Hay conmoción en la naturaleza: Un viento impetuoso sacude la casa donde están reunidos los apóstoles.
Cristo les había ordenado que no se apartaran de allí hasta que viniera sobre ellos, hasta que recibieran al Espíritu Santo.
Hay otro portento: Sobre sus cabezas, en un momento, aparecen lenguas de fuego.
Hay otro prodigio: Ellos, los once, ya no son los mismos. Este prodigio es doble: Eran ignorantes y ya son sabios en la sabiduría de Dios; eran cobardes y ahora son valientes, intrépidos, audaces.
Estos hechos acontecieron cincuenta días después del otro gran prodigio: La resurrección de Jesús.
El Espíritu Santo, tercera persona de la augusta Trinidad, es espíritu, no puede ser captado por la mirada de los mortales y tanto su presencia como su acción se perciben en sus manifestaciones externas, como esos signos de su llegada, pero singularmente, desde entonces y hasta ahora, en el ámbito íntimo de cada cristiano y de todos juntos, la Iglesia.
La acción santificadora del Espíritu Santo, desde ese día, se hace presente en la historia de los hombres. Por eso esta fiesta litúrgica es el principio de la acción invisible, benéfica y permanente en el pueblo de Dios en su marcha en el tiempo hacia la eternidad.,
Los hombres, congregados en una misma fe en Cristo forman la Iglesia visible, presencia organizada de muchos pecadores que reconocen sus limitaciones y se aceptan incapaces por sí mismos para alcanzar misericordia. “Les enviaré a un consolador”, así prometió Cristo y, cumplida la promesa, el Espíritu Santo vivifica, anima, fecunda.
En el largo caminar de la Iglesia, los ascetas, los místicos y los teólogos han dejado en siete apartados los regalos espirituales del Espíritu Santo a quienes, porque los han necesitado, se los han pedido, no porque sean los únicos dones, sino con criterio de simplificar para mejor entender la múltiple acción.
El don de la inteligencia se manifiesta en la razón que da a conocer las verdades naturales; la fe para adherirse a las verdades sobrenaturales y la inteligencia para penetrar el sentido de las verdades reveladas.
El don de la sabiduría. Sabiduría viene del verbo latino “sapere” saborear, gustar. Este don comunica el más alto grado de conocimiento y amor de las cosas divinas. No se remonta a las causas sino que se goza en las verdades reveladas.
El don de la ciencia es la operación interior que no se limita a conocer la verdad, sino que además la juzga prácticamente; perfecciona la facultad de juzgar para distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo.
El don de consejo es para discernir con certeza los medios más eficaces para llegar a la meta suprema, la vida eterna, para la que ha sido creado el hombre.
El don de piedad va ya a la voluntad y es el filial afecto del alma hacia Dios, para honrarlo como Padre amoroso y con esa piedad amar al prójimo.
El don de la fortaleza es el valor para soportar las tribulaciones y trabajos y para emprender obras difíciles por Dios y por el prójimo.
El don de temor de Dios inspira que si no es el amor el medio para que el cristiano se aparte del mal, que el temor a la justicia divina inspire una actitud decidida a la hora de la tentación.
Unidad en la diversidad
Si en Babel los hombres se dispersaron confundidos en lenguas ininteligibles, con la llegada y la presencia del Espíritu Santo los apóstoles hablan y todos los entienden.
Esa ha sido la obra del Espíritu Santo, reunir a todos los hombres en Cristo. ¿No son todos galileos estos que están hablando? ¿Cómo es que los oímos hablar en nuestra lengua materna?
Entre nosotros hay medos, partos y elamitas. Otros vinimos de Mesopotamia y de Panfilia, de Judea, Capadocia, del Ponto y de Asia, de Egipto y de Libia. Algunos somos visitantes venidos de Roma, judíos y prosélitos, también hay cretenses y árabes.
Con la llegada del Espíritu Santo nació la Iglesia tal y como entonces es ahora: Una y múltiple.
San Pablo bien comprendió el misterio de la Iglesia y en distintas ocasiones lo explica: Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Él fue quien concedió a unos ser apóstoles, a otros profetas, a otros ser evangelizadores, a otros ser pastores y maestros…Construyan el cuerpo de Cristo.
Así le habla a los efesios y en la primera carta a los corintios expone la misma visión: Cristo es la cabeza, la Iglesia el cuerpo y cada una de las partes con específica función, a la que se le ha llamado “carisma”.
La Iglesia desde
el Vaticano II
Los obispos de todo el mundo, en la basílica de San Pedro, en Roma, desde el 11 de octubre de 1962, hasta el 8 de diciembre de 1965, oraron, estudiaron y discutieron el tema fundamental de la Iglesia para el hombre, no del pasado, sino del presente.
La Iglesia se miró al espejo, y sin secretos, a la luz del día y ante el juicio de propios y extraños, se rejuveneció y se dispuso al servicio de todos los hombres. Un solo organismo, con un solo corazón, Cristo, y con admirable respeto a la diversidad de razas, de pueblos, de lenguas y de culturas. Ha sido, con el curso de los años posconciliares una prueba patente de la catolicidad, de la universalidad de la obra redentora de Cristo, salvador de todos, mediante la Iglesia, sacramento de salvación.
Alguien ingeniosamente presentó una imagen de la Iglesia: Un director con la batuta en la diestra y una gran orquesta y todos a una con diversos instrumentos.
Cristo prometió y cumplió enviar al Espíritu Santo, abogado, conciliador. Llega a las almas el día feliz del bautismo, se hace presente en el sacramento de la confirmación y acude a cuantos piden su amor, su luz, su fuerza.
San Ireneo compara la acción del Espíritu Santo en las almas como el agua que empapa la sementera y hace que germinen las semillas y sean plantas llenas de flores y luego den frutos.
¿Quién puede decir que no necesita el auxilio del Espíritu Santo?
Esta secuencia de la misa sea ahora la oración del cristiano:
Ven, Espíritu Santo
Y envía desde el cielo
Un rayo de tu luz.
Ven, Padre de los obres;
Ven, dador de gracias;
Ven lumbre de los corazones.
Consolador supremo,
Dulce huésped del alma
Dulce refrigerio.
Descanso en el trabajo,
En el calor frescura,
Consuelo en el llanto.
Oh luz santísima,
Llena lo último de los corazones
De tus fieles.
Sin tu ayuda
Nada hay en el hombre
Nada que sea sin mancha.
Lava lo que está manchado,
Riega lo que es árido,
Cura lo que está enfermo.
Doblega lo que es rígido,
Calienta lo que es frío,
Dirige lo que está extraviado.
Concede a tus fieles
Que en ti confían
Tus siete sagrados dones.
Dales mérito a la virtud
Dales el puerto de la salvación
Dales el eterno gozo.
Amén, aleluya.
Sé tú nuestra alegría
Y un día sé nuestro premio
Y toda nuestra gloria
Por los siglos y siglos. Amén.
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