La sangre que corre en el PRI es un asunto grave y apesta mucho más allá de la oficina de Javier Guízar.
No me refiero a la risa que provocan las broncas priistas en la sede del PAN o al consuelo que otorgan al PRD al acompañarlo en el camino de las traiciones en los registros. No, me refiero a los efectos que produce una decisión cuya racionalidad aún no es posible desentrañar de tan nebuloso que se puso el terreno, de tan lleno de hipótesis y supuestos pantanosos, de tan disfrazado de lógicas que van desde lo turbio hasta lo ridículo.
Sin embargo, los efectos sí pueden observarse con nitidez. Desde ahora es posible evaluar los costos de la decisión del líder estatal del PRI.
Javier Guízar, ya muchos lo saben, optó por conformar las planillas de regidores de los candidatos tricolores a las presidencias municipales de Jalisco sin negociar con los candidatos y sin hablar con la militancia. Las listas se registraron ante el Instituto electoral con equipos que no fueron suficientemente negociados.
En una primera lectura, eso significa que el dirigente partidista pasó por encima de los liderazgos del PRI (que para efectos prácticos son los candidatos y podrían ser los gobernantes) y de las corrientes que en su seno nadan.
Los resultados de esta medida se podrán apreciar en tres dimensiones: una organizacional, otra electoral y una más en el ámbito de gobierno. La organización se rompe, se desalinea, pierde lo que los primeros teóricos de la administración llamaron “unidad de dirección”. Y sin unidad de dirección cualquier organización, ya sea equipo de futbol, banda de narcomenudistas o universidad jesuita, deja de estar en posibilidad de cumplir con sus objetivos.
Eso lleva directamente a la dimensión electoral. El costo de tener un partido desalineado se verá en los resultados de julio. No se puede hacer trabajo político ni campañas con fuerza si cada quien jala para su lado.
Por último, la dimensión más importante: la de gobierno. Si a pesar de la rotura el PRI logra acuerparse en algunos municipios y gana las elecciones, los resultados pueden ser catastróficos para esos ayuntamientos. Gobernar sin equipo de confianza no es gobernar, es sufrir y es provocar que todos pierdan: el gobierno pierde eficiencia, el municipio pierde gobierno y el partido pierde rentabilidad.
Ante ese escenario, lo único claro es que algo sabe Guízar que el resto ignora, algo busca Guízar que los demás no ven, algo gana Guízar con lo que otros pierden.