Hace un poco más de 20 años que el Alabado, o sea, el canto que se ofrecía a Dios por un buen año de lluvias que mojaban la tierra para que crecieran las siembras en el campo, ya no se llevan a cabo; los años pasan y vuelven a pasar y hoy sólo queda el recuerdo de tan hermosa tradición.
No sé si será por flojera, o porque no nos interesa darle gracias a Dios por un buen año de cosechas del frijol, cacahuates, maíz, garbanzo, flores, hortalizas y otras semillas cualquiera.
Recuerdo cuando se hacía la cosecha en los barbechos o campos; que bonito era ese tiempo de lluvias o de las aguas como les decían antes; hoy, la cosa es diferente. Donde antes había campos, lomas, lugares donde íbamos de día de campo, donde pasábamos ratos de esparcimiento, donde incluso había cuencas de agua; hoy muchos de esos terrenos están fincados llenos de casas. Afortunadamente todavía quedan muchos lugares en Tonalá donde se continúa con la siembra –en El Vado, San Gaspar, Santa Cruz, Zalatitán, Puente Grande y Tololotlán principalmente- de las tierras que nos dan alimento.
Volvamos a nuestras raíces, sembremos aunque sea pequeños terrenos, pero sobre todo, dénosle gracias a Dios y cantemos el hermoso Alabado, una rica tradición tonalteca.
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