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Sábado, 19 de mayo de 2012
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Mensaje
Yo soy la vid verdadera
José R. Ramírez

En este quinto domingo de pascua, Cristo se vale de nuevo de una alegoría: Yo soy la vid.
La vid es con el trigo y el olivo el triple fundamento en la alimentación de los pueblos del Mediterráneo. No pueden vivir sin el pan, el vino y el aceite.
La vid es símbolo del pueblo de Israel, por eso, una vid adorna el templo de Jerusalén y el escudo de los macabeos.
Cristo es la vid, trasplantada desde la altura de su naturaleza divina hasta la humilde condición de siervo, hombre entre los hombres.
La línea del cristiano es la del alma que llega a Dios y le llama Padre.
La santificación del hombre está en tanto Dios obre en él, en la instauración de su reino. El reino de Dios significa un estado de gracia con el que el hombre cree, espera y ama.
El nombre de Dios es santificado si en su reino se vive el amor, se cultiva el amor y esto acontece en la medida en que el hombre acate la voluntad de Dios.
Dios actúa en las almas, les da inspiración, les da luz, gracia y fortaleza.
La vid es el tronco, la cepa en la tierra enraizada y por ella sube la savia que va a dar a los sarmientos, las extensas ramas de las que brotan los racimos con la carga dulce, apetitosa de las uvas y de ella el vino que alegra el corazón del hombre.
El sarmiento sólo puede dar fruto si está unido a la vid.
“Permanezcan en mí y yo en ustedes”. Es la urgencia de mantenerse el cristiano en permanente unión vital con Cristo.
Quienes más insisten en las renuncias que en el ideal de vivir en Cristo reducen la vida cristiana a preceptos. Ni la ascética, ni la moral, ni la cruz son ajenas a la vida cristiana, pero la buena noticia del Reino está en el encuentro con Cristo y vivir la fidelidad a la voluntad del Padre con alegría.
Modelo de esa alegría fue San Pablo, ejemplo de verdadera libertad evangélica. El Reino de Dios es, ante todo, don y gracia y en el Reino se debe de vivir el amor, la misericordia y el perdón. Y cuando todo lo inspira el amor entonces es más fácil hacer vida la invitación del Señor.
“Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Mateo 16,24. Negarse a sí mismo y ser sarmiento unido a la vid, vivir la vida de la vid, que es la vida de Dios. “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”, dijo San Pablo en un grito de alegría.
Muchos santos han podido decir las mismas palabras de San Pablo, en el caminar de veinte siglos de la Iglesia, cuando su vida no es sino la vida del sarmiento unida por la fe y la caridad a Cristo, la vid.
La viña es el pueblo escogido, es la Iglesia. En este apresurado siglo XXI, sobrecargado de imágenes y de palabras muchas veces vacías, otras falsas y divulgadas por los prodigios de la técnica, muchas veces por ignorancia o por cierto afán de ser singulares, muchos jóvenes hacen una distinción en todos sentidos peligrosa y mal planteada: Aceptan a Cristo, su persona, pero rechazan a la Iglesia con sus curas, sus preceptos, sus prohibiciones.
Mas es oportuno plantear el asunto así: Jesús de Nazaret durante treinta y tres años vivió en una vida privada, en una aldea cualquiera, y para fundar su Reino empleó los tres años de su vida pública. Años luminosos con la predicación de la Buena Nueva avalada por los muchos milagros y coronada con su pasión, su muerte y su gloriosa resurrección.
Todo para dejar, para siempre en la tierra, el reino, la Iglesia, su viña para que en ella lo encontraran las siguientes generaciones, encontraran en ella a quien es camino, verdad y vida.
Cristo está en la Iglesia y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.
Si alguno de los sarmientos no da fruto, él lo corta. Cristo es la prueba definitiva del amor, hasta el extremo de anonadarse, entregarse y dar la vida por sus amigos y por todos.
El cristiano, como ciudadano en su país, ha de cumplir con las leyes y con los deberes como tal y, como cristiano, ha de cumplir con la única ley del cristianismo, la ley del amor.
Mas no un amor descarnado, divorciado de las obras concretas.
El verdadero amor a Dios es un compromiso de servir, de amar a Dios, a quien no ve, amando y sirviendo a sus prójimos. Prójimo quiere decir cercano.
Las exigencias para ser sarmientos fructíferos son las cotidianas ocasiones en que el cristiano puede y debe servir a los débiles, a los marginados, a los tristes, a los abatidos, a los ignorantes y a otros muchos más modos de pobreza.

Creer y amar

Creer no basta para ser cristiano, sino que ha de mantenerse en unión con Cristo por el amor.
La palabra amor llega siempre cargada de exigencias. Dios es la única razón de la existencia del hombre y Dios es amor. Entonces, sólo el amor es lo que verdaderamente importa. El amor es la primera exigencia del cristiano.
La fe se actualiza en las obras del amor. “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión (ser judío) ni la incircuncisión (ser gentil) tienen valor, sino solamente la fe que se actúa por el amor”. Gálatas 5,6.
Así, una vez más, San Pablo, es fuerte en la fe, porque la hizo vigorosa con su entrega de más de treinta años a predicar y a vivir el amor de Cristo.


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