Fundado el 13 de Junio de 1971
Tonalá Jalisco, México.
Sábado, 19 de mayo de 2012
Número 558

Administración y ventas de publicidad:
Patricia Mendoza Michel

E-mail:
periodicohoy@prodigy.net.mx

 

Oficinas
Av. Tonalá #206-13
Tel.-Fax:

+52 (33) 36 83 18 81
+52 (33) 11 87 19 18

 

Version Web
iXad Advanced web services
www.ixad.com

 

*Los artículos firmados son
responsabilidad de su autor.
*No se devuelven originales aunque no sean publicados

Mensaje
La primavera de Jesús
José R. Ramírez

Es el tiempo del aura suave que mece las hojas de los árboles; brotan flores en la campiña y los pajarillos cantan desde el amanecer: Es la primavera.
Es la alegría de las fiestas de la pascua y el Señor Jesús sube a Jerusalén y es recibido en triunfo.
Montado en un borrico, acompañado por los doce y de una multitud se presenta en las puertas de su ciudad.
Es la ciudad fundada por el rey David y Jesús, como hombre, es su descendiente por la sangre y también de la realeza. Es el rey que viene a tomar, con todo derecho, posesión del trono, del reino.
Cuando los magos le buscaban recién nacido ésta era su pregunta: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?
Treinta y tres años después ha llegado para ser levantado en su trono y para tomar posesión de su reino.
Es la solemne entrada del rey y así lo entiende el pueblo, los sencillos, los humildes. Este es su grito: ¡Hosanna el Hijo de David, el Rey de Israel!
Aplauden y cantan rebosantes de alegría los muchos entonces tristes, agobiados por las enfermedades, milagrosamente curados por Jesús.
Lloran de gozo los ojos antes sin luz, ojos que Cristo iluminó con la fuerza de su amor y su poder.
Saltan y corren, cortan ramos de palmas y de árboles y los sacuden como signos de triunfo y gratitud los antes tullidos y paralíticos.
Las mujeres pecadoras de antes, sacudidas las cadenas del mal, libres ya, se unen a la multitud para alabar, para proclamar Rey misericordioso, al que los hizo nacer de nuevo a la gracia con el perdón.
Allí también aquellos que de lejos le pedían ser limpiados de horrible lepra y, ahora, ya de cerca, con sus gargantas limpias le saludan a gritos.
Este día de triunfo hasta desvanece en los apóstoles el presentimiento de algo triste muy próximo.
Porque seis veces les anunció, en distintos momentos y circunstancias, que iba a subir a Jerusalén “a padecer, a morir y a resucitar al tercer día”.
¿Por qué y para qué este día de triunfo, de júbilo?
¿Por qué se lanza Jesús a esta aventura que puede costarle la vida?
¿Por qué la gloria de un día para derrumbarse después en las negras horas de afrentas y suplicios?
Jesús bien sabía a qué precio iba a comprar este efímero triunfo. Conocía, mejor que nadie, a las turbas de poca capacidad en eso de pensar y además veleidosas, tornadizas.
Conocía lo versátil del corazón humano que vive de contradicciones, que pasa del amor al odio, de la alegría a la tristeza.
Conocía a sus enemigos, a los que llamó asesinos de los profetas –porque lo eran- sepulcros blanqueados, raza de víboras.
Sabía que aquella hora le costaría la vida.
Todo lo sabía, como que es Dios, desde toda la eternidad y era la hora, su hora, la hora de la humanidad, la hora definitiva del combate; en esa hora serán vencidos el pecado, el demonio y la muerte.
Aceptó morir. Era voluntad del Padre. Ya en el huerto de los olivos, ante la cercanía del momento, como hombre, tembló como la hoja que arrebata el huracán, pero aunque gimiera y se estremeciera su frágil cuerpo cargado de dolor y de amor, se entregó a la muerte.
San Juan lo dice todo con la fuerza expresiva de tres verbos: Amó, se anonadó, se entregó.
“Es necesario que un hombre muera para que se salve todo el pueblo”
Estas son las palabras proféticas del sumo sacerdote Caifás. Con la autoridad del pontífice se aquietaron las diversas opiniones favorables o adversas. Darle muerte y pronto. Ya no queremos más milagros; que ya se cierre para siempre esa boca; ya no sean escuchadas esas palabras que arrebatan, esos mensajes como fuego que abrasan el alma.
Ya no esas multitudes, antes como ovejas sin pastor.
Buscarlo es la consigna. Es la hora de las tinieblas. Un traidor, siempre los hay, convenido en precio, lo ha de entregar. Y lo entregó.
Y vuelven a gritar las multitudes. Ahora no levantan palmas y ramos; ahora levantan el brazo con el puño apretado y su grito no es de amor, eso ya lo olvidaron, ahora gritan; ¡Crucifícale, crucifícale! ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
Los ojos de Cristo contemplan desde el pretorio de Pilato a esa multitud enardecida, débil masa humana seducida por los perversos. Piden la libertad del asesino, de Barrabás, y a gritos exigen la muerte del justo.
El cobarde Poncio Pilato al lavarse las manos se ha declarado inocente, porque la cobardía puesta en acción es grave pecado.
Cristo refleja lo que encierra su corazón: Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen.
Ahora, en silencio, y con la misma súplica, abrirá sus labios ya en la hora y desde el lugar solemne del calvario.

El misterio de la redención

Del pretorio de Pilato hasta la cumbre del calvario -siniestro lugar de calaveras- son los últimos pasos con esos pies sangrantes.
Las manos siempre abiertas para acariciar, para limpiar la lepra, para sanar cuerpos doloridos, ahora se abren para abrazar a toda la humanidad, quietos, porque clavados al madero no hay para ellos movimiento ni reposo.
Ha quedado para el último momento que la lanza abra su pecho y parta el corazón. De ese corazón que tanto ha amado a los hombres, nació su Reino, su Iglesia.

Junto a la cruz

Junto a la cruz, en un torbellino de odios y de gritos, como un oasis está el amor. Allí de pie la madre, allí Juan el discípulo valiente, allí las piadosas mujeres y, apartados un tanto, en silencio, lloran y oran otros amigos.
Así sintió el poeta y así escribió:

Con ánimo de hablarte en confianza
de su piedad, entré en el templo un día
donde Cristo en la cruz resplandecía
con el perdón de quien lo mira alcanza

y aunque la fe, el amor y la esperanza
a la lengua pusieron osadía
acordeme que fue por culpa mía
y quisiera de mí tomar venganza.

Ya me volvía sin decirle nada
y como vi la llaga del costado
parose el alma en lágrimas bañada

…hablé, lloré y entré por aquel lado;
porque no tiene Dios puerta cerrada
al corazón contrito y humillado.

Lope de Vega

© Derechos Reservados 2005-2009 Tonalá de Hoy
Todos los Derechos Reservados.