Subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre. Todos los domingos, todas las comunidades de creyentes, en todos los pueblos y ciudades, en todos los idiomas, recitan la profesión de fe, el credo, el Símbolo Niceno Constantinopolitano. Concilio de Nicea, año de 325. Concilio de Constantinopla, 381.
Así proclaman que Jesús, el Hijo de Dios, subió, después de cuarenta días de su gloriosa resurrección.
Jesús se dejó ver resucitado por más de quinientos discípulos, los fortaleció en la fe en su triunfo, en su persona y en su misión y les dio aliento y nuevas luces en el establecimiento y organización del Reino, la Iglesia.
En la primera lectura de hoy, San Lucas inicia su libro “De los Hechos de los Apóstoles”, dedicado a “Teófilo” –el que ama a Dios- con la narración de esa solemne despedida.
Era llegada la hora de subir al Padre.
Reúne Jesús, por última vez, a sus discípulos, les habla, también por última vez, les señala lo que deben hacer, los bendice y ante sus ojos, llenos de asombro, se eleva hasta que una nube lo cubre.
Es el glorioso final de la vida visible de Cristo.
Los primeros, los pastores, lo contemplaron pequeño envuelto en pañales sobre las pajas del pesebre. Las multitudes, en mil distintos escenarios, vieron en él cuanto reflejaba su poder, su majestad y su amor, su naturaleza divina y humana en una misma persona.
Clavado en la cruz lo contemplaron su madre y sus amigos.
Ahora, vieron su rostro y oyeron su voz, por última vez.
San Pablo, en su carta a los efesios, contó esta glorificación: Dios desplegó en la persona de Cristo la eficacia toda de su fuerza victoriosa resucitándole de entre los muertos y colocándole a su diestra en los cielos y sobre todo principado y potestad y virtud y dominación y sobre todo hombre por celebrado que sea, no sólo en este siglo, sino también en el futuro, y puso todas las cosas bajo sus pies y le constituyó cabeza y soberano de toda la Iglesia.
El culto litúrgico de la Iglesia orante siempre concluye todas y cada una de las oraciones diciéndole al Padre celestial: Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos, amén.
El es el intercesor, el abogado, el cauce por donde los hombres reciben las gracias de salvación. “Digno es de todo honor y de toda gloria, porque El es principio y el fin de la salvación”. Apocalipsis.
Cristo es el pontífice supremo. Pontífice, es decir, puente.
La Iglesia le canta:
Sé tú nuestra alegría
Y un día sé nuestro premio
Y toda nuestra gloria
Por los siglos y siglos. Amén.
Murió el Señor. Para morir tomó la naturaleza humana, mas su muerte en la cruz no fue un fracaso, ni un final, sino el comienzo de su triunfo. Sigue siendo el camino, el único camino de vida, a través de la muerte. Es la vida de todos los que creen en El, la luz en las sombras.
Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos. Promesa que ha cumplido. Veinte siglos después, ahora, el creyente sabe y siente. Sabe por la fe que Cristo se hace presente, invisible ahora, pero luz en su palabra, en los sacramentos, singularmente, sublime regalo en la santa eucaristía.
Jesús anima a sus discípulos, les infunde confianza y optimismo con la certeza de que, aunque no lo vean, allí estará con ellos, en la gran empresa de ir a anunciar el evangelio.
Vayan por todo el mundo y anuncien la buena nueva a toda la creación. Partirán obedientes los once. Allí nació la nota característica de la Iglesia. Ellos partieron con su doble sello: discípulos, porque todo lo aprendieron del maestro; misioneros, es decir, enviados.
Alegres y agradecidos por el privilegio de haber sido llamados y enviados partieron por el mundo hasta entonces conocido.
El próximo domingo, fiesta de Pentecostés, nuestro arzobispo Don Juan Sandoval va a administrar el sacramento del orden a treinta y nueve jóvenes. Desde ese día, con el sacerdocio ministerial serán en adelante discípulos y misioneros.
Un día lejano, hace doce o quince años, a su alma llegó una voz: Ven y sígueme. Ese fue el llamado. Pasaron por la triple preparación: Humanidades, Filosofía y Teología. Luego fueron elegidos por la voz del pastor, ungidos con el óleo santo. Luego serán enviados a las comunidades que los esperan.
El sacerdote debe salir al encuentro del hombre de hoy, aturdido por las múltiples ofrendas y tentaciones de la vida moderna, y hablarle de Cristo; hablarle del verdadero sentido de la vida. Ayudar a los tentados de materialismo, de desalientos y de desesperación.
El verdadero sentido de la vida es Dios mismo. Ya lo dijo San Agustín: Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti.
Sólo quien cree en Cristo es capaz de tomar la vida con alegría, es vivir en la tierra, mientras se llega la hora de dejar el tiempo para ir al misterio, al más allá, a donde Cristo, la cabeza, subió primero y fue porque “en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones y voy a prepararles un lugar, para que donde yo esté estén ustedes”.
El camino de la vida termina en Dios.
Creer y amar
Creer no basta para ser cristiano, sino que ha de mantenerse en unión con Cristo por el amor.
La palabra amor llega siempre cargada de exigencias. Dios es la única razón de la existencia del hombre y Dios es amor. Entonces, sólo el amor es lo que verdaderamente importa. El amor es la primera exigencia del cristiano.
La fe se actualiza en las obras del amor. “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión (ser judío) ni la incircuncisión (ser gentil) tienen valor, sino solamente la fe que se actúa por el amor”. Gálatas 5,6.
Así, una vez más, San Pablo, es fuerte en la fe, porque la hizo vigorosa con su entrega de más de treinta años a predicar y a vivir el amor de Cristo.
|