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Sábado, 31 de julio de 2010
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Nacidos para callar y obedecer

La expulsión de los jesuitas de territorio mexicano, en la madrugada del 25 de Junio de 1767, provocó reacción popular de tal naturaleza que, para algunos estudiosos de la historia nacional, fue la semilla que fructificó en la Guerra de Independencia.
Movimientos insurgentese anteriores murieron al nacer, pero las condiciones y circunstancias de mediados del siglo XVIII eran propicias para que el despotismo gubernamental, encarnado por Carlos III en la metrópoli española y por el marqués de Croix en la capital de la Nueva España, fuera el grano de mostaza que andando el tiempo se transformaría en la lozana planta de la conciencia nacional.
El bando publicado por el virrey de la Nueva España, marqués de Croix, a propósito de la expulsión de los jesuitas, es la muestra más elocuente del divorcio entre la clase gobernante y la sociedad:
“Pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer, y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno”.
Qué coincidencia. Este bando vio la luz exactamente hace 242 años, el 25 de Junio de 1767, cuando en la Nueva España se daba un proceso de cambio que sólo quienes usufructuaban el poder no veían, ni sentían, ni oían, mucho menos atendían. Como ocurre en este 27 de Junio de 2009.
Qué coincidencia. En los tiempos que corren, quienes se comportan en la cúpula de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial como si los mexicanos hubieran nacido para callar y obedecer, alegremente siguen viviendo en su mundo de privilegios, mientras abajo, en el país real de la pobreza y la miseria cotidianas, fermentan el coraje, el miedo, la impunidad, el desencanto, la desconfianza, la incertidumbre.
Qué coincidencia. Entonces como hoy, los pocos de arriba no comparten la suerte de los muchísimos de abajo, porque el abismo entre los dos grupos es ancho, profundo y lleno de bruma.
Qué coincidencia. Como Carlos III y el virrey de Croix en su tiempo, los dueños del poder ahora se conducen como si pudieran hacer su voluntad indefinida e impunemente; como si la enorme masa social sobre la que se sostienen se fuera a quedar quieta y resignada, para siempre.
La historia ha enseñado que nadie por más poderoso que fuere es dueño de las circunstancias.
Los excesos de la clase gobernante están a la luz pública y la gente está cobrando conciencia de que eso no puede seguir así.
Por ejemplo, los ministros de la Suprema Corte de Justicia, quienes por su edad, saber e investidura deberían poner el ejemplo de austeridad republicana, dignidad y orgullo de ser servidores públicos, se han convertido en seres humanos por encima, muy por encima, del resto de los mortales. Ganan en un mes el equivalente al patrimonio familiar de por vida de millones de mexicanos.
Los ex presidentes de la República tienen privilegios económicos y en especie que ofenden a todos los mexicanos de bien, cuando deberían ser ejemplo de modestia, moderación y sabiduría.
Los senadores, diputados, gobernadores, presidentes municipales, secretarios de Estado y burócratas de directores hacia arriba, tanto de dependencias gubernamentales como de organismos y empresas paraestatales, se despachan del presupuesto público como si fuera México el país más rico del mundo y ellos los más calificados, eficientes y productivos.
En consecuencia, no sale sobrando preocuparse por la cercanía de un bicentenario y un centenario en la historia de México que han marcado cambios profundos, precisamente por causas similares y circunstancias parecidas a las actuales.
La elección del 5 de Julio de 2009 será, en apariencia, una más de las muchas que ha registrado la vida nacional, pero, por coincidencia como hace cien y doscientos años, será una ocasión para registrar la voz de millones de mexicanos que no están de acuerdo con el comportamiento de la clase dorada de la política nacional, ni con las abismales diferencias económicas y sociales entre quienes tienen todo y quienes carecen de lo indispensable.
Los súbditos del gran monarca ya no lo quieren ser más, mucho menos están dispuestos a seguir tolerando a quienes desde el poder se comportan como el marqués de Croix convencidos de que los mexicanos nacieron para callar y obedecer.


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