Hoy, tercer domingo de pascua, la Iglesia continúa en su gozo y sigue repasando los días felices en los que los apóstoles vieron, oyeron y tocaron con sus manos a su Señor resucitado.
Ahora, la pluma de San Lucas presenta a Cristo en la tercera aparición a sus discípulos. Sin duda todavía no estaban preparados suficientemente para la misión de ser testigos del portento de la resurrección y, por eso, para eso, por tercera vez, se manifestó entre ellos, allí donde siguen con su miedo encerrados.
Ya después, ellos solos, irían por caminos distintos proclamando el prodigio y con la seguridad de quienes no tenían ni la más pequeña duda.
De tal manera se mostró ante ellos que por el camino de los sentidos llegó a su mente la certeza de que allí ante su morada estaba el mismo Jesús de Nazaret a quien durante tres años siguieron por los caminos de Judea, de Samaria, de Galilea.
Esta tercera aparición a los apóstoles tiene un preámbulo: dos discípulos iban tristes rumbo a su pueblo Emaús, agobiados porque Jesús “profeta poderoso en obras y palabras”, había sido entregado por los sumos sacerdotes y los ancianos en manos de nuestros magistrados y le habían dado muerte cruel.
“Y nosotros esperábamos”, le habían dicho a un tercer caminante que se les agregó. Desahogaron en él su tristeza, su frustración. Ese tercer caminante, de incógnito, era el mismo Jesús resucitado. Les abrió los ojos, les explicó las escrituras, les aclaró que así convenía que sucediera, que el Mesías padeciera y muriera y que luego resucitaría. Al llegar al término de su camino el caminante quiso continuar; lo invitaron a permanecer con ellos porque ya caía la tarde. Se sentaron a la mesa y al partir el pan lo reconocieron, mas él desapareció.
A toda carrera se volvieron a Jerusalén a dar la noticia a los apóstoles.
Cada día, a toda hora, en todos los idiomas y dialectos se ofrece Cristo en sacrificio incruento en la Sagrada Eucaristía.
La Santa Misa, acto cumbre de la fe y del culto cristiano, reúne en fe y en caridad a los bautizados.
Y todos, sin distinción de raza, cultura, situación económica, reconocen en la fracción del pan a Cristo en el misterio de su presencia.
En la noche sagrada de la cena pascual Cristo se quedó como máximo regalo oculto en el misterio bajo la forma de pan de trigo y vino de la vid como alimento. Y para perpetuar por siglos, para siempre, su regalo, les mandó a los apóstoles: Hagan esto en memoria mía.
Desde el grupo pequeño y fervoroso de la incipiente Iglesia del primer siglo del cristianismo hasta en este vertiginoso siglo XXI, los creyentes se nutren con el pan partido en el banquete eucarístico.
Apenas estaban los discípulos de Emaús dando su alegre noticia, cuando en medio de ellos se apareció el Señor y les dijo como saludo: La paz esté con ustedes.
El saludo en los labios de Cristo no es una mera frase de cortesía, es un deseo o quizá un mandato de que aquellos que quieran seguirlo busquen, vivan y prediquen la paz.
La verdad, la justicia, la caridad son las condiciones para una paz auténtica. La paz no es la ausencia de la guerra.
Ahora, en esta selva humana, con dolores y preocupaciones de la gente que corre desesperada, en un mundo sujeto a la materia, a la máquina, en una sociedad de consumo, puede el hombre encontrar la paz si vive el evangelio como mensaje de arriba, para no poner sus ojos en el ansia del dinero, en el poder, en los placeres que cercan y contagian a muchos.
El cristianismo debe ser algo real y práctico; no sólo creer, porque la fe sin obras es muerta. En el cristianismo amar es hacer. El que ama y hace es agente de la verdadera paz.
La paz es obra de la justicia. Este fue el lema del Papa Pío XII, mártir sin clavos en el gran conflicto, en la segunda guerra mundial 1939, 1945.
La paz del hombre mortal con Dios es la obediencia bien ordenada. La paz entre los hombres es la concordia bien ordenada. La paz doméstica es la concordia bien ordenada en el mandar y obedecer de los que conviven juntos. La paz en la ciudad celeste es la sociedad perfectamente armoniosa en el gozar de Dios y en el mutuo gozo en Dios. La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden.
Ustedes son testigos de esto, les dijo Jesús. Cristo resucitado les abrió el entendimiento a los once para que fueran como fueron por todo el mundo a dar testimonio.
Fueron testigos alegres, intrépidos, radiantes y capaces de llegar, como llegaron, al testimonio supremo, el martirio. Mártir significa ser testigo. Ellos porque vieron, pero más dichosos los que sin ver han dado testimonio de Cristo resucitado en el caminar de veinte siglos de la Iglesia.
Dar testimonio de la fe en Cristo resucitado es aceptar las consecuencias de la esperanza cristiana. Unos han recibido como una gracia singular la cumbre del martirio y otros muchos el testimonio de la fidelidad hasta el final de la vida.
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