A los hombres y mujeres de carne y hueso les pertenece el mundo de lo finito, y de lo limitado, de lo posible por ser y estar constituidos de materia viva.
A Dios le pertenece el mundo de lo infinito, lo ilimitado, por ser verdad y estar constituido estructuralmente como idea absoluta que se realiza a través de la eternidad.
La relación entre el hombre y Dios se encuentra precisamente en la posibilidad infinita que existe de anteponer nuestro “yo” ante otro “no yo”, en razón de que por los siglos de los siglos, los hombres de todos los tiempos y de todas las razas, de alguna forma o de otra han convivido, es decir, se han relacionado por el comercio, el trabajo, la agricultura, la economía, la política, el arte o la ciencia. De este modo, es y ha sido la cadena infinita de anteponer a nuestro “yo” otro “no yo”.
Resulta que esta cadena de anteponer a nuestro “yo” otro “no yo” es una tarea ilimitada, infinita y libre.
Sólo que ante el siglo XXI esta relación del hombre con Dios, se nos presenta como un desafió mayor: El de la Democracia, es decir, el reto de construir un sistema de gobierno del pueblo, y para el pueblo.
En México, a decir verdad se duda mucho de que su madurez como nación le permita construir un sistema verdaderamente confiable para ser democrático. Recordemos tan sólo que desde la Revolución Mexicana al general Porfirio Díaz se le cuestionó sobre si en México sería posible gobernar con régimen de esta naturaleza. Incluso el general Lázaro Cárdenas al final de su vida concedió suma importancia a que México fuese una República Democrática.
Para las elecciones programadas el cinco de julio del 2009, a cada uno de nosotros ciudadanos libres nos toca convertirnos en historiadores de nuestro tiempo y juzgar si corresponden a procesos de gobierno democráticos.
(O tan sólo, seguimos viviendo los mexicanos de promesas ilusorias, de engaños y mentiras. De traiciones al pueblo y sus comunidades por que su única relación con el gobierno es que son tomados en cuenta tan sólo para el pago de sus contribuciones).
Con toda certeza no sabemos hasta cuándo seamos capaces de construir procesos de gobiernos democráticos. Lo que sí podemos afirmar con toda verdad puntual es:
1. Que los cargos políticos en México, su designación se la confiamos a Dios.
2. Que el Gobierno no es el Pueblo. En México a lo más que se llega a representar es al cincuenta por ciento de los mexicanos más uno.
3. Si los pensamientos anteriores no fueran verdaderos, entonces qué caso tendría afirmar lo que ya todos sabemos: Que la voluntad del pueblo, también es la voluntad de Dios.
Con todo lo anterior expuesto nos queda claro y demostrado que Dios no es una realidad subsistente por sí misma. Es el Orden Moral del Mundo. Nos resta demostrar que la verdadera religión consiste en nuestra acción moral, por consagrar nuestras vidas en la lucha por construir sistemas Democráticos y Libres.
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