De tanto traerla para arriba y para bajo, la bandera del bien común se ha desgastado y desgarrado, al grado de que es un simple lugar común en el discurso político.
La conducta cotidiana de los mal llamados servidores públicos desmiente abiertamente el sentido original y genuino del bien común.
Luego del triunfo de la Revolución Francesa se fue formando una especie de “aristocracia republicana” que practicaba como principio el espíritu de servicio, de dignidad, de participación en el poder público como medio para hacer realidad el bien común.
El honor de servir a la nación, ahora en México al igual que en Francia cuando los principios revolucionarios fueron sepultados por el interés personal, perdió su significado para ser sustituido por el afán mercenario o de plano por la ambición económica de que quien considera el cargo público como la oportunidad de lucrar.
La digna medianía republicana dejó su lugar al descarado asalto al presupuesto, como si el ejercicio gubernamental fuera oportunidad irrepetible. Muchos funcionarios y no pocos políticos en campaña que hasta hace poco tiempo pertenecían a la clase media, hoy son potentados que hacen gala de usos que en su vida habían practicado, como fumar puro, beber licores finos, codearse con ricos, exhibirse en lugares públicos rodeados de cortesanos y utilizar agentes y socios que les manejan negocios inmobiliarios y bienes que hasta hace poco tiempo, ni en sueños.
Para pintar la corrupción de la clase política media y alta de los tres niveles de gobierno, cito conceptos cuyo autor está por fuera y por encima de sospechas. En su tiempo, así describió el estado de cosas imperante en la política postrevolucionaria:
“En primer lugar, la deliberada, explícita, cínica suplantación del bien común por el interés del partido. Ya no se sirve a la Nación, se da gusto al partido. El puesto público no es una noble misión que la comunidad necesita, paga y aprovecha para beneficio de los hombres que la integran, sino oportunidad de satisfacer rencores, de cumplir consignas, de hacer propagandas oprobiosas, de perseguir y tiranizar conforme a las exigencias de la secta”
“El funcionario o empleado ha de ser, ante todo, un dócil instrumento del partido. Lo demás es secundario. Ya se comprenderá cuáles serán los criterios de selección y qué rendimiento dará un personal así escogido y sujeto a normas y disciplinas tan antisociales y absurdas”.
Este texto no corresponde a la campaña electoral 2009. No se trata de describir la partidocracia en boga, mucho menos la conducta de PAN, PRI, PRD y franquicias partidistas familiares vigentes. No es la exhibición de la incongruencia entre su conducta cotidiana y su enarbolada bandera del bien común por parte del gobierno en curso.
Estos conceptos fueron escritos por uno de los fundadores del PAN, Efraín González Luna, en la revista oficial de su partido “La Nación”, en el número 7, correspondiente al 29 de Noviembre de 1941.
Y para cerrar, bueno es transcribir otro párrafo escrito entonces por González Luna como si se refiriera al Ayuntamiento de Tonalá, al de Guadalajara, al Congreso o al Gobierno del Estado, a propósito de los tiempos que corren:
“Otro de los aspectos y raíces del mal consiste en la hipertrofia burocrática, llevada a extremos criminales. Para colocar a la clientela política se ha acudido a la creación, por millares, de puestos absolutamente innecesarios. La cantidad de zánganos que los contribuyentes tienen que mantener es pavorosa. El presupuesto y los impuestos se persiguen sin alcanzarse, en una carrera semejante a la que sostienen precios y salarios”.
Sobran comentarios.
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