Fundado el 13 de Junio de 1971
Tonalá Jalisco, México.
Sábado, 19 de mayo de 2012
Número 564

Administración y ventas de publicidad:
Patricia Mendoza Michel

E-mail:
periodicohoy@prodigy.net.mx

 

Oficinas
Av. Tonalá #206-13
Tel.-Fax:

+52 (33) 36 83 18 81
+52 (33) 11 87 19 18

 

Version Web
iXad Advanced web services
www.ixad.com

 

*Los artículos firmados son
responsabilidad de su autor.
*No se devuelven originales aunque no sean publicados

Mensaje
Sobrevino una gran calma
José R. Ramírez

En doce líneas narra el evangelista San Marcos un milagro de Cristo. No es una curación, no es un ciego de nacimiento que empieza a ver; es la misma naturaleza, los vientos enfurecidos, los que se aquietan al imperio de su voz.
Nada extraño para quien reconoce que Jesús es Dios, igual al Padre y al Espíritu Santo, y tiene poder y autoridad sobre todos y sobre todo el universo.
Para los apóstoles fue una terrible angustia cuando se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua.
Y Jesús dormía en la popa reclinado sobre un cojín. Asustados lo despertaron: Maestro, ¿no te importa que perezcamos?
Jesús increpó al viento: Cállate y enmudece.
Ante el portento, felices, sorprendidos, se preguntaban: ¿Quién es éste a quien hasta el viento y el mar obedecen?
Cristo aquí y ahora

Está por llegar a su final el año paulino y es bueno aportar testimonios de San Pablo porque en sus treinta años de ininterrumpida predicación su único tema fue Cristo, no como recuerdo de algo ya pasado, sino presente: Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.
En su carta a Timoteo, le dice: Gracias le doy a nuestro señor Cristo Jesús que me fortaleció de haberme juzgado fiel, al confirmarme el misterio a mí que primero fui blasfemo y perseguidor violento.
Cuando en Atenas predicaba a los griegos, ellos orgullosos de su cultura, de sus filósofos, de sus maestros, les habló “del Dios desconocido: Pues ése que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ése, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos del hombre.

Cristo es el mismo ayer,
hoy y siempre

Ante la persona de Cristo hay diversas formas de entenderlo, de mirar su persona, su mensaje, su vida, su muerte y su obra a través de los siglos.
Querer poner los ojos en él como en un personaje del pasado, como un mero actor en el escenario de la vida, es una gran equivocación. No es sólo el Cristo histórico. No, porque resucitó y vive.
Tampoco cabe una actitud filosófica, dialéctica, algo así como querer abarcar con la pequeñez de la mente humana el misterio infinito de Dios encarnado y presente en el devenir de la humanidad.
La presencia de Cristo en la tierra y en la historia es el gran acontecimiento salvífico, no de un breve espacio de tres años, los de su vida pública, sino entonces y después y ahora.
Así ha vivido la Iglesia, esta comunidad de hombres débiles, pecadores, limitados, pero apegados a Cristo-Dios.
Cuando algunos se gozan en sacar a relucir los escándalos de hombres de Iglesia, no hacen sino resaltar que la Iglesia es como dijera el poeta: Impecable y diamantina.

Las olas se estrellaban
contra la barca

 

La Iglesia es llamada la barca de Pedro desde aquella vez en que Cristo la escogió para predicar desde allí a la multitud ansiosa de escucharlo.
Esa barca, la Iglesia, ha surcado en veinte siglos los mares y muchas veces se han enfurecido los vientos, se han encrespado las olas y han llegado a los oídos de Cristo los gritos de angustia: Sálvanos, Señor, que perecemos.
Nunca podrá verse la luz si no aparece la sombra; donde está la verdad se asoma la mentira; junto a los frutos del bien crecen también las fuerzas del mal.
La Iglesia, como obra de Cristo, ha de correr la misma suerte, la de ser blanco de contradicción.
Mientras los niños aclamaban a Cristo, rey pacífico, montado en un borrico, ya los fariseos y los escribas planeaban que Jesús debía morir.
Ni persecuciones, ni herejías, ni divisiones, ni deserciones, ni escándalos han faltado en veinte siglos de Iglesia. Muchas y variadas tempestades. ¿Por qué no se ha hundido la barca? Porque Cristo está en la barca.
No una, sino muchas veces, todos los seres humanos han experimentado las fuertes sacudidas, las tempestades, los peligros graves.
En esos días de horas largas o en esos angustiosos momentos, el hombre siente su fragilidad, su pequeñez, pero, si es de Cristo, sabe y siente allí su presencia.
La presencia de Cristo, entonces y ahora, es misericordia. Los enfermos, los débiles, los pecadores, siempre encontraron, encuentran y encontrarán amor, perdón.
Dicen que en este siglo XXI ha crecido el número de los deprimidos, de los necesitados de terapias, de los recluidos en sanatorios y hasta de los suicidas.
¿No será porque están algunos muy lejos de Cristo? Si tuvieran una fe más fuerte, una fe que los condujera de veras a estar más cerca de Cristo, podrían con su ayuda salir a salvo de las olas y de los vientos.
El cristiano, si vive su fe, sabe que es un elegido y así se siente.
La oración humilde, confiada y sincera tiene respuesta y es escuchada: Todo lo que pidan en la oración, con fe, lo alcanzarán.
Para las almas cansadas, temerosas y llenas de preocupaciones vanas, está Cristo.
Hay que pedirle a Cristo una confianza firme como una roca, que no tiemble ante las tempestades.


© Derechos Reservados 2005-2009 Tonalá de Hoy
Todos los Derechos Reservados.