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Domingo, 05 de febrero de 2012
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Mensaje
Levantarse es la consigna
José R. Ramírez

El hombre antes, ahora y siempre, se resiste a aceptar la muerte como una ruina total, como un fin definitivo. De saber que existe y un día, quiera o no quiera, morirá surge la angustia del no ser, muy tratada en el teatro, en la novela, en los escritos de los filósofos existencialistas de la segunda mitad del siglo XX.
La mejor solución, al parecer, de su angustia sería desterrar la muerte del mundo con el prodigio de la técnica.
La experiencia enseña que la ciencia médica mucho ha avanzado; han logrado los sabios prolongar la vida, mas siempre impotentes se han manifestado porque la vida tiene siempre un término y éste es la muerte.
Ante la imposibilidad real de hacerla desaparecer, la mente humana ha buscado explicarse el enigma de la muerte. Muchas y diversas son las actitudes: Fenómeno natural que pone fin a la existencia humana; destino fatal sin más remedio que aceptar; absurdo sinsentido contra el que se rebela el hombre; puerta liberadora de un mundo o circunstancias dolorosas; crueldad del destino; misterio; enigma; hora amarga.
Para el cristiano morir es llegar al encuentro del hombre –semilla de eternidad- con Dios, origen y principio de la vida.
El hombre ha sido creado para que viva siempre, que viva primero en el tiempo y viva siempre en la eternidad.
Para librar al hombre del poder de la muerte, Dios tomó la naturaleza humana y con su muerte venció a la muerte.
La muerte de Cristo en la cruz es un sacrificio perdurable.
Desde entonces, esa meta fatal ya no tiene el sabor amargo. Los cristianos confiesan que la vida no acaba con la muerte; que tiene sentido su aspiración a la inmortalidad, no una vaga nostalgia, sino la certeza en la promesa de Cristo: “El que crea en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que vive y cree en mí, no morirá jamás”.
Santa Teresa de Jesús llena su alma de amor a Cristo y con la mirada puesta en el más allá escribió:

Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero

En este domingo décimo tercero ordinario del año el evangelista San Marcos narra dos milagros de Cristo; Cura a una anciana que llevaba doce años padeciendo “flujo de sangre”; y a una niña que acababa de morir la devuelve vida a sus padres, ante la incredulidad y hasta la burla de los que le rodeaban.
Los milagros de Cristo en sus tres años de su vida pública son prueba de su divinidad. ¿Quién, sino Dios, puede dar o devolver la vida?
La enfermedad es mensajera de la muerte.
El cristiano, en la enfermedad y ante el temor por la muerte, busca a Cristo. Esa es la auténtica sabiduría evangélica: Ir muriendo cada día al pecado, así la muerte del cristiano se convertirá, como la de Cristo, en un triunfo.
Cuando muere quien ha llevado una vida digna, virtuosa, dicen las gentes: Ya Dios se lo llevó a vivir en la gloria. Y hasta cuando termina sus días un pecador, los hombres más bien piensan en la infinita misericordia de Dios y como Padre bondadoso recibirá al hijo pródigo no para que pague por sus pecados, sino absuelto, perdonado.

Tu fe te ha salvado

La mujer enferma del evangelio “se acercó por detrás de la gente y le tocó el manto, pensando que con solo tocar el vestido se curaría”.
Cristo quiso poner en manifiesto la fe de aquella mujer y preguntó: ¿Quién ha tocado mi manto?... Entonces se acercó la mujer asustada y temblorosa.
Cristo con poder y amor le dio la salud y la colmó de alegría: “Tu fe te ha curado”.
La fe va siempre más allá del simple conocimiento.
La fe es una aceptación amorosa más que el mucho saber.
No se tiene fe por el solo hecho de saber mucha religión, de ser unos eruditos hasta en teología. Muchos teólogos han perdido la fe y hasta la moral. No basta hablar bien y admirar a Cristo; no basta elogiar el caminar de la Iglesia. La fe es seguimiento, es docilidad a la voluntad divina. Es cristiano quien se esfuerza en confirmar su propia vida a las luces del evangelio.

Basta que creas

Uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo…Se arrojó a los pies de Jesús, suplicándole con insistencia: Mi hija está por morir, ven a imponerle las manos.
Iban ya de camino cuando llegaron unas personas y dijeron: Tu hija acaba de morir ¿Para qué vas a seguir molestando al Maestro?
Jesús animó a Jairo: No temas, basta que creas.
Acompañado de Pedro, de Juan y de Santiago, fue a la casa del jefe de la sinagoga y entre el alboroto y los llantos de la gente, Jesús dijo: La niña no está muerta, sino que duerme.
Se burlaban de él.
Tomó a la niña de la mano y le dijo: Yo te lo ordeno, levántate.
Se levantó y comenzó a caminar.
Muchos comentaristas de la vida de Cristo, en estos momentos, dicen que allí la palabra del Señor la resucitó, pero que ese mismo mandato se dirige continuamente a los que están caídos.
Que el cristiano se levante y camine.
Hace años alguien escribió un libro: Mi Iglesia duerme.
Era la angustia de ver que la rutina, la tibieza, la poca o nula creatividad se manifestaba.
El signo de la fe auténtica se ha de manifestar en vida, en acción.
El Maestro ordenó a los apóstoles: Vayan por todo el mundo…prediquen, bauticen.
Levantarse es la consigna.

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