Una gracia ha recibido en su alma. Lo ha hecho reconocer en Jesús a un enviado de Dios, por eso, le llama Rabí y ya es un interlocutor abierto, dispuesto.
Es ya tierra preparada para que caiga la semilla. Muy afortunado, feliz, por haber logrado tomar esa parte de su vida para un diálogo con el Señor.
La oración es un diálogo con Dios. Los hombres verdaderamente sabios son los que han apagado su sed en la fuente de la oración, fuente rica e inagotable.
Todos escuchaban al Papa Juan Pablo II, todos le aplaudían, mas pocos han sabido que él pasaba largas horas en silencio, en oración.
Así, también Santo Tomás de Aquino. Parte de su tiempo era la cátedra. Otra parte la dedicaba a hacer correr la pluma escribiendo y otra, la más importante, la pasaba en oración.
La oración es alimento del alma y es fortaleza para pensar, decir y hacer.
Nicodemo es un hombre pensador, es un intelectual entregado al estudio, familiarizado con los libros, con las corrientes del pensamiento de su época.
Como intelectual, tiene las dificultades características del hombre en la ciencia, en la filosofía, en el mundo de las ideas.
Puede ser el tipo de muchos hombres de este siglo XXI. El contacto con las ciencias, con las técnicas, con todos los avances del pensamiento, agudizan la capacidad de discernir, de calcular y de almacenar conocimientos. Mas, a veces, embotan el entendimiento y les dificulta la toma de adecuadas decisiones.
Una mente colmada de conocimientos está en situación peligrosa, si no se llega a la verdad. A veces, la ciencia mala hincha, lleva a la soberbia. Dicen que poca ciencia hace soberbios a los hombres, pero que la mucha ciencia siempre conduce a Dios.
En este siglo de superabundancia de todo han surgido muchas ciencias inútiles y con ellas es “como apacentarse de viento”.
Lo importante para Nicodemo y para el hombre de hoy es llegar a lo más profundo y Cristo se lo reveló a Nicodemo.
Los israelitas, en su peregrinar por el desierto, siempre de cabeza dura, eran malagradecidos y prontos a quejarse de todo y a murmurar a Moisés y a Aarón.
Y sobre ellos cayó una plaga de serpientes. Morían los que eran mordidos. Por mandato de Dios, mandó Moisés fundir una serpiente de bronce y la levantó en alto, con mirarla quedaban curados.
De esa imagen, la serpiente de bronce levantada en alto, se valió el Señor para explicarle a Nicodemo el misterio de la Redención.
Él iba a ser levantado en alto. San Juan interpreta en ese “ser levantado en alto” la voluntad salvífica de Dios. Algún comentarista de este pasaje ha dicho que esta es la síntesis de todo el evangelio de Juan.
El Padre quiere realmente la salvación de todos los hombres y conforme a ese plan entrega a su Hijo único.
El amor de Dios se hizo visible, audible, palpable en Jesús y en él la consecuencia de ser el Mesías, el Redentor.

Los hombres prefirieron las tinieblas a la luz

Aquí se manifiesta el misterio de la libertad del hombre. El hombre tiene experiencia de las contradicciones en que se mueve su vida. Se siente limitado y siente fuerzas que influyen en sus actos. Es libre, mas no para hacer lo que se le antoje. Es libre para obrar conforme a lo que es, es decir, hombre. Esta libertad proviene de Dios que creó al hombre y lo destinó a la salvación eterna.
Todo hombre es un buscador de felicidad, de perfección, de luz de verdad, de vida. Y todo lo quiere sin límites, en dimensión a la eternidad.
Pero usa de su libertad de manera indebida y va por donde su intención no quisiera ir. Mide el hombre las cosas desde su pequeñez, desde sus limitaciones. Por eso, en vez del bien cae en el mal. Por eso su escala de valores se reduce a lo muy bajo y a veces a lo vil. Cuántos hay que se contentan con dinero y sexo.
El mismo San Pablo, con tanto amor a Cristo a quien se entregó de lleno, afirma: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Pablo soportó, azotes, naufragios, cárceles, hambre, desnudez y nada lo separó del amor de Cristo, sin embargo, lamentaba su fragilidad: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”.
Pablo sabía donde estaba la luz y lamentaba que en alguna o algunas ocasiones se iba tras las tinieblas.
Ser libre no es hacer lo que al hombre se le antoje, sino libremente ir siempre tras la luz, pues el hombre no se mueve por instinto, sino con la luz de la razón y de la fe.
La primera condición de la fe es contestarle cada día a Cristo como San Pablo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?

Y el segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El amor al prójimo es la señal auténtica del amor a Dios. Donde no hay verdadero amor al hermano, no hay amor a Dios.
San Pablo, en su primera carta a los de Corinto, los ya convertidos y los que deseaban convertirse, les habla de los distintos dones que se dan entre ellos: “Aunque tuviera el don de profecía; aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles; aunque tuviera una fe como para trasladar montañas; aunque repartiera todos mis bienes a los pobres; aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve”.
El amor es paciente, no tiene envidia, no presume, no se engríe, no es indecoroso, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Don Miguel de Cervantes Saavedra dice mucho en el breve espacio de una redondilla.

El amor es infinito
Si se funda en ser honesto
Y aquel que se acaba presto
No es amor, sino apetito.

El amor no es un sentimiento estéril, sino la práctica.
En Granada, una de las más bellas y célebres ciudades de España, un samaritano, un extranjero, Juan de Dios, llevaba cargados, por amor a Jesucristo en figura de enfermo, a muchas víctimas de la peste. El soldado rudo, llegado de lejos, dedicó su vida a buscar a cuanto desvalido necesitaba de su amor traducido en servicio.
La Iglesia venera a San Juan de Dios porque entendió bien el camino del amor y lo vivió y lo practicó en obras de misericordia.
Muchos han vivido de diversas maneras el amor, en los veinte siglos de cristianismo.
El día primero de Noviembre, se celebra a la Iglesia triunfante, a todos los santos conocidos o desconocidos, todos los que han triunfado porque han vivido el amor.
El cristianismo es el camino del amor.

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